Controversia

Benedicto pone marcha atrás Lugo, el obispo díscolo

Fernando Lugo Méndez, el obispo rebelde del Paraguay, había iniciado su periplo hacia la vida civil el 18 de diciembre del año 2006 cuando presentó una carta a la Santa Sede que contenía su “renuncia al ministerio eclesial”.

Lugo, que había sido nombrado obispo por Juan Pablo II en 1994, pretendía su regreso al estado laical con la idea de lanzarse a la arena política, cosa que era incompatible con las exigencias canónicas y con la propia Constitución Nacional. Como era de esperarse, la petición no fue aceptada.

La primera contraofensiva vaticana llegó el 21 de diciembre de 2006 con una carta-bomba de Benedicto XVI pero firmada por Giovanni Batista Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos, en la que se “solicitaba” al obispo díscolo a no aceptar la candidatura a Presidente de la República so pena de recibir “la pena canónica de la suspensión, que prohíbe a los ministros sagrados todos los actos de la potestad de orden y de jurisdicción” ya que “el episcopado es un servicio aceptado libremente para siempre”, evidenciando la muy extraña concepción vaticana de la libertad. Por supuesto que esta santa amonestación no conmovió para nada la bien terrenal tentación del poder que inspiraba las intenciones del obispo Lugo.

Sabiendo por la historia que el Vaticano no acostumbra a reconsiderar sus posiciones y mucho menos a tolerar actitudes desafiantes de su propio clero, tan solo unos días después, el Espíritu Santo volvió a bajar presuroso e impaciente sobre el extravagante sombrero del Papa Benedicto. Esta vez, el dictado papal subió de tono y así, el 4 de enero de 2007 la Congregación para los Obispos emitió un segundo comunicado.

La carta, convertida en un misil canónico intercontinental, decía, entre otras cosas:

“La tarea de un Obispo es estar al lado de los fieles siguiendo en todo la suprema ley de la Iglesia que es efectivamente la salvación de las almas y no el gobierno de la comunidad política. La colaboración del Obispo en procurar el bien de la sociedad civil debe ser desempeñada siempre en modo pastoral, actuando como padre, hermano y amigo y ayudando con su ministerio a construir caminos de justicia y de reconciliación, como está justamente subrayado por la Exhortación Apostólica “Pastores gregis”.

“En su carta, citando el canon 187, Vuestra Excelencia “renuncia al ministerio eclesial” para “retornar a la condición de laico en la Iglesia”. Dicho canon no es congruente con su solicitud, en cuanto se refiere a la renuncia “a un oficio eclesiástico”, que es algo muy diverso del estado de vida clerical originado en la sagrada ordenación. Usted sabe bien que la sagrada ordenación una vez recibida validamente no puede ser nunca anulada y no puede ser ni siquiera suspendida “ad tempos”, en cuanto al Sacramento del Orden imprime un carácter indeleble (canon 1008) y permanente”.

“Cumplo el deber de comunicarle que el Santo Padre no ve posible acoger la solicitud de dimisión del estado clerical presentada por Vuestra Excelencia”.

“Recurriendo a su sentido de responsabilidad y de obediencia al Papa, ruego por Usted, confiado en la intercesión de la Santísima Virgen María y espero que Cristo Buen Pastor lo ilumine para que pueda permanecer fiel a su vocación divina y a su misión apostólica”.

Giovanni Battista Re, Prefeto

Por lo visto, de nada sirvió tanta exhortación apostólica y admonición canónica. Ni siquiera sirvieron la intercesión de la Santísima Virgen María ni la iluminación de Cristo Buen Pastor —¡lo que ya es mucho decir!— para cambiar la decisión del ensotanado ensatanado.

Claro, no resistiré la tentación de recordar, por si a alguien se le haya olvidado, que en otras épocas, y para dirimir estas cuestiones canónicas, la Santa Sede, dueña de vidas y haciendas, hubiera recurrido a métodos mucho más expeditivos propios de los cancerberos teológicos del Santo Oficio.

Así las cosas, el 20 de enero caía la flamígera suspensión “A divinis”, la misma que había sido impuesta por Ratzinger al pederasta padre Marcial Maciel, fundador de la orden Los Legionarios de Cristo:

“Con sincero dolor cumplo el deber de infligir a Vuestra Excelencia, mediante el presente Decreto, la pena de la suspensión a divinis, a norma del canon 1333 & 1, con la prohibición de poner en ejecución todos los actos de potestad de orden y de gobierno y el ejercicio de todas las funciones y derechos inherentes al oficio episcopal.

Con esta sanción penal Usted permanece en el estado clerical y continúa estando obligado a los deberes a él inherentes, aunque suspendido en el ejercicio del ministerio sagrado”.

Finalmente, el monseñor Fernando Lugo presentó su candidatura a la presidencia nada menos que el 25 de diciembre de 2007, eligiendo esa fecha tal vez como una muestra de humildad profética, y fue electo Presidente de la República del Paraguay el 20 de abril de 2008; seguramente como resultado de una combinación de diversos factores que sólo un análisis político y social —ajeno a la intensión de este articulo— podrá explicar, pero del que puede extraerse como muestra que la combinación de ignorancia con la fascinación mesiánica religiosa es también capaz de someter a las urnas.

Ante la fuerza de los hechos, profundamente didácticos, por cierto, y esta vez, sin esperar 350 años, el Papa Ratzinger, epítome de la mentalidad retardataria e inmovilista, tuvo que poner literalmente marcha atrás. El 30 de julio, el nuncio apostólico, Orlando Antonioni, el mismo que un año antes se refería a Lugo como “un puñal clavado en el cuerpo de la iglesia”, sin especificar dónde, anunció que el Papa Benedicto XVI ha concedido la “pérdida del estado clerical” a Fernando Lugo, presidente electo del Paraguay.

La alegría para Lugo debió ser doble porque “El Papa también dispensó a Lugo de los votos religiosos hechos en la congregación del Verbo Divino así como de la obligación del celibato”.

Antonini aclaró que la decisión, que libera al presidente electo de los votos religiosos y del celibato, de por sí tendría una naturaleza perpetua… a menos que la autoridad suprema examine caso por caso. Con semejante “aclaración” que conjura posibles cambios en el futuro, el vocero del Vaticano dejó abierto nuevamente el paraguas y, de paso, algunas interrogantes sobre la salud semántica y conceptual que los teólogos tienen de vocablos como “perpetuo”, “nunca”, “indeleble” o “para siempre”.

Viene al caso un párrafo del genial Gustavo Laterza Rivarola que, refiriéndose a otra turbamulta de lunáticos, esta vez, del mundo islámico, escribe: “Cuando el ayatolá Jomeini instauró el fundamentalismo islámico en Irán (1979), se consideró la prohibición de producir caviar del esturión beluga, atendiendo que este pez carecía de escamas y, por consiguiente, estaba proscripto; pero tal cosa implicaba la pérdida de la segunda fuente de divisas del país, por lo que se puso a trabajar a los ictiólogos, quienes —luego de menear mucho las lentes— descubrieron que las motas negras del esturión, eran, en realidad, escamas microscópicas, con lo que el negocio quedó a salvo. En verdad, Alá es piadoso y previsor”.

Tal cual, la anécdota encierra una analogía casi perfecta para el caso que nos ocupa. Sólo difiere en cuanto a los especimenes del mundo animal.

El comunicado concluía diciendo que la dispensa había sido otorgada por el Papa “por el bien del país” (?) en un intento casi gracioso por justificar esas idas y venidas incompatibles para una institución que se arroga sin vergüenza alguna el monopolio de la verdad.