Controversia

El planeta X y el asunto de las definiciones en ciencia

El planeta X, por mucho tiempo hipotético décimo miembro del sistema solar, ha sido finalmente descubierto por un grupo de astrónomos del Observatorio de Hawaii y de la Universidad de Yale. ¿O no? Hay una feroz controversia acerca de si X (al cierre de esta edición llamado extraoficialmente “Xena”, por la princesa guerrera de reciente aparición televisiva) es de hecho un planeta, un “planetoide”, o sólo un gran asteroide. Con aproximadamente 3.000 kilómetros de diámetro, Xena es más pequeño que Mercurio (4.900 km), pero más grande que Plutón (2.300 km). Bien, con ello bastaría para zanjar la cuestión, ¿no? Después de todo, ¿Plutón no es un planeta?

El concepto del artista muestra al planeta catalogado como 2003UB313 en los solitarios confines exteriores de nuestro sistema solar. El planeta fue descubierto por el Telescopio Samuel Oschin en el Observatorio Palomar, cerca de San Diego, California, el 8 de enero de 2005. Imagen: NASA/JPL-Caltech.
El concepto del artista muestra al planeta catalogado como 2003UB313 en los solitarios confines exteriores de nuestro sistema solar. El planeta fue descubierto por el Telescopio Samuel Oschin en el Observatorio Palomar, cerca de San Diego, California, el 8 de enero de 2005. Imagen: NASA/JPL-Caltech.

Tal vez. Antes que todo, el tamaño no es lo único que importa: la Luna mide 3.500 kilómetros, Europa —uno de los satélites de Júpiter— 3.100, y Tritón (la luna de Neptuno) 2.700. Así que Xena se ubica perfectamente entre planetas y satélites (como Plutón).

Aparece entonces el asunto de la pronunciada inclinación de la órbita de Xena: la mayoría de los planetas tiene una órbita que está más o menos en el mismo plano que la de la Tierra (tomo a nuestro planeta como comparación por puro antropocentrismo, no porque tenga algún significado cósmico) mientras que el nuevo planeta es por lejos el más inclinado, ¡con una desviación de 44 grados de la media! Pero Mercurio también está bastante inclinado, y Plutón aún más (aunque ni se acercan a la inclinación de Xena).

En 1999 el Centro de Planetas Menores (MPC) propuso considerar a Plutón, aún manteniéndolo en la categoría de planeta, como miembro del llamado cinturón de Kuiper, un área de planetoides (¡sean éstos lo que sean!) más allá de la órbita de Neptuno. La propuesta fue rápidamente descartada debido a las airadas protestas de la comunidad astronómica, preocupada por la perspectiva de degradar a Plutón. Sin embargo, Gareth V. Williams, que dirige el MPC, todavía apoya el “estatus dual” de Plutón, de acuerdo a un reciente artículo del New York Times.

¿Por qué nos preocupa todo esto, y qué nos dice acerca de la ciencia? Según la opinión de algunas personas, como por ejemplo Mark V. Sykes (citado en el Times) “el tipo de preguntas que haríamos sobre el objeto serían preguntas referidas a planetas [como si pensáramos que éste es un planeta].” ¿Es así realmente? Está claro que se trata de uno de esos casos en los que nos quedamos estancados en la cuestión de la presunta importancia de las definiciones precisas, algo de lo cual filósofos como Ludwig Wittgenstein —hace mucho tiempo— nos habían aconsejado alejarnos.

De acuerdo con Wittgenstein, muchos conceptos interesantes (como el aparentemente simple concepto de “juego”) no admiten definiciones tajantes basadas en un pequeño conjunto de condiciones necesarias y suficientes. Para un cuerpo no estelar: ¿existe un tamaño por debajo del cual éste tenga que ser considerado como planetoide, y por encima del cual debería considerárselo como planeta? En este caso, ni siquiera la diferencia entre estrellas y planetas es tan clara como la gente cree: a menudo una prueba es si el cuerpo produce más energía de la que recibe de afuera. Pero siguiendo ese criterio, Júpiter califica como una cuasiestrella (aunque no tiene reacciones nucleares de fusión en su interior —tampoco existen éstas en las enanas negras o en las estrellas de neutrones).

El punto central de Wittgenstein es que muchas veces no es útil estancarse buscando definiciones precisas, tendencia firmemente arraigada en mucha gente con mentalidad científica. ¿Cuántas veces escuchó usted a un científico afirmar que “si no nos ponemos de acuerdo en una definición, entonces no podemos saber de qué estamos hablando”? Parece que sí sabemos de qué estamos hablando, y que las definiciones frecuentemente (aunque no siempre, por supuesto) suelen obstaculizar el progreso en lugar de promoverlo.

Por ejemplo, es difícil saber en qué tenía en mente Sykes cuando le dijo al periodista del Times que uno debería hacer preguntas “referidas a planetas” en algunas instancias pero no en otras. Por otro lado, el propio Sykes —en la misma entrevista— continúa sugiriendo una pregunta muy interesante: ¿por qué Plutón, y en mayor medida Xena, tienen una órbita tan inclinada? Al fin y al cabo, ¡uno puede plantear la pregunta más allá de que uno piense que Plutón y Xena sean planetas o planetoides!

La ciencia está llena de debates inútiles e incluso dañinos. En mi propio campo, la biología evolutiva, ha habido mucha convulsión emocional durante décadas por la cuestión “crucial” de qué es una especie, mientras que al mismo tiempo muchos investigadores realizaban brillantes estudios sobre especies individuales y sobre el proceso de especiación, aparentemente no afectadas por la falta de un acuerdo universal sobre la definición de lo que son las especies (más sobre este tema en mi reciente artículo en Philosophy Now, Nro. 50, 2005).

Tomemos el consejo de un filósofo, de vez en cuando, y estemos atentos a la advertencia de Wittgenstein: “La filosofía es una batalla contra el hechizo de nuestra inteligencia por parte del lenguaje.” A veces, la ciencia también puede ser hechizada.


Este artículo ha sido publicado originalmente en Skeptical Inquirer, Vol. 30, No. 1, Enero/ Febrero 2006. Traducido por A. Borgo.