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¿Escépticos o investigadores?

Alejandro Borgo tiene razón al afirmar que el mote “escéptico” no nos cuadra ni nos favorece a los pensadores críticos, ya que designa la actitud negativa de quien nada cree, cuando de hecho la mayoría de los escépticos creemos en una punta de resultados de la ciencia, de la técnica, e incluso de la praxis cotidiana.

Para peor, la palabra “escepticismo” es ambigua, porque designa dos doctrinas diferentes: el escepticismo radical (o absoluto, o destructivo) y el moderado (o relativo, o constructivo). El primero es el de Pirrón, Francisco Sanches, y algunos discípulos de Popper, tales como Miller.

Los escépticos radicales son cínicos: no creen ni siquiera en los resultados más sólidos de la investigación científica, tales como que la Tierra gira en torno al Sol, que hay electrones y fotones, que los humanos somos primos de los monos, y que la desigualdad de ingresos entre individuos y entre naciones ha ido creciendo en el curso de las dos últimas décadas. El escepticismo radical es, en definitiva, igual al dogmatismo del ignorante voluntario (Bunge, 2000).

En cambio, el escepticismo moderado o relativo invita a investigar: a salir de dudas al menos por el momento. Sobre todo, invita a perfeccionar. No es sólo falibilista sino también meliorista. O sea, tiene fe en la posibilidad de perfeccionar. No toma las imperfecciones como confirmación del pesimismo, sino como reto. No en vano la neuroquímica Rita Levi-Montalcini, galardonada con el premio Nobel, tituló Elogio de la imperfección a su interesante autobiografía.

El escepticismo moderado es el de Galileo y Descartes respecto de la escolástica anquilosada. Es el que indujo a Robert Boyle, el primer químico moderno, a escribir El químico escéptico, en el que, además de criticar a los alquimistas, exponía algunos resultados de sus propios experimentos y especulaciones. Este escepticismo es el de Darwin respecto del creacionismo y del fijismo de la Biblia. Es el de Einstein y Bohr respecto de la mecánica clásica. Es el de los psicólogos respecto de la microeconomía neoclásica y demás teorías de la elección racional.

¿Debiéramos entonces autodenominarnos “escépticos moderados”? No, porque sería innecesariamente complicado. Hay equivalentes más simples y tradicionales, tales como “investigadores”, “ilustrados”, “iluministas”, ”cientificistas”, o incluso “preguntones”. Desgraciadamente, los dos primeros sugieren engreimiento, el tercero se parece demasiado a “iluminado”, el cuarto ha sido desgraciadamente desacreditado por los sedicentes marxistas y por los posmodernos, y el quinto es excesivamente modesto.

Parecería, pues, que no hay mote que nos designe correctamente a los … este. . .bueno, usted sabe a quiénes me refiero. Puede ser. Si es así, habrá que hacer la aclaración cada vez que quepa la duda. Al fin y al cabo, lo mismo sucede con todas las orientaciones filosóficas. Por ejemplo, hay realistas ingenuos y realistas científicos, materialistas vulgares y de los otros, idealistas objetivos e idealistas subjetivos, racionalistas dogmáticos (aprioristas) y racionalistas críticos, y así sucesivamente. El motivo es obvio: se trata de vastos sistemas de ideas, no de tesis aisladas. Es como hablar de guiso sin especificar de qué.

En resolución, los escépticos (perdón, quise decir “investigadores”, “ilustrados”, “iluministas”, o “preguntones”) tendremos que aclarar qué entendemos por este mote. Lo que no está mal, porque la aclaración podrá suscitar debate. Y esto es muy necesario en medios que, como el nuestro, están cargados de dogmas y confusiones de todo tipo.

—Mario Bunge

Bunge, Mario. 2000. Absolute skepticism equals dogmatism. Skeptical Inquirer Vol. 24, No. 4: 34–36.