Pastillas

Diez años sin Carl Sagan, pero con su recuerdo más vivo que nunca

Carl Sagan
Carl Sagan

Carl Sagan (1934–1996) está vivo. Diez años después de su prematura desaparición, su mensaje suena con fuerza. Miles de personas de todo el mundo dedicaron en sus bitácoras una anotación al fallecido científico y divulgador el 20 de diciembre, día de su muerte. Su viuda, Ann Druyan, publicó el año pasado The Varieties of Scientific Experience: A Personal View of the Search for God (Las variedades de la experiencia científica: una visión personal de la búsqueda de Dios), una recopilación de las charlas que Sagan dio en 1985 en Escocia con motivo del centenario de las Conferencias Gifford. Y el astrofísico ha protagonizado la portada del primer número de este año de The Skeptical Inquirer gracias a un artículo en el que su discípulo David Morrison rememora su contribución a la ciencia, a la divulgación y al escepticismo.

La mayoría de la gente recuerda a Sagan por Cosmos, la magnífica serie que le encumbró en el imaginario popular y que supuso también su condena por parte de los más puristas de entre sus colegas, que no vieron con buenos ojos que un científico se convirtiera en una estrella mediática. El tiempo y el público quitaron la razón a los detractores del astrofísico que viajaba por el Universo a bordo de una futurista nave espacial para enseñarnos sus secretos y contagiarnos su pasión. Cosmos sigue siendo, a pesar de los años, la gran producción científica de televisión. Pero Sagan fue mucho más que Cosmos, que, si algo provocó, fue que sus libros se tradujeran al español con inusitada rapidez y que se vendiesen como rosquillas. Muchos de los que seguimos atónitos los trece episodios de la serie, acabamos leyendo otras obras del autor, desde la primera hasta su testamento vital, Miles de millones, en el que asomaba el pensador más comprometido. Porque Sagan divulgaba ciencia, pero también tomaba partido en cuestiones sociales que iban desde la superpoblación hasta la lucha contra fundamentalismos de todo tipo.

Hace nueve años en Heidelberg, durante el 2o Congreso Escéptico Mundial, le pregunté a Paul Kurtz, presidente del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), si el apoyo de personajes como los fallecidos Isaac Asimov y Carl Sagan a esa organización era real o si ellos se limitaban a poner su nombre ocasionalmente. Kurtz me respondió que el compromiso de ambos autores era firme y que siempre habían respondido a sus llamadas. No se pueden imaginar la envidia que sentí. La respuesta, además, confirmó una impresión personal fundada en una experiencia propia. A mediados de los años 80, pedí a Sagan, sin mucha fe, el permiso para publicar en La Alternativa Racional, su artículo “La carga del escepticismo”. La respuesta del divulgador no se hizo esperar: nos autorizó, a cambio de recibir una copia de la revista para su archivo. Ése fue el Sagan que, además del de la televisión y los libros, conocí indirectamente, un hombre comprometido con sus principios que podía pedir el dinero que quisiera por sus trabajos, pero que, llegado el momento, no dudaba en respaldar iniciativas de las que no iba a sacar nada.

Cuando el pasado 20 de diciembre, sin saber que había una iniciativa mundial, decidí colgar en mi bitácora Magonia un pequeño homenaje a Sagan, elegí para hacerlo un fragmento de Cosmos que reivindico en estos tiempos de fanatismo religioso: “Si el cuadro general de un universo en expansión y de un Big Bang es correcto, tenemos que enfrentarnos con preguntas aún más difíciles. ¿Cómo eran las condiciones en la época del Big Bang? ¿Qué sucedió antes? Había un diminuto universo carente de toda materia y luego la materia se creó repentinamente de la nada? ¿Cómo sucede una cosa así? Es corriente en muchas culturas responder que Dios creó el universo de la nada. Pero esto no hace más que aplazar la cuestión. Si queremos continuar valientemente con el tema, la pregunta siguiente que debemos formular es evidentemente de dónde viene Dios. Y, si decidimos que esta pregunta no tiene contestación, ¿por qué no nos ahorramos un paso y decidimos que el origen del universo tampoco tiene respuesta? O, si decidimos que Dios siempre ha existido, ¿por qué no nos ahorramos un paso y concluimos diciendo que el universo siempre ha existido?”. Recuerden este simple razonamiento cuando les quieran hacer comulgar con ruedas de molino.