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Apocalípticos e ignorantes

Las profecías de san Malaquías fueron ampliamente difundidas y cada tanto aparecen en los medios de comunicación. La muerte del papa Juan Pablo II incrementó el surgimiento de “exégetas” de perfil apocalíptico, que interpretan las profecías sin conocimiento de la historia.


Venecia, 1595. Arnoldo de Wion publica una obra titulada Lignum vitae (El Árbol de la Vida).

Ciudad-estado del Vaticano, 19 de abril de 2005. El cónclave elige como nuevo Pontífice al cardenal Joseph Ratzinger, que adopta el nombre de Benedicto XVI.

Dos sucesos aparentemente inconexos pero que están ligados por algo conocido como Profecía de los papas, obra de san Malaquías (n. Armagh –Irlandacc. 1095, m. Claraval –Francia1148), arzobispo de Armagh y primado de Irlanda, que tuvo entre sus contemporáneos fama de taumaturgo y profeta, circunstancias alimentadas por la obra biográfica (Vida de San Malaquías) de san Bernardo de Claraval, íntimo amigo del irlandés hasta el punto de que éste murió entre sus brazos cuando le visitaba en su monasterio.

2-3-apocalipticosLa Profecía de los papas, según fue publicada por de Wion, consta de 111 breves lemas en latín que caracterizarían a los papas y antipapas desde Celestino II (1143–1144) hasta Benedicto XVI (2005-¿?), al que le corresponde la divisa De gloria olivae (De la gloria del olivo o De la gloria de la aceituna). Después de él vendrá Petrus Romanus (Pedro Romano) bajo cuyo pontificado se producirán la destrucción de Roma y el Juicio Final. Junto al texto atribuido a san Malaquías, Dom Arnoldo publicó unas explicaciones a los lemas que van desde Celestino II a Urbano VII (1590), obra de Alfonso Ciacconio, que atestiguan el perfecto cumplimiento de lo predicho hasta esa fecha.

Por supuesto debemos preguntarnos ¿es eso cierto? Comencemos por el principio. San Malaquías nada tuvo que ver con la Profecía de los papas. No existe ninguna mención anterior a la obra de Arnoldo de Wion de que el santo irlandés hubiera realizado tal oráculo. Ni en la obra antedicha de San Bernardo ni en ningún texto anterior a 1595 encontraremos prueba alguna que permita sostener dicha atribución. Por su parte, Alfonso Ciacconio escribió unas Vidas de los papas y los cardenales en los que no menciona tal presagio ni, mucho menos, que él hubiera escrito los comentarios que de Wion le atribuye.

Si todo esto ya huele mal (apesta, más bien), el análisis detallado del texto de la Profecía de los papas aumenta la sospecha de que aquí hay gato encerrado. Por de pronto sorprende que san Malaquías considerara en pie de igualdad a papas y antipapas. La extrañeza va en aumento al observar que sólo califica como cismáticos a dos de los antipapas que incluye, Nicolás V (1328–1330) Corvus schismaticus (El cuervo cismático) y Clemente VIII (1424) Schisma barcinorum (El cisma de los barceloneses). Por el contrario, los antipapas restantes Víctor IV (1159) Ex tetro carcele (De la negra cárcel), Pascual III (1164–1168) De via transtiberina (De la calle tras el Tíber), Calixto III (1168–1177) De Pannonia Tusciae (De Panonia —antiguo nombre de Hungría— y Túsculo), Clemente VII (1378–1394) De cruce apostolica (De la cruz apostólica), Benedicto XIII (1394– 1422 o 1423) Luna cosmedina (la Luna cosmedina), Alejandro V (1409–1410) Flagellum solis (El azote del Sol), Juan XXIII (1410–1415) Cervus sirenae (El ciervo de la sirena) y Félix V (1439–1449) Amator crucis (Amador de la cruz) no son calificados como tales1.

Una nueva razón para la sospecha debe venir de los errores que comete tanto el supuesto autor como el presunto comentarista. A Clemente IV (1265–1268) le corresponde el lema Draco depressus (El dragón apresado) porque, según el comentario, en su escudo figura un dragón. En realidad, el motivo heráldico es un águila. A Juan XXII (1316–1334) le define De sutore osseo (Del zapatero de Ossa). Según el comentarista, era hijo de Jaime Ossa, zapatero. Aunque Juan XXII sí pertenecía a la familia Duesse o D ́Heusse, su padre no era zapatero. A Eugenio IV (1431–1447) le corresponde Lupa celestina (La loba celestina) porque, según el comentario, fue religioso de la orden de los celestinos y obispo de Sena, ciudad en cuyo escudo se representa una loba. Sin embargo, no era celestino sino agustino.

¿Existe alguna explicación para estos hechos? La hay y esa respuesta destruye la pretendida autenticidad de la Profecía de los papas así como su atribución a san Malaquías.

Onofre Panvinio (Verona 1529 Palermo 1568) fue un religioso e historiador italiano. Protegido del cardenal Marcelo Cervino (después papa Marcelo II -1555-) por consejo suyo decidió dedicarse al estudio de la historia eclesiástica. Fruto de esa entrega, verían la luz (entre otras muchas) varias obras dedicadas a los papas. Por ejemplo, Romani Pontifices et Cardinales S. R. E. ab eisdem a Leone IX ad Paulum Papam III per quingentos posteriores a Christi Natali annos creati (Venecia, 1557). En estas obras de historiografía eclesiástica de Panvinio encontramos los mismos errores y omisiones que en la Profecía de los papas. El historiador italiano sólo llama cismáticos a Nicolás V y Clemente VIII. Él asegura que el escudo de Clemente IV presenta un dragón, afirma que el padre de Juan XXII era zapatero y que Eugenio IV perteneció a la orden de los celestinos.

¿Cómo es posible que san Malaquías profetizase poco antes de 1143 (puesto que el primer papa que anuncia es Celestino II) sus lemas no de acuerdo a la realidad sino a los errores que cometería un historiador de mediados del siglo XVI? Evidentemente eso es imposible. Por tanto, ya podemos obtener una conclusión, la Profecía de los papas fue escrita por alguien que conocía las obras de Panvinio y que sacó sus lemas de lo que en ellas se contaba. Por descontado, eso implica que nada tuvo que ver con su autoría san Malaquías que, para entonces, llevaba muerto más de 400 años.

También podemos establecer una segunda hipótesis. Dado que el comentarista (supuestamente Alfonso Ciacconio) sigue también la obra de Panvinio al pie de la letra (errores incluidos) imaginemos que el presunto autor de la “profecía” y el supuesto redactor de los comentarios no son dos personas distintas sino un mismo personaje. Eso nos permitiría una datación más precisa. Ya hemos visto el porqué tiene que ser posterior a la publicación de la obra de Panvinio, pero ¿podemos afinar un poco más? Dijimos que los comentarios llegan hasta Urbano VII (1590) De rore caeli (Del rocío del cielo). Si nuestra hipótesis es correcta, eso quiere decir que la Profecía de los papas se escribió en realidad en 1590.

Esto explica el porqué la primera mención a esta “profecía” es de 1595 como también la exactitud (con los errores ya indicados) entre los lemas y los papas comprendidos entre Celestino II y Urbano VII (precisión fácilmente comprensible porque no se trataría de una predicción sino de una postdicción). Si estamos en lo cierto, eso supondrá que, a partir de este pontificado, ya no existirá tan perfecta adecuación entre divisa y papa. ¿Es eso así? Veámoslo.

2-3-apocalipticos2Definamos varias categorías: familia (apellido familiar, nombre del padre, ocupación), nacimiento (ciudad, región, nación, nombre real), carrera eclesiástica (estudios, orden a la que pertenecía, cargos ostentados), papado (nombre como papa, divisa heráldica papal, duración del papado), otras (cualquier otra circunstancia no comprendida en las anteriores). Veamos cómo se distribuyen los presuntos aciertos en estas categorías por una parte de la divisa 1 a la 74 (de Celestino II a Urbano VII) y por otra de la 75 a la 111 (de Gregorio XIV a Benedicto XVI 2).

Si esto ya deja claro que el carácter de la profecía cambia radicalmente a partir de 1590, el estudio detallado de las mismas es aún más revelador. En las anteriores encontramos lemas que cumplen dos o incluso tres de las categorías indicadas. Por ejemplo, Adriano IV (1154–1159), cuyo lema es De rure albo (Del campo blanco), era hijo de un campesino (1a categoría), nació en Albano (2a categoría) y fue Cardenal de San Albano (3a categoría). Queda así perfectamente definido como la persona a la que se refiere esa divisa. Esta situación es muy distinta a la que presentan los lemas posteriores a 1590, para la que los creyentes en la autenticidad del augurio tienen que hacer juegos malabares para intentar encontrar algo que cuadre más o menos y ni así lo logran en muchas ocasiones. Por ejemplo, Clemente VIII (1592–1605) recibió el lema Crux Romulea (La cruz de Rómulo), según algunos porque en su escudo hay franjas y barras que forman cruces (¿a que es una excusa de lo más divertida?). A Urbano VIII (1623–1644) le correspondió la divisa Lilium et rosa (El lirio y la rosa), según algunos porque en su escudo hay lirios y rosas, pero, en realidad, su escudo presenta tres abejas. Se habían equivocado de Urbano porque el papa de ese nombre que adoptó esa divisa heráldica fue Urbano IV (1261–1264). No obstante, no importó. Se inventaron que Urbano VIII había adoptado ese nombre en recuerdo de Urbano IV y asunto arreglado. Tampoco fue bien la predicción para Alejandro VII (1655–1667), Montium custos (Celador de montes), porque, pese a que en el escudo heráldico familiar figuran unos montes, el celador no aparece por parte alguna. O para Clemente XI (1700–1721), Flores circundati (Flores rodeadas) porque aunque la explicación crédula sea que en el escudo de su ciudad natal (Urbino) hay una corona de flores, ésta no está rodeada sino que, por el contrario, es la corona la que circunda el escudo. A Clemente XII (1730–1740) le tocó en suerte Columna excelsa (Columna elevada) porque renovó la portada de la basílica de San Juan de Letrán con varias columnas de gran tamaño. Incluso uno de los pocos grandes aciertos (según sus defensores) de la Profecía de los papas no es tal. Nos referimos a la divisa de Gregorio XVI (1831–1846), De balneis Etruriae (De los baños de Etruria), según algunos porque la orden de los camaldulenses (a la que pertenecía el Pontífice) había sido fundada por san Romualdo en los Baños de Etruria (es decir, en la localidad de Balneo, en la Toscana –antigua Etruria), pero eso no es cierto. El nombre de camaldulenses deriva de su establecimiento en Camaldoli (Campus Maldoli) y nada tiene que ver con Balneo.

Podríamos seguir, pero creemos que es innecesario y que ya está sobradamente demostrada la hipótesis que planteamos. Puesto que las categorías a las que se refiere el presagio y la exactitud en su cumplimiento cambian completamente a partir de 1590 y dadas las restantes circunstancias como la reproducción de los errores contenidos en la obras historiográficas de Panvinio, así como la fecha de publicación de la Profecía de los papas, debemos considerar ésta como una falsificación realizada en 1590. No obstante, aún queda un extremo que debe ser aclarado ¿por qué iba alguien a tener interés en crear este augurio y en atribuírselo a san Malaquías?

La más que probable respuesta la encontramos en el cónclave de 1590 que debía elegir sucesor para Urbano VII (último papa al que acompaña el comentario supuestamente obra de Ciacconio). El lema que le correspondería al Pontífice sería Ex antiquitate urbis (De la antigüedad de la ciudad). A uno de los participantes en la elección esta divisa le venía “como anillo al dedo”. Se trataba del cardenal Simoncelli, natural de Orvieto, localidad cuyo nombre latino era Urbs vetus (Ciudad vieja). Con esta mixtificación se intentaba forzar la elección de un papa presentándole como el predicho por un santo tocado por la inspiración divina, y no por un santo cualquiera sino por uno que tenía fama de poseer el don de la profecía. La maniobra, no obstante, salió de pena y el elegido fue el cardenal milanés Sfondrato que tomó el nombre de Gregorio XIV (1590–1591). Esto hubiera debido ser el fin de la historia, pero la supuesta Profecía de los papas se había hecho circular antes del cónclave y años después cayó en manos de Arnoldo de Wion, que la consideró como auténtica y la incluyó en su obra publicada en 1595. Y así hasta hoy.

 


Notas

1. En la turbulenta historia del papado en aquella época, no siempre está claro quién era el papa legítimo y el o los antipapas. Por ello podrán encontrar que no todos los historiadores están de acuerdo en que éstos sean antipapas.

2. Según aseguran ya los creyentes en la autenticidad de esta profecía, el cardenal Ratzinger cumplió el lema De gloria olivae al adoptar el nombre de Benedicto en recuerdo de san Benito, fundador de los benedictinos a los que también se conoce como olivetanos. Nada más lejos de la realidad porque la olivetana es sólo una de las veintiuna congregaciones masculinas de los benedictinos y que, además, poco tiene que ver (salvo la adscripción a su regla) con san Benito de Nursia (480-543) puesto que toma su nombre de la abadía de Monte Oliveto Maggiore, cuyos orígenes están en una fundación de Bernardo Tolomei de 1313.

Por si esto fuera poco, el cardenal Maradiaga aseguró a Radio Nacional de España (20-4-2005) que el propio Ratzinger explicó a Sus Eminencias (que esperaban que adoptara el de Juan Pablo III) que quería rendir con la elección de su nombre un homenaje a Benedicto XV (1914–1922), cuyo breve pontificado no le impidió ser un gran luchador por la paz en una Europa desgarrada por los horrores de la I Guerra Mundial (1914–1918).

Bibliografía

La mayoría de los datos contenidos en este artículo han sido tomados de las obras:

  • Nostradamus, Malaquías y Compañía. Canónigo L. Cristiani. Traducción de Francisco Aparicio S. J. Ed. Stvdivm. Madrid, 1957.
  • Los papas y el Fin del Mundo. Presbítero Javier Larráyoz. Ed. Stvdivm. Madrid, 1964.
  • Los datos biográficos y las fechas proceden de los artículos correspondientes en la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana. Ed. Espasa Calpe S.A.