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Abducidos por la memoria

Tiene que ser terrible recordar algo y que a uno no le haya sucedido, estar convencido de que ha pasado una cosa y que nunca haya ocurrido, arrastrar toda la vida una experiencia traumática que en realidad es una elaborada fantasía de nuestro cerebro basada en nuestras creencias. Es lo que les pasa, aunque no sean conscientes de ello, a quienes creen que han sido secuestrados por alienígenas, según Susan Clancy, autora de Abducted: How People Come to Believe They Were Kidnapped by Aliens (Abducidos: Cómo llega la gente a creer que ha sido secuestrada por alienígenas). [2005. Harvard University Press. Cambridge. 179 páginas.] “Los extraterrestres son completa y únicamente humanos, creaciones imaginativas de personas con necesidades y deseos normales y corrientes. No queremos estar solos. Nos sentimos desamparados y vulnerables la mayoría del tiempo. Queremos creer que hay alguien más grande y mejor que nosotros ahí fuera. Y queremos creer que sea lo que sea se preocupa de nosotros o, al menos, nos presta atención. Que nos quiere, sexualmente o de otro modo. Que somos especiales. Ser abducido por extraterrestres es una manifestación culturalmente modelada de una necesidad humana universal”, sostiene esta psicóloga de la Universidad de Harvard.

Susan Clancy. Foto: Universidad de Harvard.
Susan Clancy. Foto: Universidad de Harvard.

Clancy se ha convertido por accidente en una experta en la psicología de quienes dicen haber sido secuestrados por seres de otros mundos. Hacía un estudio sobre el alcoholismo cuando, una mañana de verano, se hartó y, al cruzarse con Richard McNally en el campus de Harvard, le abordó y le preguntó si tenía espacio para un estudiante más en su laboratorio. McNally es una autoridad en el campo de la falsa memoria y Clancy empezó a trabajar sobre la recuperación de recuerdos reprimidos de abusos sexuales infantiles. Cuando en la primavera de 1999 el fallecido John Mack organizó un encuentro en Harvard entre científicos y abducidos, McNally salió impresionado y con la idea de meter en su laboratorio a esas personas tan firmemente convencidas de que habían vivido una experiencia con seres extraterrestres. “Me gustó la idea inmediatamente. Había un grupo que tenía recuerdos reprimidos, pero esos recuerdos serían bastante menos dolorosos que los de abusos sexuales infantiles”, recuerda Clancy. Y así acabó entre abducidos. Su libro resume las conclusiones de seis años de estudio durante los cuales entrevistó a medio centenar de secuestrados por extraterrestres y se adentró en la subcultura ovni hasta donde nunca había pensado jamás.

Experiencias inquietantes

Las historias de abducción son, para esta investigadora, un producto cultural de nuestro tiempo cuyo detonante sería, en la mayoría de los casos, una experiencia psicológica turbadora, la denominada parálisis del sueño. Este fenómeno se da entre la vigilia y el sueño, o viceversa, y consiste en alucinaciones extraordinariamente realistas —pueden tener no sólo componentes visuales, sino también sonoros y táctiles— durante las cuales el individuo está paralizado. Aunque los psicólogos calculan que una cuarta parte de la población experimenta en algún momento de su vida un episodio de parálisis del sueño, sólo cinco de cada cien personas viven uno multisensorial. Y muchas de ellas nunca dan con una explicación para lo que les ha sucedido.

A principios de los años 80 del siglo pasado, experimenté una parálisis del sueño sensorialmente muy completa. Fue algo aterrador. Estaba en la cama y, de repente, una figura apareció recortada en el umbral de la puerta del dormitorio que compartía con mi hermano. La figura se acercó poco a poco a mi cama y, según se aproximaba, distinguí un cuchillo en una de sus manos. Ni podía gritar ni moverme para alertar a mi hermano, que dormía plácidamente a un metro de mí. Cuando, aterrado, sentí la punzada del cuchillo en mi pecho, el agresor se esfumó y recuperé la movilidad. Desperté. Por fortuna, y aunque resulte paradójico, la ufología vino al día siguiente en mi auxilio. Recordé que recientemente había leído un artículo sobre unas visiones extrañas en las que parecía encajar mi vivencia. Rebusqué entre mis ejemplares de The MUFON Ufo Journal y encontré el consuelo en el número de agosto de 1981, en un artículo titulado “Imagery and close encounters”, escrito por el ufólogo australiano Keith Basterfield, en el que describía la parálisis del sueño. Eso era lo que me había pasado y mi interés por los OVNIs me había dado la respuesta. En el caso de Susan Clancy, quien ha sufrido tres episodios de parálisis del sueño, la experiencia fue mucho menos inquietante: “He tenido siempre la misma sensación de flotar, de calor… y de espiritualidad”. Pero eso no evitó que se sintiera superada por la situación. “Durante un momento, pensé que igual era verdad lo que me decían los abducidos”.

La mayoría de la gente ni sabe de psicología, como Clancy, ni está tan interesada en el fenómeno OVNI como yo hace veinte años. Muchas personas quedan sobrecogidas por lo ocurrido, empiezan a buscarle explicación y, en algunos casos, acaban creyendo que han sido secuestradas por alienígenas. ¿Cómo es posible? Mire a su alrededor, vivimos en un mundo sin hadas ni casi endemoniados. Nadie se encuentra ya con etéreas mujeres en el bosque y sólo los muy fanáticos o los enfermos mentales son poseídos por demonios. La creencia en visitantes extraterrestres ha ocupado el nicho de los cuentos de hadas y de los relatos de íncubos y súcubos: los secuestros alienígenas encajan en nuestra cultura tan bien como en la medieval las brujas. “Las historias de abducción son el resultado de una mezcla de predisposición a la fantasía, distorsión de la memoria, tradiciones culturales, alucinaciones durante el sueño y analfabetismo científico, alimentada e instigada por las insinuaciones y el refuerzo de la hipnoterapia”, mantiene la autora de Abducted.

El peligro de la hipnosis

Clancy no cree que los abducidos sean chalados. Su trabajo con ellos le ha demostrado que se trata personas normales y corrientes, si bien más propensas a la fantasía que la mayoría, patrón en el que encaja un 4% de la población. A esta misma conclusión ha llegado el psicólogo inglés Christopher French, para quien también estamos ante un fenómeno muchas veces consecuencia de un cóctel basado, además de en una personalidad fantasiosa, en una parálisis del sueño y la creación de falsos recuerdos. Si bien hay una mínima parte de afectados que recuerda la inexistente abducción por su cuenta, en la mayor parte de los casos el terapeuta interpreta un papel clave. Este profesional suele intentar mediante hipnosis que el sujeto recupere la memoria perdida, unos recuerdos que en realidad nunca han existido. “Es algo terrible. La hipnosis es una mala herramienta para averiguar la verdad porque es un estado en el que uno es especialmente sugestionable, y puede dar lugar a confusiones y a la creación de falsos recuerdos. En las historias de abducción, se junta todo eso”, argumenta la psicóloga.

Ella lo ha vivido en sus carnes. “Con la ayuda de un hipnotizador novato, yo —una persona escéptica no especialmente imaginativa, sin creencias ni muchas expectativas— creé una falsa memoria en cinco minutos”, recoge en su libro. Fue algo inocente, un episodio de juegos infantiles con una camiseta que nunca existió; pero le demostró lo fácil que es crear un falso recuerdo. “Cuando un abducido dice: ‘No intente contarme lo que ocurrió. Yo lo viví’. Comprendo lo que quiere decir. Le pasó algo real. A fin de cuentas, una experiencia mental es algo real; representa un suceso físico en el cerebro”, destaca Clancy. Experimentos realizados por ella y por McNally, cuyos resultados han sido publicados en la revista Psychological Science, han revelado que las reacciones fisiológicas de los abducidos cuando recuerdan bajo hipnosis el secuestro son similares a las de los veteranos de guerra y las víctimas de raptos cuando rememoran esas experiencias. El trauma es real.

Piénselo bien. Es lógico. Somos nuestro cerebro. Si nuestro cerebro recuerda que algo pasó, ¿cómo vamos a sospechar que no fue así? Por eso hay centenares de personas que creen de buena fe que han vivido hechos extraordinarios a bordo de una nave extraterrestre, porque alguien, en vez de ofrecerles una explicación natural ligada a la psicología humana, ha proyectado en ellas historias que, una vez implantadas, forman parte indisoluble del yo. Quizás en algún caso el terapeuta lo haya hecho de buena fe —creyendo que ayuda y que puede haber recuerdos reprimidos—, pero permítanme que dude de que el gran negocio que es en países como Estados Unidos el mundo de las abducciones no ha llevado a personajes sin escrúpulos —algunos de ellos, destacados ufólogos— a aprovecharse de la debilidad humana. Y lo mismo podríamos decir de los casos de recuerdos de abusos sexuales infantiles recuperados en el diván del terapeuta.

Las historias de abducción, como explica Clancy en su libro, no tienen además nada de original. El crítico estadounidense Martin Kottmeyer demostró hace años que la columna vertebral de estos relatos se establece ya en un cómic de Buck Rogers de 1930 titulado Los hombres tigre de Marte: sus captores someten a una aterrorizada mujer a reconocimiento médico, habla con los tripulantes, ve la Tierra desde el espacio y es liberada con secuelas. Kottmeyer cree que la similitud entre el cómic y la realidad de las abducciones responde a que, en ambos casos, el relato ha sido organizado “de forma intuitiva en el orden correcto, basándose en la capacidad narrativa que el ser humano posee de manera innata e inconsciente”. La primera abducción cinematográfica, la de Invaders from Mars, data de 1953 y en ella los extraterrestres implantan a la gente mecanismos de control y meten a una mujer una aguja por el ombligo, un clásico de los casos reales posteriores. Un año después y diez antes de que Betty y Barney Hill —los primeros abducidos— narraran su historia bajo hipnosis al psiquiatra Benjamin Simon, los secuestrados de Killers from Space tenían extrañas cicatrices y no recordaban lo que les había pasado. Kottmeyer descubrió, además, que los grandes ojos almendrados de los alienígenas que abdujeron a los Hill —lo único nuevo del caso respecto a la cultura popular— habían aparecido en un episodio de la serie de televisión The Outer Limits días antes de la consulta de Benjamin Simon, que estaba convencido de que el secuestro era una experiencia imaginada por la mujer y trasladada después a su marido.

¿Qué queda entonces tras separar el grano de la paja? Lo mismo que de todos los miles de casos de apariciones de ovnis registradas desde 1947: nada. A pesar de lo que sostienen los defensores de la realidad física de las abducciones, hay tantas pruebas de ellas como de las posesiones demoníacas y de las apariciones marianas. Que la gente crea en algo no es suficiente para que exista en el mundo real.