Controversia

El “Efecto Mozart” Sonata inconclusa en No Mayor

El denominado “efecto Mozart”, que consiste en una mejora de las habilidades relacionadas con la ubicación en el espacio y tiempo a causa de escuchar la Sonata para dos pianos K.448 del compositor clásico, fue anunciado a la comunidad científica en la revista Nature en 1993 por el equipo de la Universidad de Irvine, California, conformado por Frances Rauscher, Gordon Shaw y Katherine Ky1. Dos años después, el mismo grupo realizó un experimento más elaborado afirmando que se lograron los mismos resultados positivos2.

Este supuesto efecto es uno de los ejemplos más claros de cómo el “sesgo del experimentador” y la falta de cautela de ciertos investigadores científicos deriva rápidamente en espectaculares deformaciones según sea el gusto de políticos, comerciantes , pedagogos, oportunistas y padres ansiosos de que sus hijos mejoren sus facultades intelectuales “mágicamente”. El impacto público causado por este “hallazgo” está muy bien descrito por Robert Carrol en el Diccionario del escéptico y si el lector se interesa en ese aspecto lo remito a su lectura3. En cambio aquí, nos dedicaremos a la controversia suscitada dentro de la comunidad psicológica.

Para Rauscher, Shaw y Ky, la inteligencia es la capacidad para comprender el mundo, pensar racionalmente y emplear en forma adecuada los recursos disponibles cuando se enfrenta un desafío. Ahora bien, el razonamiento espacio-temporal es sólo una parte de la inteligencia general y consiste en la habilidad para orientarse y percibir el espacio. La utilizan habitualmente arquitectos, pintores, ingenieros, marinos, bailarines y comprende diferentes habilidades: percibir la realidad que nos rodea calculando direcciones y tamaños, reproducir mentalmente los objetos que se hayan observado, capacidad para imaginarlos y reconocerlos en distintas posiciones y circunstancias, adelantarse a las consecuencias de los cambios en el espacio, descubrir y describir coincidencias entre objetos que parezcan diferentes.

Dado que un hallazgo empírico es aceptable en ciencia si puede ser verificado por investigadores independientes, el equipo liderado por Kenneth Steele, de la Appalachian State University, intentó verificar el supuesto efecto Mozart. “Pese a seguir las instrucciones de procedimiento dadas por los autores de los experimentos originales no se halló ningún incremento en las habilidades intelectuales estudiadas” asegura Steele en un artículo publicado en la revista Psychological Science en 19994. Habían reproducido el segundo de los estudios porque era el más completo, el que tenía mas sujetos de experimentación (setenta y nueve estudiantes de psicología en vez de los treinta y seis originales) y el que poseía mejores especificaciones para su duplicación. Aumentaron la cantidad de participantes a 125 universitarios, dado que siempre es preferible tener mayor cantidad de sujetos de experimentación a fin de neutralizar lo más posible la influencia de las diferencias individuales.

La reproducción del experimento

En primer lugar, los investigadores administraron un test en el que proyectaban dieciséis diapositivas con ejercicios a resolver. Cada una representaba un problema diferente pero de resolución semejante. Los sujetos debían anticipar cuál sería la forma en que quedaría una figura luego de que se la doblara y cortara de diversas maneras. La imagen era expuesta durante un minuto antes de que los estudiantes decidieran la respuesta. De esa manera los investigadores obtenían una medida de la habilidad para resolver una tarea que implicara utilizar razonamiento espacial. A esta prueba, que se administra antes de la condición experimental, se la denomina “pre-test” porque sirve para conocer cuál es el rendimiento previo de los sujetos.

A continuación, los científicos distribuyeron a los estudiantes en tres grupos diferentes, y durante diez minutos los sometieron a distintas situaciones. El primer grupo escuchó parte de la “Sonata para dos pianos en Re Mayor” de Mozart, el segundo oyó una pieza musical repetitiva y monótona de Phillip Glass y el tercero estuvo en silencio. Por último, se les repitió la prueba del comienzo, que constituía el “verdadero” test. Mientras que el equipo de Rauscher había informado un notable aumento del rendimiento del grupo que escuchó a Mozart, el equipo de Steele no encontró diferencias entre los grupos. En otras palabras, el efecto Mozart no había tenido lugar.

Luego de estos resultados, los científicos decidieron hacer otra prueba para investigar los efectos de la música sobre el estado de ánimo. Los que habían escuchado música repetitiva presentaron mayores niveles de tensión nerviosa y fastidio que los demás, y los del grupo de Mozart fueron los que registraron los mejores estados anímicos. “Aunque no hubo efecto Mozart sobre la prueba de rendimiento cognitivo, sí hubo un efecto sobre la prueba de estado de ánimo”, dijeron los investigadores y, por eso, señalaron que “deberían diferenciarse los rendimientos provenientes del estado de ánimo respecto de los que se originan en las habilidades cognitivas”.

Pese a que el equipo de Steele afirmó que había poca evidencia para sostener programas de mejoramiento intelectual que se basaran en la existencia del efecto Mozart, los creadores de la hipótesis continúan defendiéndola. Con el objeto de proseguir sus investigaciones y difundir sus ideas han creado el Instituto M.I.N.D. (Instituto para el desarrollo neural de la inteligencia musical) que tiene su página de Internet (www.mindinst.org). Rauscher y Shaw vienen realizando experimentos con preescolares que tienen entrenamiento musical previo. Su hipótesis de base sostiene que “hacer música quizás tenga mayores beneficios para el razonamiento espacio-temporal que sólo escucharla”. Ya en 1997 —antes de la réplica de Steele— habían estudiado y “comprobado” la existencia del efecto Mozart en niños de entre tres y cuatro años de edad que habían tomado clases de piano durante ocho meses, respecto de otros niños que habían tomado clases de computación durante el mismo período, y de otros que habían recibido lecciones de canto5. Luego siguieron avanzando con otro tipo de habilidades superiores ya que —según Shaw— “al incrementarse la habilidad espacial, aumenta, a su vez, la destreza en matemáticas”. Además, éste neurocientífico ha escrito un libro titulado Keeping Mozart in Mind (Manteniendo a Mozart en la mente) y afirma en un lugar destacado de la página web del instituto que “la música no sólo nos ayudará a entender cómo pensamos, razonamos y creamos sino que nos permitirá aprender cómo llevar el potencial de cada niño a su más alto nivel”.

Luego de la publicación de la reproducción fallida citada al principio se produjo una polémica en la revista Nature bajo el título “Réquiem para Mozart” entre Christopher Chabris —que realizó un metaanálisis de 16 experimentos que analizaban la posibilidad de un “efecto Mozart”, todos con resultados negativos—, Kenneth Steele y Frances Rauscher. La pobreza de los argumentos de la psicóloga y concertista de violonchelo fue notable6. Sin embargo, actualmente, persisten con sus investigaciones.


Referencias

  1. Rauscher, F.H, Shaw, G.L. & Ky, K.N. (1993). Music and spatial task perfomance. Nature, 365,611.
  2. Rauscher, F.H, Shaw, G.L. & Ky, K.N. (1995). Listening to Mozart enhances spatialtemporal reasoning: Towards a neurophysiological basis. Neuroscience Letters, 185, 44-47.
  3. Carrol, R. The Mozart Effect. The Skeptic’s Dictionary.
  4. Steele, K., Bass, K. & Crook, M. (1995). The mystery of the Mozart Effect: Failure to replicate. Psychological Science Vol.10, N°4.
  5. Rauscher, F.H., Shaw, G.L., Levine, L.J. , Wright, E.L., Dennis, W.R. & Newcomb, R.L. (1997). Music training causes long-term enhancement of preschool children’s spatial-temporal reasoning. Neurological Research., 19:2-8,1997.
  6. Chabris, Ch., Steele, K., Rauscher, F. (1999). Prelude or requiem for the ‘Mozart effect’? Nature, 400, 26 August, 826-828.