Cartas de Lectores

¿Cómo enfrentar al fundamentalismo?

En la columna abierta “Controversia” publicada en el Vol. 2 N° 3 de Pensar (Julio/Setiembre 2005, pp. 4-5), el periodista Alejandro Agostinelli propone una postura posible ante los nuevos desafíos que enfrentan quienes eligen ejercer el pensamiento crítico contra el fundamentalismo..

Apuntando a los brights* -sobre cuya ideología ironiza- se pregunta: “¿Acaso hace falta una mística -inspirada en algo así como una plegaria capaz de exorcizar el espíritu de los tiempos- para comunicar una cosmovisión que traspase los poros por donde respira la inteligencia social?”. Luego, traza un diagnóstico que incita a la acción: “Nunca como ahora -escribe- estuvo tan clara la intrusión de las burocracias religiosas en asuntos palmariamente humanos”. A la vez, apela a buscar “la mística” que permita “encausar ese sentimiento de insatisfacción” y señala que (ese sentimiento) “no parece acompañado por un movimiento social que no sólo declame la voluntad de contrapesar la influencia de la Iglesia, sino que posea la organización capaz de introducir o profundizar los cambios que mantengan su influjo alejado de los espacios públicos.”

El artículo también cuestiona a quienes pretenden reclamar la separación de la Iglesia del Estado “sobre la base de la diatriba antirreligiosa”. Por lo cual plantea la necesidad de una estrategia positiva, “sobre propuestas que consagren la igualdad ante la ley”, para luego denunciar que “una de las desviaciones mezquinas de la secularización es la sacralización de la racionalidad”. Los comentarios que provocó, sugieren que estamos ante un debate que acaba de comenzar.


“La salvaguarda de la modernidad exige grandes inteligencias apasionadas”

Agostinelli plantea francamente un problema que nos angustia a todos los ilustrados (o iluministas, lúcidos, o progresistas). Este problema es: ¿qué hacer para salvar la modernidad de los ataques de los fundamentalistas religiosos, morales, políticos, económicos, y de otro tipo?

En otras palabras, ¿qué podemos hacer para salvaguardar y enriquecer los ideales progresistas de las revoluciones americana (1776), francesa (1789) y latinoamericanas (ca. 1810)? ¿Como actualizar la noble consigna “Libertad, igualdad, fraternidad”, y qué hacer para impedir que las iglesias o las grandes corporaciones coarten la búsqueda y la difusión de la verdad?

Agostinelli propone combinar la racionalidad con la mística. Esta propuesta me recuerda a los cristianos que se suicidaban al acercarse el año 1.000 por temor al fin del mundo. Yo creo que la racionalidad es tanto más necesaria cuanto más peligra. Y no se la defiende contemplándose el ombligo ni repitiendo fórmulas mágicas tales como “Om”, “Cristo Rey”, “Ala inshala”, o “Libre comercio”. La racionalidad y los demás valores se defienden enfrentado la realidad con ayuda de su conocimiento y del amor a la vida y la pasión por el bien público.

La mística sólo puede estorbar, porque ni siquiera se puede saber qué es. En efecto, lo místico es inefable, inexpresable e incomprensible. El recurso a la mística es, pues, escapista. Porque sé que Agostinelli es un luchador y no un escapista, supongo que se ha expresado mal. Sospecho que quiso decir “pasión”, no “mística”. Me explicaré.

La razón, aunque necesaria para entender el mundo y para corregirlo, no basta: también hace falta la pasión. Por esto es que el órgano del conocer (el neocórtex) está íntimamente conectado con el órgano de la emoción (el sistema límbico, ubicado debajo de la corteza cerebral). Ambas regiones del cerebro humano se conectan mediante haces de nervios por los que las señales se propagan en ambos sentidos. Esto hace que podamos controlar las pasiones y que nos apasionemos por el conocimiento (a menos que hayamos sido amaestrados para “Creer, obedecer, combatir”, como exigia Mussolini).

En otras palabras, unas veces la razón es esclava de la pasión (Hume), pero otras la pasión energiza a la razón. El que ocurra lo uno o lo otro depende de la naturaleza de la tarea que nos propongamos. Cuando buscamos los medios más adecuados para alcanzar una meta que nos interesa, utilizamos la razón como instrumento. En cambio, cuando nos entusiasma un problema intelectual, la pasión hace de esclava de la razón. Sólo las tareas rutinarias exigen tan poca pasión como razón. ¿Quién ha visto un burócrata o un artefacto tan imaginativo como entusiasta?

Volvamos al problema práctico: ¿qué hacer para parar la ola fanática? En otras palabras, ¿cómo podemos salvar lo mejor de la modernidad? Movilizando a la gente. Pero hay que admitir que las masas no se movilizan predicándoles las virtudes de la búsqueda de la verdad. Hay que procurar mostrar a la gente que la verdad científica puede servir para mejorar la calidad de vida, al cuidar la salud, aliviar el trabajo insalubre o riesgoso, mejorar las cosechas, etc.

Lo que acabo de decir no convencerá al obrero, campesino, artesano, o pequeño comerciante, ni menos aún al desocupado. Éstos saben de sobra que los más beneficiados por el conocimiento moderno son los poderosos. Los demás han quedado al margen de la modernidad, y en particular de la ciencia y de la técnica. Y seguirán marginados culturalmente mientras también sigan marginados económica y políticamente. Si pretendemos que todos se beneficien con el conocimiento, debemos propender a que todos tengan la oportunidad económica y política de acceder a la cultura. En otras palabras, tenemos que ayudar a que el desarrollo, o progreso, sea integral, no parcial.

Esto vale para todos los países, pobres o ricos. De poco vale manejar un Cadillac, ya sea en Dallas o en Buenos Aires, si se piensa y siente como un bárbaro. Tampoco sirve de mucho amar la mecánica cuántica o la literatura del Siglo de Oro si no se dispone de tiempo o de energía para cultivarlas, porque hay que dar clases durante diez horas seguidas para parar la olla. El progreso, o desarrollo, debe ser global, o sea, para todos y tanto económico y político como cultural.

El trabajo por el iluminismo y contra el oscurantismo debiera de ser parte del trabajo por el desarrollo integral.Cuando no lo es, da resultados magros y vulnerables, como ocurrió en toda Latinoamérica con las elites librepensadoras (“afrancesadas”) de los siglos XIX y XX. Mientras los patrones pensaban de segunda mano ideas avanzadas, vivían lujosamente y estaban al tanto de las últimas novedades literarias, filosóficas y políticas de Europa o de los EE. UU., sus peones pasaban hambre y eran maltratados por sus capangas.

La moraleja para el ilustrado (o lúcido, progresista, etc.) es que no basta dar o escuchar conferencias contra el oscurantismo. También que hay que militar en política por un orden social más justo, que no use la superstición como instrumento de control social para beneficio de unos pocos. Sin embargo, para hacer política en serio, y no como pasatiempo, hay que empezar por conocer el medio en que se actúa: hay que estudiar los problemas sociales del barrio, la ciudad, la provincia o la nación en que se vive.

En los países avanzados, tal estudio se hace principalmente en las universidades. En los demás países, los problemas sociales rara vez son estudiados en serio en las universidades. En éstas, el típico profesor de economía, sociología o politología repite textos gringos o gabachos, que en el mejor de los casos tratan de sociedades avanzadas, y en el peor son diatribas ideológicas que sólo sirven para indignar. En otras palabras, allí donde los problemas sociales más duelen, no son estudiados científicamente, de modo que los políticos no disponen de guías teóricas fehacientes.

¿Qué hacer para promover el estudio serio de los problemas sociales cuando los descuida la universidad? Propongo que se los estudie fuera de ella, en centros o asociaciones de aficionados empeñados en convertirse en expertos. (El primer economista argentino fue mi tío Alejandro, ingeniero; y el primer sociólogo empírico argentino fue mi padre, Augusto, médico de profesión.)

Los escépticos podrían ser utilísimos en tales centros, ayudando a detectar el macaneo, tanto el importado como el de industria nacional, y que constituye el principal obstáculo al avance de las ciencias sociales en nuestros países.

En resumen, creo que el problema que plantea Agostinelli se resuelve enfrentado la realidad social en lugar de rehuirla y caer en el estupor místico. A su vez, para enfrentar la realidad hay que comenzar por estudiarla en serio y en todos sus aspectos, y no sólo en el cultural. Y el estudio serio de cualquier problema es apasionado. Místico no, porque el arrebato místico ofusca y paraliza. Apasionado sí, porque sin pasión la inteligencia se gasta en tareas rutinarias. Y la salvaguarda de la civilización moderna no es tarea menuda, sino una empresa grandiosa que exige grandes inteligencias apasionadas o, lo que es igual, grandes pasiones inteligentes.

-Mario Bunge. Epistemólogo. McGill University,
Montreal, Canadá.

“La Iglesia va en tren, el mundo en avión”

Fuerte el comienzo (de la nota, N. del E.) para una ex UCA, ex Santa Teresa de Jesús y actual agnóstica, más por necesidad que por convicción.

En cuanto a Benedicto XVI, estoy bastante de acuerdo: me preocupa más el presente que el pasado (los del Opus Dei, encantados). Con todo, el hecho de que la Iglesia vaya en tren y el mundo en avión, tiene toda una explicación: en general hay como un pacto, más o menos estricto según quién sea el Pontífice, según el cual “la cabeza” va más lenta que el cuerpo. Hay sacerdotes y obispos que van abriendo mucho más camino que él, y eso es sabido y consentido.

-Roxana Olivieri. Abogada. Buenos Aires, Argentina.

“Los brights hallan más cómodo predicar para el converso”

La actividad escéptico-racionalista debe formar parte de un programa más amplio. Las ideologías pueden clasificarse según la relevancia de lo sobrenatural para su concepción de la realidad en seculares y religiosas. Éstas tienen corrientes liberal-ecuménicas, pragmático-gattopardistas y fundamentalistas. Los brights se precian de su secularismo y meten a todos los religionistas en la misma bolsa pese a que la expresión moral social de una concepción liberal-ecuménica del mundo es más cercana a una secular que a una fundamentalista o pragmático-gattopardista. También confunden las dos últimas categorías: los pragmático-gattopardistas son la fracción numérica y políticamente más importante de las religiones, y por ello sumamente ambigua y susceptible a presiones. Convergen con los fundamentalistas en una serie de puntos álgidos pero sólo porque representan a enormes masas y mantienen compromisos políticos -factores que favorecen funcionalmente las posturas conservadoras.

Los seculares deberían alinearse con las corrientes religiosas liberal-ecuménicas de las congregaciones fomentando los vínculos entre éstas al actuar como puente. En una segunda etapa deberían, no ya conquistar las cúpulas pragmático-gattopardistas sino presionarlas a una definición: ¿realmente quieren alinearse con los fundamentalistas, imponiendo su incómodo paquete de disparates a millones de fieles? Pero los brights hallan más cómodo predicar para el converso, arrullarse con consignas troqueladas y regodearse en el discreto encanto de pertenecer, tolerando en las filas propias a un puñado de sufridos liberal-ecuménicos a modo de curiosidad. La estrategia racional requiere que los seculares comprendan sinceramente y desde la igualdad a sus aliados naturales entre los religionistas, pero esto necesita de una dosis de coraje… y cerebro. (¡Ah, cierto que eran brights!…)

-Mariano Moldes. Licenciado en Ciencias Biológicas.
Buenos Aires, Argentina.

“Confundir globalización con liberalismo económico es una simplificación”

No estoy de acuerdo con unir al capitalismo con la globalización. Es, creo, una simplificación excesiva. Lo que hace el capitalismo estadounidense no es globalizar sino globalizar el liberalismo económico, sin pensamiento social… Y el modo de combatir ello es la globalización del trabajo, la globalización de las ideas contrarias. Pienso que contra el liberalismo económico la única solución es la Globalización (de la otra parte) y hay pruebas claras: los movimientos globalizados en contra de la guerra en Irak… Sólo la globalización de la resistencia permite una posibilidad de triunfo. Y hay signos esperanzadores; no se cómo se habrá visto desde la Argentina el NO a la Constitución Europea, pero desde 18 km de Francia lo que ha ocurrido es muy evidente y gratificante: se ha dicho NO a la Europa del liberalismo económico sin contenido social (Francia), y se ha dicho NO a las ideas impuestas desde arriba -sin plantearse si son buenas o malas- sin participación de las bases (Holanda)… Ambas cosas hablan de una globalización de los movimientos sociales… De una globalización de la participación ciudadana y de una globalización de la solidaridad… Lo malo -en mi opinión- no es la globalización, sino confundir la globalización con el liberalismo económico. Hay otras formas de globalización y hay que luchar por ellas. Es curioso ver el manifiesto de Greenpeace (con los que no comulgo hoy en día) de 1968: es una clara globalización… Esa es la clave: necesitamos sindicatos globalizados y no divididos (bueno, casi es mejor decir que necesitamos sindicatos); necesitamos gentes capaces de movilizarse globalmente, gente que dicen no a la guerra globalmente; NO a. tantas cosas…

-Félix Ares de Blas. Dr. en Informática, Director del Museo de Ciencias de San Sebastián, España, y presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

“El discurso religioso, dogmático por definición, jamás se prestará a debate”

Escribe Agostinelli en “El horizonte de un racionalismo productivo”: “.entiendo que la tolerancia a la diversidad cultural es un valor que debe ser defendido con la misma vehemencia con que se exige el derecho a ser iguales ante la ley: la religión tiene tanto derecho a expresar sus dogmas como el que tienen los racionalistas de criticarlos, incluso en el marco de la educación pública.” Considero que el alcance del término “tolerancia” debería ser especificado ya que, por ejemplo, se podría llegar a creer que la afirmación de Bush “tanto la Evolución como el Diseño Inteligente deberían ser enseñados en las escuelas así la gente puede entender de que trata el debate” es una demostración de tolerancia hacia el pluralismo. Pero vislumbramos que no es así por dos razones: por un lado, no existe la imparcialidad de los acólitos de Bush y, por el otro, el diseño inteligente es un conjunto de afirmaciones teológico-dogmáticas y la evolución es un principio científico. Lo que parece ser un ejercicio de la tolerancia es la intromisión de afirmaciones pseudocientíficas en la currícula.

Una cosa es “tolerancia” y otra aceptar que dicha cultura es aceptable. Otro ejemplo: la cultura de la eugenesia. Lo mismo, el islamismo (lo que intuyo que es) o la cultura de los aztecas o la de los conquistadores españoles. Creo que hay que examinar en qué consisten dichas culturas: es necesario discriminar y analizar el contenido de los discursos para poder valorar si se los debe tolerar o incluso “combatir” (en el sentido de refutar, oponer). La cultura de la jihad o de la “guerra preventiva”, por citar dos ejemplos explícitos, es intolerable.

Concuerdo en que el poco éxito del racionalismo está en no haber sabido presentar a la gente alternativas que mejoren la vida (incluso creo que hay que diferenciar un poco el racionalismo y el ejercicio del pensamiento crítico) y hay déficit en el análisis del sistema político-histórico en el cual vivimos, que nos condiciona en muchos casos y nos determina en otros.

Pero estoy en desacuerdo con que “las consecuencias de esa lucha pueden dejar heridas tan graves como las que causa el fundamentalismo que se repudia“. El “puede” es tan amplio que al -no especificarse- queda a la libre interpretación del lector: convendría especificar que formas de esa lucha son las que son advertidas como peligro.

En cuanto a que “la sed de espiritualidad es inherente a millones de seres humanos, y su religiosidad -salvo mejor argumento- debe ser comprendida como un compensador que regula las tensiones sociales“, considero que esa afirmación debiera ser probada (a mí me parece exactamente al revés: baste ver la historia de la humanidad). Además, quisiera que se definiera el término “espiritualidad”. Más bien, veo a la religión como la pensaba Marx (“el opio de los pueblos”) y, en términos tecnológicos, como un psicofármaco: puede hacer sentir mejor, pero no te soluciona el problema, entonces hay que recurrir una y otra vez para sostener el estado de “mínima angustia”. El que persiste se transforma en “consumidor ocasional”: en situaciones de crisis, recurre al fervor religioso (como las misas antes de las batallas, por ejemplo).

Agostinelli también escribe: “la religión tiene tanto derecho a expresar sus dogmas como el que tienen los racionalistas de criticarlos, incluso en el marco de la educación pública“. Y no estoy de acuerdo para nada. Que se expresen en los lugares de culto. Esa frase me parece contradictoria con la del final: “Por eso, uno de los desafíos es extender el reclamo por una coexistencia ecuánime de todas las opciones espirituales, incluida la que no tiene ninguna. Y eso sólo se conseguirá exigiendo la separación de la Iglesia del Estado.

La Educación pública la imparte el Estado. Si exigimos separarla de la Iglesia, estamos diciendo “de la Iglesia de turno”.El discurso religioso, dogmático por definición, jamás se prestará al debate.

Pienso que la educación debe ser laica (no libre). La enseñanza religiosa puede impartirse a nivel privado en los colegios privados que ya existen al efecto y sus comunidades pueden dar enseñanza gratuita a los fieles sin dinero. El Estado no tiene por qué enseñar dogmatismos -no debería hacerlo-. Al contrario, muchas afirmaciones racionales y científicas son comprobables fácticamente. Eso no se puede hacer con las verdades del dogma. No existe una posibilidad de debate y controversia REAL debido a dicha imposibilidad. El pensamiento crítico racional (no sacralizado), en cambio, sí puede ser puesto a prueba.

-Carlos A. Domínguez. Psicólogo. Buenos Aires, Argentina.

“La Revolución de 1776 fue humanista secular”

Hasta ahora, ningún movimiento humanista secular, racionalista, ateo, agnóstico, brillante o apagado, logró articular (no ya impulsar) un programa con suficiente fuerza de convicción, consenso y motivación que inspire a millones de almas dispuestas a firmar un llamamiento a emancipar a los hombres -laicos o ateos, agnósticos o religiosos- de los caprichos dogmáticos del fundamentalismo“, dice el artículo.

Pero quiero recordar un brillante discurso de James Madison ante la Asamblea del Commonwealth del Estado de Virginia: “El Congreso no va a establecer religión alguna ni a obligar su observación por ley, ni a estimular a ningún hombre a adorar a Dios de ninguna manera que contradiga su conciencia, ni que ninguna secta adquiera preeminencia, o dos combinadas estableciendo una religión que obligue a otros a que la sigan.” (Annals of Congress, Sat Aug 15th, 1789 pages 730 – 731).

Sí, la Revolución de 1776 fue un movimiento humanista secular, y lo fue, no caben dudas que los precedentes existen y que nunca antes, nunca después, la creación de un Estado independiente tuvo en sus fundadores visionarios capaces de levantar “un muro de separación” entre el poder temporal y cualquier otro. ¿Qué tenía de malo la Constitución de 1853?

-Eduardo Montes-Bradley. Escritor, cineasta.
Buenos Aires, Argentina.

“No estoy seguro de que el racionalismo busque influir en el curso del mundo?”

Me queda poco claro el significado que el autor le asigna a la palabra “mística”. Una definición (o una comprensión) más exacta podría ser útil para comenzar a discutir si esa mística es deseable, o más aún, compatible, con el racionalismo.

No estoy seguro de que la militancia racionalista esté buscando la forma de influir en el curso del mundo, al menos no la mayoría, al menos, no en el sentido que lo buscaba Marx. La propuesta de la militancia racionalista pasa más, creo, por la propuesta de un método de aproximación a los conceptos y a las ideas que por la construcción de un cierto tipo de sociedad. Mi aproximación al movimiento racionalista tuvo más que ver con un ansia de crecimiento intelectual personal que con sumarme a una prédica social. Sospecho que mis motivos fueron parecidos a los de muchos. De ahí, quizás, la dificultad de generar un manifiesto con tal fuerza.

Coincido cuando se habla de la religiosidad como amortiguador de tensiones sociales. Entiendo que se propone que, dada la inevitabilidad del sentimiento religioso, sólo se puede aspirar a que éste sea tolerante. Creo que la inclusión de la tolerancia en el discurso oficial religioso es lo suficientemente reciente (en el mejor de los casos) como para justificar dudas sobre su permanencia o incluso su honestidad.

Por último, se sostiene que en un mundo cambiante, ningún concepto (particularmente las utopías) pueden ser consideradas inmutables, argumento que se usa para reclamar derecho a la diversidad cultural. No deseo negar ese derecho, pero me gustaría notar que, precisamente porque nada puede ser considerado inmutable, la pérdida de culturas y, eventualmente, de la diversidad cultural es un proceso que no tiene por qué ser entorpecido.

-Carlos Álvarez. Buenos Aires, Argentina.

“Prefiero el Senku al rompecabezas”

Es gratificante comprobar que las piezas encajan perfectamente en esa totalidad que forma una figura armoniosa al armar un rompecabezas. Pero.. vaya a saber por qué. prefiero la incomodidad a la gratificación. La nota me incomodó. Me hizo mover las fichas mentales para acá y para allá como en un Senku donde no hay forma de tapar el agujero que se hace ineludible y donde no se gana poniendo o acumulando (rompecabezas) sino restando fichas al tablero. Empecé el juego con: emancipar-democracia-coexistencia-fundamentalismo-pluralismo-etc. (Por supuesto, la partida es singular y muy propia, con ecos diferentes en cada cual). En mi caso, acabo de terminarlo con dos fichas: ateísmo y ateísmo (nunca antes lo había pensado de dos maneras).

Me quedé con la siguiente conclusión inconclusa:

Si la antirreligiosidad es el “forzado objetivo”, el ateísmo dogmatiza por reactivo.

Si la antirreligiosidad es la “natural consecuencia”, el ateísmo emancipa por positivo.

Conclusión inconclusa, decía, porque, claro, aún me faltan hacer algunos movimientos.

-Mariana Otero. Psicóloga. Buenos Aires, Argentina.


* Los Bright (“brillantes”) proponen difundir la concepción naturalista del mundo, liberarla de elementos sobrenaturales y místicos y educar a la sociedad en los principios de una participación igualitaria de todos los ciudadanos en la vida pública. Es impulsada, entre otros, por Richard Dawkins y Daniel Dennett.
Web: http://www.the-brights.net