Reseñas

Con el ateísmo en el alma

el-alma-del-ateismoEl alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin dios.Por André Comte-Sponville. Editorial Paidós, Barcelona, España, 2006. 211 páginas.


Enfocado desde la perspectiva de un ateo, El alma del ateísmo resulta un libro que alterna entre una gran claridad conceptual y el uso parcial de una terminología que provoca, por lo menos, cierta perplejidad. Sin embargo, ello parece alinearse con el objetivo que el autor se traza: dar con un punto de intersección entre creyentes y ateos.
Y lo encuentra en lo que llama “lo sagrado”, “lo religioso”, en una palabra, la experiencia de la espiritualidad.

En el capítulo 1, ¿Podemos prescindir de la religión?, y el 2, ¿Existe dios?, Comte-Sponville detalla las respuestas, que pueden resumirse en un doble no.
“No” podemos prescindir de la religión como lazo vincular por el que comulgamos con determinados valores compartibles. Creo que dios “no” existe, fenómeno indemostrable pero fuertemente argumentable.

Abre, en este punto, una reflexión que parte enunciando los tres grados posibles de aserción kantiana: opinión, fe y saber, otorgándole a la primera el rasgo de ser insuficiente, a la segunda de ser suficiente sólo en el plano subjetivo y al tercero, el de ser suficiente tanto subjetiva como objetivamente.

En el momento en que uno se pregunta dónde queda situado el ateísmo no dogmático que sobrepasa la mera opinión, prescinde de la fe y reconoce no saber (en el sentido de no poseer un conocimiento empíricamente contrastado), el autor señala la salvedad de llamar convicción a lo que en el ateo funcionaría como equivalente de la fe. Sin duda, esta es una categorización discutible.

Para diferenciar la aserción atea de la opinión y el saber, parece no ser necesario ubicarla en simetría con la fe. Si el término convicción —tal como lo usa el autor— es intercambiable con el de creencia aplicado indiscriminadamente, será entonces fundamental analizar las características distintivas de dos tipos de creencias: irracionales y racionales, para describir la fe y la convicción atea, respectivamente.

De hecho, los términos creencia y convicción, parecen denotar sólo la magnitud de la fuerza de adherencia a una idea y exigen, por lo tanto, una descripción precisa para ser útiles.

Pasa luego al capítulo 3, el final, con un complejo interrogante: -¿Qué espiritualidad se puede proponer a los ateos? Aquí el libro parece cobrar sentido notablemente, en tanto muestra que el espíritu ateo, inmanentista-materialista-naturalista, ya está instalado y lo que en verdad queda propuesto “entre líneas” es una oferta al creyente: la posibilidad de que encuentre aquello que lo iguala al ateo (en el reconocimiento de una experiencia espiritual que diste del fanatismo religioso y el nihilismo vacío) y que pueda definir un campo de valores en común.

El autor se autodefine como “ateo fiel”. Fiel a los valores vinculados con lo que hay de universalmente humano en cada cultura y a aquello que puede compartirse, y que proviene de la admiración ante la evidencia, ante el silencio de lo real, ante la inmensidad del universo inmanente, el asombro y la adquisición de conciencia de nuestro existir.

Conforma, en definitiva, una opción de lectura accesible, en un tono vivencial y conciliador que invita a ser leído por personas con distintas creencias y por incrédulos que sepan apreciar el contenido a pesar de la forma.
Queda sujeto a cada lector evaluar si —como dice Dawkins— tenemos aquí otro caso donde es necesario discriminar si se trata de “sobrenaturalismo o de naturalismo poético”.

Si es necesaria tal diferenciación, pongo mi ficha a este último.