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Apocalipsis: crónica de un final anunciado

Aburrirse es mascar tiempo
—Emil Cioran


El fin del mundo es un lugar común de nuestra cultura. Incluso en el terreno de la ciencia contemporánea, la cosmología mantiene el debate en torno al destino final del Universo, sobre su eterna expansión o sobre su futura contracción y posible comienzo en un nuevo ciclo, aunque no es éste un posible final que deba preocuparnos en exceso, ya que antes —dentro de unos 5.000 millones de años— nuestro Sol, transformado en gigante roja, habrá engullido a la Tierra.

Con un alcance menor, centrado en nuestra civilización planetaria, el cosmólogo de Cambridge y Astrónomo Real británico Martin Rees se pregunta en Nuestra hora final (2004) si los desarrollos tecnológicos podrían llegar a transgredir las fronteras naturales trazadas por nuestra propia especie, desembocando finalmente en su desaparición. No obstante, su ensayo carece de tonos apocalípticos, pues se dedica a explorar racionalmente los peligros (poderosos agentes patógenos, ingeniería genética, nanomáquinas descontroladas, guerras nucleares localizadas, etc.) que nos acechan a lo largo del siglo XXI.

El fin del mundo en nuestra civilización es, por excelencia, el de la profecía cristiana, que procede del apocalipticismo judío y éste, a su vez, del zorostraísmo persa, según los estudiosos, la fuente más antigua de pensamiento apocalíptico que se conoce. El mundo, creado por Dios, se terminará tras un periodo de mil años que se iniciará con la Segunda Venida (Parusía) de Cristo. Grandes cataclismos de carácter sobrenatural se producirán y todos los seres humanos de todo tiempo serán juzgados y sentenciados.

Los libros apocalípticos de la tradición cristiana ortodoxa son los de Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis o Libro de la Revelación de Juan, en el Nuevo, escrito en su retiro en la isla griega de Patmos. Son importantes también el capítulo 24 del Evangelio de San Mateo y el 13 de Marcos, que reproducen escenas similares. Ambos evangelistas nos refieren la profecía de Jesús a la pregunta de sus seguidores sobre el tiempo de la destrucción del templo, que habría que entender como cosmos o mundo.

El apocalipticismo, y por tanto la idea de fin del mundo, supone un fuerte determinismo histórico ya que los sucesos están decididos de forma absoluta, y no está en manos de los hombres variar su rumbo. Además, el anhelo del fin del mundo lleva aparejada la condición caída o despreciable del ser humano. La corrupción casi esencial de nuestro género no merece otro destino que su destrucción; los dioses son los encargados de repartir justicia. No son ajenos a esta cosmovisión el gnosticismo y el neoplatonismo de los primeros siglos de la era cristiana, según los cuales la realidad está formada por diversos niveles de progresiva elevación ontológica; en la cúspide se encuentra la idea de Bien o Uno, donde necesariamente todas las entidades deberán reintegrarse para alcanzar su perfección final. Esta estructura básica es la que puede descubrirse, visible en múltiples ejemplos, tras las visiones del fin del mundo; y es lo que las hace paradójicas, puesto que identifican el sentido del mundo con su desaparición. El tiempo carece de sentido, y deja de ser una matriz en la que se articula la vida humana; sin tiempo ésta no es más que un pasajero estado que carece de sentido por sí misma.

No sólo las religiones bíblicas creen en el fin del mundo. La inmensa mayoría de los cultos que han adoptado el mito de los orígenes hicieron lo mismo, en buena lógica, con el mito del final. Multitud de pueblos tradicionales sostienen mitos de destrucción del mundo, algunos con estructuras bastante parecidas a las del mito cristiano equivalente, como los habitantes de las islas Adaman, en el golfo de Bengala (Fatás, 2001: 31).

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Los integrantes del grupo “Fratellanza Cósmica”, fundado por Eugenio Siragusa consideran al Sol una divinidad.

Breve historia de los fines del mundo

En los anhelos apocalípticos, los acontecimientos relevantes de la historia se interpretan como señales del próximo conflicto final, como en el caso de las persecuciones decretadas contra los cristianos durante el Imperio Romano. De hecho, el propio Imperio fue visto como la manifestación del maligno que, previa segunda venida mesiánica, debía dar paso a la salida definitiva de la historia.

Las ideas milenaristas (por ese milenio previo a la conflagración final) fueron perdiendo fuerza canónica en el cristianismo a partir del siglo III. No obstante, su atractivo era muy fuerte “por su condición excepcional, milagrosa y resolutiva: todo será, cuando el momento llegue, definitivamente sopesado, sentenciado, esclarecido; cesará toda muerte, terminará todo mal” (Fatás, 2001: 20). Así, a lo largo de la Edad Media surgieron en Europa numerosas sectas milenaristas ansiosas de justicia y libertad social, como las del Libre Espíritu, los taboritas y los amaurianos. Los últimos concebían la historia dividida en tres etapas de sucesiva liberación, al igual que el monje calabrés Joaquín de Floris (Cohn, 1989: cap. 8 y ss.).

La Reforma protestante también avivó fervores apocalípticos. Los grandes cambios y convulsiones sociales eran vistos como indicios del fin del mundo. En este contexto, en particular en el siglo XVI, fueron abundantísimos los libros y catálogos sobre portentos, hechos extraordinarios y apariciones de monstruos en Europa. Se los consideraba profecías o signos de la voluntad divina, con los que se daba a entender a los seres humanos que se avecinaban cambios fundamentales o incluso el fin del mundo. Tales colecciones de “hechos” extraños tenían una utilidad muy destacada: servir como instrumentos de la reforma protestante, al considerarse que incluso estos prodigios estaban previstos en el orden divino para servir de anuncio de los cambios y transformaciones sociales (Vega, 2000). Se confeccionaban listados de observaciones y se interpretaban, de la misma forma que ahora hacen los ufólogos o los criptozoólogos, descendientes en este sentido de los compiladores del quinientos.

Por supuesto, no podemos olvidarnos de la predicción del fin del mundo por parte de Nostradamus y sus intérpretes para el séptimo mes de 1999 (septiembre según la cronología de su época). Y para el pseudoarqueólogo Graham Hancock el fin del mundo se producirá, probablemente en 2012, de acuerdo con la profecía maya, cuando se repitan los cataclismos que miles de años atrás destruyeron las civilizaciones erigidas por otras razas humanas o semidioses muy avanzados. De la misma opinión que Hancock, en cuando a la fecha del fin del mundo, es el norteamericano José Argüelles, que cree que los mayas eran visionarios celestes que dejaron mensajes codificados en su calendario sobre la transformación cósmica que aguarda a los humanos (Wojcik, 2003: 291).

Numerosos movimientos religiosos nacidos en el mundo industrializado del siglo XIX manifestaron un notorio carácter apocalíptico. Entre ellos destacan los siguientes.

Los adventistas del Séptimo Día han predicho el fin del mundo en numerosas ocasiones. Su inspirador principal fue un granjero y sheriff de Massachussetts llamado William Miller que predijo el fin del mundo para el 21 de marzo de 1843. Al no ocurrir nada, sus seguidores retrasaron la fecha para el 22 de octubre de 1844. Cuando esta fecha llegó y nada ocurrió los seguidores no se desanimaron; analizaron los fallos del cómputo y en adelante se mostraron más cautos a la hora de profetizar el Advenimiento del Mesías y la consumación de los tiempos.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocida como mormones por el nombre del supuesto profeta judío (Mormón) que habría conducido a un grupo de judíos en 600 a.C. hasta la actual Norteamérica con la colaboración del profeta Lehi, no ha predicho el fin del mundo, aunque sostienen que es posible hacerlo. Joseph Smith, su profeta en tiempos modernos, tuvo una visión en 1823, a partir de la cual de la cual se empeñó en restaurar la verdadera Iglesia de Cristo en la Tierra.

En 1877 Charles Taze Russell anunció que la Venida de Cristo se produciría al año siguiente. Al parecer esto ocurrió, pero de ello sólo se apercibió Russell. Un nuevo cómputo situó la Segunda Venida en 1914, momento en que acabaría la Edad de los Gentiles y empezaría el gobierno de Cristo en la Tierra. Mala fecha eligió la nueva religión de los testigos de Jehová para que comenzara el reino mesiánico en este mundo.

Ya en el siglo XX, un importante ejemplo que se suele citar a menudo del éxito contemporáneo del profetismo es el del fundamentalista norteamericano Hal Lindsey y su best-seller The Late Great Planet Earth, editado por primera vez en 1970. Predijo el comienzo del cumplimiento de las profecías narradas en el Apocalipsis para 1981 y consiguió seguir vendiendo innumerables ejemplares incluso después de esta fecha. La Tercera Guerra Mundial tendrá por centro a Israel, que será invadido desde todos los puntos del mundo (musulmanes, Rusia y probablemente China). Se producirá la mayor devastación jamás vista, de la que nos sacará Jesucristo con su segunda venida (Kurtz, 1999: 23). Tanto Lindsey como el también fundamentalista Pat Robertson (candidato a la presidencia de los Estados Unidos y popular ahora fuera de su país por las polémicas declaraciones sobre el presidente venezolano) sintieron honda preocupación con motivo de una alineación planetaria que tuvo lugar en 1982, denominada “efecto Júpiter”. Parece que la capacidad de representación tridimensional de los cuerpos celestes —y su real intrascendencia— decrece a medida que las ideas apocalípticas fermentan en la mente de algunos voceros del fin del mundo (Thompson, 1998: 249).

La evolución por la que aboga la New Age —o lo que de ella quede— tiene ciertas semejanzas con las doctrinas apocalípticas. La nueva conciencia y el nuevo mundo que surja de su instauración son la cumbre de la historia humana, el punto culminante u Omega de la evolución de la humanidad. El tiempo, en sentido estricto, llega a su consumación al producirse este cambio, resultado del sumatorio de todos los cambios individuales que van a ir produciéndose. Antes del desarrollo concreto de la New Age, algunos profetas en la onda de la teosofía como Edgar Cayce auguraron grandes convulsiones terrestres que provocarían el hundimiento en el mar de grandes extensiones de tierra; el motivo no era otro que en 1968 el continente de la Atlántida emergería del mar. Un nuevo mundo nos esperaba a la vuelta de 2000 (Thompson, 1998: 249).

En el terreno del apocalipticismo de la New Age destaca la vidente norteamericana Ruth Montgomery, cuyos guías espirituales le informaron de los terribles sucesos que se producirían con el paso al siglo XXI debido al volteo en el eje de la Tierra, lo que originará terremotos y maremotos gigantescos, grandes erupciones volcánicas en diversas partes del planeta y drásticos cambios atmosféricos, entre otras muchas calamidades. El resultado sería una nueva época en la que los problemas humanos se habrán minimizado y los demonios de la avaricia y la lujuria habrán desaparecido.

Y, lógicamente, debemos hacer mención al ya citado año 2000, punto de inflexión para numerosas predicciones del devenir del mundo, y probable final del mismo. La histeria desatada en torno a esta fecha careció de sentido. La cosificación de las fechas, como si tuvieran una consistencia ontológica, llevo a pensar a más de uno que el cambio de milenio (que, por otra parte, no empezó en 2000 sino en 2001) suponía alguna mutación radical en la historia humana. Y si hay algo relativo, el cómputo del transcurso de los años se lleva la palma: hay tantos calendarios como civilizaciones. Por ejemplo, las tres grandes religiones monoteístas tienen el suyo. Contribuyeron a la percepción milenarista del reciente cambio de fechas, probablemente, los problemas de civilización que padecemos: polución medioambiental, agotamiento de los recursos naturales, avances científicos en el terreno de la genética que son percibidos como peligrosos para el futuro de la humanidad, etc. ¿Qué habríamos escuchado o leído si la actividad terrorista mundial se hubiese iniciado unos pocos años antes del cambio de fechas?

Integrante del grupo ‘Alfa y Omega’, en Plaza Once, Buenos Aires, exhibiendo las publicaciones de Luis Soto Romero, de quien sus seguidores afirman que regresará a bordo de un plato volador y en tres días creará una ciudad celestial en la India.
Integrante del grupo ‘Alfa y Omega’, en Plaza Once, Buenos Aires, exhibiendo las publicaciones de Luis Soto Romero, de quien sus seguidores afirman que regresará a bordo de un plato volador y en tres días creará una ciudad celestial en la India.

Platillos volantes: heraldos del fin del mundo

Una de las principales fuentes generadoras de profetismo apocalipticista del siglo XX es la mitología de los platillos volantes. Muy pocos años después de la irrupción de esta plaga de observaciones a finales de los años cuarenta del siglo XX surgieron personajes que se presentaban como intermediarios de los seres del espacio y los humanos. Transmitían mensajes admonitorios salvacionistas y a menudo nos prevenían sobre los terribles acontecimientos que estaban prontos a producirse, como siempre que un culto de este tipo inicia su andadura.

El contactismo norteamericano destaca por sus muchos ejemplos catastrofistas. El ejemplo más famoso es el del movimiento sectario Heaven’s Gate (Puerta del Cielo). En 1993 anunciaron que la Tierra sería destruida pero que una nave extraterrestre recogería a los elegidos. La señal celeste consistió en el paso del cometa Hale-Bopp, que llevó a 39 de sus miembros al suicidio en un rancho californiano en marzo de 1997 (Wojcik, 2003: 277–8). Décadas atrás, desde los años cincuenta, fueron George King y la Aetherius Society los que pregonaban los inminentes desastres planetarios al uso si la sociedad no experimentaba un cambio general y seguía las directrices de las entidades espaciales. Y más recientemente los Raëlianos, con Claude Vorilhon a la cabeza y sus falsas clonaciones, advierten de la edad del apocalipsis que atravesamos desde las explosiones nucleares de 1945 en Japón.

El contactado italiano Eugenio Siragusa y su Centro de Estudios para la Fraternidad Cósmica expresó en numerosas ocasiones sus fuertes convicciones apocalípticas, acompañadas de un discurso holista y ecológico planetario. Su popularidad se extendió por numerosos países en los años sesenta y setenta del pasado siglo. Profetizó que a principios de los años noventa un gran asteroide chocaría contra la Tierra, lo que motivó que algunos adeptos españoles a las ideas del contactado retiraran a sus hijos del colegio ante la llegada del fin del mundo (cosa que los dinosaurios no tuvieron posibilidad de hacer). Su principal discípulo, el “estigmatizado” Giorgo Bongiovanni, creó Fraternidad Cósmica, mezcla de platillismo y culto a la Virgen María, y fijó el fin del mundo para septiembre de 1991, entre otras fechas finales igualmente fallidas.

Otro destacado movimiento platillista y catastrofista fue la Misión Rama, creada en los años setenta por los hermanos Sixto y Carlos Paz en Perú. “La Tierra está al borde de un cataclismo nuclear que no dejará piedra sobre piedra”, se puede leer en la obra propagandística de Juan José Benítez (1975: 74) sobre este colectivo ya desaparecido. Las características grupales de la Misión se asemejan a las que presenta Norman Cohn en su clásico En pos del milenio para retratar someramente a las sectas milenaristas. Éstas conciben la salvación como un hecho que, entre otros rasgos, exhibe los siguientes:

Terrenal, en el sentido de que debe realizarse en la Tierra y no en un cielo fuera de este mundo,

Inminente: ha de llegar pronta y repentinamente,

Total, ya que transformará completamente la vida en la Tierra hasta alcanzar la perfección,

Milagroso, porque debe hacerse efectivo por, o con la ayuda de intervenciones sobrenaturales (1989: 15).

El paso del cometa Halley en 1986 se convirtió en un amenazante cuerpo cósmico para el grupo contactista peruano, pero, en vista de que aquél siguió su curso como si nada, la amenaza se transformó años después en un vago deseo de cambio interior o superación de las etapas de crecimiento, sin que tenga que ocurrir una destrucción purificadora.

Los movimientos milenaristas y salvacionistas contemporáneos comienzan su andadura con gran virulencia ideológica hasta transformarse, a fuerza de fracasos proféticos, en una escuela de crecimiento personal diluida. De la dura, fatal e inminente ley divina amenazante, se pasa a un sueño de pacífica y utópica perfección terrenal sin injusticias y sufrimientos. Para uno de los más destacados estudiosos de la ideología de la New Age, Wouter Hanegraaff (1998), los cultos platillistas llevan adosado un “ligero apocalipticismo”, de tal forma que no se trataría de una destrucción completa del mundo, sino de un período de purificación que preparará el camino al nuevo milenio.

Numerosos estudios muestran cómo se produce este cambio en la profecía que acarrea un desplazamiento de los fines de la agrupación sectaria. El objetivo no es otro que la supervivencia del propio culto. La revolución light del cambio interior es la premisa fundamental de la New Age, tal y como la expresó Marilyn Ferguson en su clásico La conspiración de Acuario (1985).

A lo largo del siglo XX, y a medida que nos acercábamos a su final, la sensación de una clausura del tiempo se transforma en “agotamiento de la civilización”. Las dos Guerras Mundiales significaron un fuerte golpe para la visión utópica moderna. La fe ingenua en el progreso indefinido se ha visto debilitada por la crítica al desarrollismo desatado.

Fin del mundo e historia

La posmodernidad manifiesta un desencanto anti-utópico que no espera un nuevo resurgir de la civilización. No hay un más allá fuera del historia y del tiempo (Kumar, 1998). En el terreno sociopolítico, es Francis Fukuyama el que echa el candado a la historia humana al haber llegado ésta, aparentemente, a su final, identificado con las sociedades democrático liberales. De todas formas, las interpretaciones apresuradas de la tesis central de Fukuyama no parecen haber entendido la propia carga crítica que ésta lleva aparejada, más allá de la apariencia optimista y legitimadora del orden social existente como el mejor de los mundos posibles.

En todo caso, conviene recordar las palabras, un tanto dolientes, de Kant (1999: 300) en su opúsculo El fin de todas las cosas:

“Pero figurarse que sobrevendrá un momento en que cesará todo cambio (y con ello el tiempo mismo) es una representación que irrita la imaginación. Entonces la entera naturaleza quedará rígida y como petrificada: el último pensamiento, el último sentimiento se detendrán en el sujeto pensante, sin el menor cambio, para siempre. Una vida semejante, si puede llamarse vida, a un ser que sólo puede ser consciente de su existencia y de la magnitud de ésta (como duración) en el tiempo, tiene que parecerle igual al aniquilamiento: porque para poder pensarse a sí mismo en tal estado tiene que pensar en algo general; pero el pensar contiene al reflexionar, que sólo puede ocurrir en el tiempo.”

En la crítica a los cultos apocalípticos, a los profetas contemporáneos y a las predicciones astrológicas no es suficiente con poner de manifiesto la ausencia de pruebas o indicios racionales de sus afirmaciones, o los múltiples fallos predictivos de catástrofes finales. La relectura y reinterpretación de las predicciones es el mecanismo para poner a salvo la fe, fenómeno paralelo al que posibilita que las creencias paranormales no sean nunca falsadas en la mente de un creyente (como en el caso de la “teoría” de los astronautas en la antigüedad). La confrontación con la realidad no es el criterio de validez de la mentalidad apocalíptica que espera con ansiedad el fin del mundo, pues éste es el que va a dar sentido a la existencia, paradójicamente eliminando posibles nuevos sentidos futuros, saliendo de la historia, de lo humano. Es necesario penetrar con la crítica hasta la base del pensamiento finalista. Se trata de pensar lo humano, incluido el cómputo del tiempo, como algo exclusivamente humano. En no hacer dejación de nuestra capacidad racional porque, como dijo el filósofo español José Luis Villacañas (en Kant, 1990: 53, Introducción):

“El tiempo no esconde ninguna vértebra oculta en números sagrados que determine su curso. La historia determina la cronología, no la cronología la historia. El tiempo no determina nada por sí mismo porque está vacío. Lo único que llena el tiempo es la acción del hombre sobre el espacio de la tierra. En esta concepción del tiempo se abre la mayor defensa de la libertad humana”.


Referencias

  • Benítez, Juan José. 1975. Ovnis: S.O.S, a la humanidad. Plaza y Janés, Barcelona.
  • Cohn, Norman. 1989. En pos del milenio. Alianza Universidad, Madrid.
  • Fatás, Guillermo. 2001. El fin del mundo: Apocalipsis y milenio. Marcial Pons Ediciones, Madrid.
  • Hanegraaff, Wouter J. 1998. New Age Religion and Western Culture: Esotericism in the Mirror of Secular Thought. New York, State University of New York Press.
  • Kant, Immanuel. 1990. El fin de todas las cosas. En: En defensa de la Ilustración. Alba Editorial, Barcelona.
  • Kumar, Krishan. 1998. El apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad. En: La teoría del apocalipsis y los fines del mundo. Malcolm Bull (comp.). Fondo de Cultura Económica, México.
  • Kurtz, Paul. 1999. “Fears of the Apocalypse. The Escape from Reason”. Skeptical Inquirer, Vol. 23, No 1, January/February.
  • Rees, Martin. 2004. Nuestra hora final. ¿Será el siglo XXI el último de la humanidad? Drakontos Crítica, Barcelona.
  • Thompson, Demian. 1998. El fin del tiempo. Fe y temor a la sombra del milenio. Taurus, Madrid.
  • Vega, María José. 2000. El fin del mundo, la monstruosidad y los prodigios en el siglo XVI. En: En pos del tercer milenio. Apocalíptica, Mesianismo, Milenarismo e Historia (VV.AA.). Ediciones Universidad de Salamanca, España.
  • Wojcik, Daniel. 2003. “Apocalyptic and Millenarian Aspects of American UFOism”. UFO Religions, Christopher Partridge (ed.), Routledge, New York.