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Histeria colectiva

En el siglo veintiuno, hay un nuevo hombre de la bolsa merodeando en el mismo submundo sombrío que alguna vez fuera dominio de espectros y duendes: la histeria colectiva. Olores fantasmales, enfermedades misteriosas y el pánico al terrorismo están minando la ciencia y costándole — en pérdidas de productividad y salarios— millones de dólares a las empresas y a los trabajadores. Conocida por el término enfermedad psicogénica de masas —más formal (y políticamente correcto)— la histeria colectiva se refiere a la rápida expansión de síntomas y signos de enfermedades sin base biológica alguna.

Constituye un problema serio no reconocido que crea una carga financiera en los servicios de emergencias, agencias gubernamentales y las escuelas o lugares de trabajo afectados (que muchas veces deben permanecer cerrados durante días o semanas). Mientras tanto, los contribuyentes deben sobrellevar el peso mientras los funcionarios de Salud Pública y Medioambiente hacen sus investigaciones. El miedo y la incertidumbre a menudo llevan a otros trastornos de ansiedad y problemas de salud relativos al estrés. Existen muchos ejemplos recientes.

A mediados de diciembre de 2005, en la República de Chechenia, devastada por la guerra, docenas de alumnos primarios sufrieron dificultades respiratorias, dolores de cabeza y entumecimiento en algunas partes del cuerpo, entre rumores de que habían sido deliberadamente expuestos a gas nervioso como represalia por la masacre escolar en Beslan, en la que murieron más de 300 personas en 2004. Así, se cerraron escuelas, se incrementaron las tensiones políticas y fueron movilizados especialistas médicos desde Rusia. Una comisión del gobierno chechenio concluyó que los síntomas eran psicosomáticos y provenían de la “intensa presión psicológica causada por las prolongadas hostilidades en la República” (Mosnews.com, 2005).

Durante 2005, en la Escuela de West Cedar en Waverly, Iowa, se indicó a un misterioso olor como la causa de fatiga, dolores de cabeza, picazón en los ojos y sequedad de garganta en aproximadamente el 10 por ciento del cuerpo estudiantil. Después de que el distrito gastara 170 mil dólares tratando de hallar la causa, los expertos de la Agencia de Protección Ambiental (en inglés, EPA) y del Departamento de Salud Pública de Iowa informaron que no habían encontrado nada fuera de lo común. El vocero de la EPA, Craig Crable, dijo que todos los tests “que la ciencia tenía a su alcance” fueron negativos. A pesar de ello, una encuesta en la que participaron 131 padres reveló que el 41 por ciento quería que sus hijos fueran reubicados (Spannagel, 2005).

El 5 de diciembre de 2005, veintinueve alumnos de la Ridge Meadows Elementary School, en Winwood, Missouri, fueron enviados a sus casas después de que unas misteriosas manchas rojas aparecieran en el torso de los estudiantes y de varios miembros del plantel docente. La escuela cerró al día siguiente y un equipo especializado desinfectó el edificio. Pero cuando se retomaron las clases dos días después, aparecieron dos nuevos casos. Nunca se encontró la causa (Shapiro, 2005).

Frecuentemente, incidentes similares a los de Ridge Meadows terminan siendo enfermedad psicogénica de masas. Uno de los incidentes investigados por los científicos tuvo lugar el 22 de febrero de 1982, cuando dos alumnos de cuarto grado de una escuela de West Virginia se quejaron de picazones y sarpullidos. Hacia el mediodía, ya se encontraban afectados treinta y dos estudiantes, y luego el número se elevó a cincuenta y siete. Los exámenes médicos y los tests del aire, el agua y la comida dieron resultados negativos, igual que los estudios de los jardines del colegio. De acuerdo a las entrevistas que tuvieron con las víctimas, los médicos hallaron que después de los dos casos más relevantes, los síntomas se expandieron por sugestión. Un estudiante habría escuchado algo sobre un caso, y experimentó entonces una picazón —recién ahí le apareció el sarpullido, y solamente en aquellas partes del cuerpo que eran fácilmente accesibles con las manos (antebrazos, abdomen, cuello, hombros, y las partes media y baja de la espalda). Los médicos que investigaron el caso notaron que durante los exámenes “los niños se rascaban activamente… Muchos chicos que fueron observados disimuladamente media hora después de la entrevista no mostraban marcas, y su sarpullido había desaparecido”. El sarpullido también desaparecía cuando los alumnos se iban de la escuela o durante los recesos, y regresaba una vez que volvían a entrar al edificio. Aparentemente, el hecho de que fuera una escuela pequeña y con una alta tasa de interacción entre los alumnos contribuyó al brote (Robinson et al., 1984).

Un episodio similar de picazón y sarpullidos ocurrió en Sudáfrica, en febrero de 2000, y afectó a más de 1.400 estudiantes en trece escuelas. Los estudiantes manifestaron picazón al entrar a los jardines de la escuela; solamente un pequeño grupo dijo que aquélla continuaba una vez que habían regresado a sus casas. El incidente ocurrió mientras se relataban historias acerca de que la picazón había sido causada por adoradores de Satán o por un polvo que había sido colocado en los baños. Las entrevistas y cuestionarios determinaron que la expansión de los síntomas ocurrió cuando los alumnos veían a otros rascándose (Rataemane et al., 2002).

Las escuelas no son los únicos sitios donde hubo histeria colectiva. En febrero de 2005, se indicó que la pérdida de una sustancia química fue la responsable de náuseas, palpitaciones y mareos que afectaron a cincuenta y siete trabajadores cerca de la terminal Virgin Blue, en el Aeropuerto de Melbourne, Australia. Las víctimas se recuperaron pronto, y nunca se encontró una pérdida o agente tóxico, pero el cierre costó unos 3 millones de dólares y la interrupción del tráfico aéreo en todo el continente. Una investigación concluyó que la causa fue debida a la histeria colectiva.

En The New England Journal of Medicine, Timothy Jones dice que sus colegas le han contado “historias de guerra” similares, sugiriendo que la histeria no siempre se informa (Jones et al., 2000). De hecho, el caso que investigaron Jones y sus colegas —la súbita enfermedad en la Warren County High School en Tennessee, en 1998— es típico. Ochenta estudiantes y diecinueve miembros del personal fueron enviados a tratamiento médico luego de que una docente detectara en su aula un olor parecido al de la gasolina. Al principio, solamente unos pocos estudiantes dijeron que habían olido la “sustancia” y que se sintieron enfermos, pero luego sonó la alarma para incendios a la vez que llegaban a la escuela escuadrones de policías y personal de rescate desde tres condados. La primera maestra afectada y varios alumnos eran cargados en ambulancia y llevados al hospital mientras los evacuados observaban la escena. Enseguida, muchos estudiantes dijeron experimentar dolores de cabeza, mareos, náuseas, adormecimiento, opresión en el pecho y dificultad para respirar.

Varios días después, tuvo lugar un segundo brote similar. En total, afectó a 170 estudiantes y docentes. Un cuestionario reveló que los síntomas estaban asociados principalmente a las mujeres, y también al hecho de “ver a otra persona enferma, saber que toda una clase había experimentado la enfermedad, e informar sobre olores inusuales en la escuela” (p. 96). Parece que el olor de la escuela —y la rápida y masiva respuesta del personal de emergencias— realzaron aún más la inquietud.

Un verdadero ejército de miembros perteneciente a las agencias de salud gubernamentales llevó a cabo una selección de tests que se habían hecho en el edificio y otras pruebas que se habían aplicado a los estudiantes. Se tomaron muestras de sangre y orina, 220 muestras de aire, cinco muestras de agua, ocho hisopados, y estudios del suelo. Todos arrojaron resultados negativos. Solamente en cuidados de emergencia el costo estimado fue de 100.000 dólares, y la escuela estuvo cerrada por dos semanas (Alligood, 2000). Después de que fuera publicado el diagnóstico de “histeria colectiva”, muchos habitantes del lugar se preocuparon y se elaboraron varias teorías alternativas (Paine, 2000). Parte del problema es que nadie quiere que lo llamen “histérico”. Cuando el Dr. Joel Nitzkin diagnosticó acertadamente una histeria colectiva en una escuela de Florida en 1974, fue blanco de la ira de la comunidad e incluso recibió amenazas de muerte (Nitzkin, 1976). Más recientemente, con la publicación del libro de Elaine Showalter, Hystories (que trata de la histeria contemporánea, desde el Síndrome de la Guerra del Golfo hasta el pánico de niños abusados sexualmente alentado por falsas memorias) la autora recibió amenazas. Incluso la destacada psicóloga (y miembro del CSI) Elizabeth Loftus recibió correos agresivos después de afirmar que había una epidemia de falsos informes sobre abuso sexual de niños en EE UU. Loftus no contrató a un guardaespaldas, aunque compró un arma y tomó prácticas de tiro (Abramsky, 2004).

Pero ¿qué es la histeria? Dicho simplemente, es la conversión del estrés psicológico en síntomas que simulan una enfermedad. En 1994, la Asociación Psiquiátrica Americana renombró el fenómeno, optando por el más políticamente correcto trastorno de conversión —término concebido por Sigmund Freud para describir la transformación de conflictos emocionales en síntomas físicos. Debido al mal uso del término durante los dos siglos pasados (especialmente para estigmatizar a las mujeres) se consideró que era apropiado cambiarlo. Sin embargo, histeria sigue siendo tan popular como siempre, como lo demuestra el continuo y amplio uso que tiene en revistas médicas y psiquiátricas. La gente generalmente malinterpreta el término y lo usa para describir reacciones exageradas a cualquier cosa, desde los pronósticos ambientalistas nefastos (“histeria verde”), hasta el uso de drogas en el béisbol (“histeria esteroide”) y las caídas del mercado (“histeria de Wall Street”). Además, cuando una persona, especialmente una mujer, está emocionalmente angustiada, a menudo se la describe como histérica. Por supuesto, esta gente raramente sufre de histeria verdadera, clínica —de allí la confusión generalizada y el enojo con la palabra.

Tensión en la escuela secundaria Starpoint

En 2004, la escuela secundaria Starpoint, del condado de Niagara, cerca de Buffalo, Nueva York, se ganó la reputación de “contaminada”, luego de una serie de sucesos relativos a la salud que causaron pánico. En febrero, una clase de español cerró por más de una semana luego de que los padres de los alumnos se quejaron de que uno de los estudiantes se enfermó debido a una sustancia que olía a huevos podridos. Algunos apostaron a que se trataba de una contaminación debida al moho, aunque no se encontró ninguna evidencia de ello. En septiembre, cerraron una clase de matemáticas luego de que los estudiantes y docentes dijeron haber olido una sustancia similar al amoníaco. Nuevamente, no se encontró nada peligroso (Nemeth, 2004d), aunque empezó a correr el rumor de que “algo había en la escuela”.

En medio de este clima de temor e incertidumbre, a mediados de diciembre, los hechos comenzaron a intensificarse. El martes 14 de diciembre a la mañana, cincuenta y dos miembros del coro estaban ensayando villancicos de Navidad en el auditorio, preparándose para un gran concierto que se llevaría a cabo esa misma noche. A las 9:20 A.M., un estudiante se descompuso. Poco después, más y más integrantes del coro empezaron a sentirse mal. En una hora, 31 miembros se quejaban de mareos, dolores de cabeza, náuseas y sentimientos congestión y letargo; al menos un estudiante vomitó. Otros notaron un olor extraño. Debido a ciertas inquietudes sobre algún ataque bioterrorista, concurrieron al lugar varios equipos especializados: la policía estadual, agentes del FBI, funcionarios del Departamento Estatal para la Conservación del Medioambiente, bomberos, ambulancias y otros. También se enviaron al lugar especialistas en materiales peligrosos que vestían “trajes espaciales” y llevaban equipos de asistencia respiratoria. Los estudiantes fueron llevados raudamente a los hospitales locales y la escuela cerró y fue evacuada. Los afectados se recuperaron rápidamente y fueron dados de alta en pocas horas. Una firma privada condujo tests ambientales en Starpoint, y separadamente, hizo lo propio un grupo de expertos en materiales peligrosos del condado de Niagara. Todas las pruebas arrojaron resultados negativos. Cuando la escuela reabrió, el viernes 17 de diciembre, no había explicación para los hechos y no se halló la causa de las enfermedades. Como resultado de todo este proceso, faltaron 308 estudiantes a clase (Nemeth, 2004a).

El 10 de enero, la prensa informaba sobre ciertos temores locales acerca de que la escuela Starpoint estuviera situada entre dos antiguos vertederos de basura que podrían ser la causa de las “misteriosas enfermedades” (Nemeth, 2005b, 2005c). (Es notable que el tristemente célebre canal Love esté ubicado en la región, probablemente contribuyendo a la percepción de que aquellas enfermedades inexplicadas pudieran ser el resultado de desechos tóxicos.) Tres días después, hubo otro episodio de pánico, cuando se detectó un olor similar al amoníaco en tres aulas. Se encargaron más tests. Entonces, el viernes 28 de enero se dijo que las emanaciones diesel de los autobuses escolares eran la causa de las náuseas y los dolores de cabeza de los estudiantes. El superintendente C. Douglas Whelan especuló que las emisiones no se disipaban debido a la baja temperatura, y entonces eran transportadas dentro del edificio a través del sistema de ventilación (Lindsay, 2005). Pero seguramente, en las mañanas frías, había cientos de escuelas en los estados del norte y en todo Canadá en las que ocurría lo mismo con los autobuses y, sin embargo, no había informes de ninguna enfermedad masiva. ¿Por qué Starpoint?

Cuando se les exigió una explicación, los funcionarios de la escuela Starpoint inicialmente especularon que los miembros del coro “se sintieron abrumados por el calor de las luces del auditorio”. Es posible, pero ello no contesta la pregunta: ¿por qué Starpoint? ¿Por qué el coro? Cada año, se llevan a cabo miles de ensayos corales en Norteamérica, durante los cuales los estudiantes practican para los conciertos bajo luces calientes y no se descomponen. Cuando se vio que la teoría de las “luces calientes” era insostenible teniendo en cuenta otros incidentes que habían ocurrido, se recurrió a la hipótesis del “aire viciado”. El 7 de enero se realizaron tests en el auditórium de la escuela y se quitó el filtro de aire. El informe decía: “No se identificaron partículas imprevistas en cantidades significativas (Chopra, 2005, 7). Tampoco reveló nada especial una prueba realizada con la ropa que usaron los estudiantes durante el episodio. El informe concluyó que “no hay ningún factor en la calidad del aire que haya sido identificado durante los tests… que pueda explicar o indicar alguna causa que haya provocado los incidentes que ocurrieron en el auditórium de la escuela Starpoint” (Chopra, 2005, 8).

In crescendo

Una semana después del incidente del coro de Starpoint, veintiséis alumnos y cuatro docentes de la cercana North Park Middle School, en Lockport, experimentaron súbitamente síntomas similares, pero se recuperaron rápidamente. Al tratar de explicar lo sucedido, los funcionarios escolares sugirieron que la caldera despedía bajos niveles de monóxido de carbono y que las condiciones climáticas eran adecuadas como para permitir que el gas entrara en el sistema de ventilación. Frente a una explicación tan inverosímil, se hubiera considerado más probable la hipótesis de un platillo volante despidiendo gases. En Norteamérica, durante el invierno, miles de escuelas funcionan en condiciones similares todos los días, sin ocasionar ningún brote con este tipo de síntomas. Ninguna de las treinta personas examinadas en los hospitales de la zona tenía niveles de monóxido de carbono fuera de lo normal. El superintendente Bruce Fraser adhirió a la hipótesis de que ciertos niveles de monóxido de carbono eran levemente elevados pero que estaban “bien debajo de los niveles de un fumador” (Westmoore, 2005). Sin embargo, la gente está expuesta a niveles de monóxido de carbono levemente altos todo el tiempo y no pasa nada —por ejemplo, cuando cruzan una calle transitada, cuando caminan en un estacionamiento subterráneo o incluso cuando están parados cerca de autobuses escolares detenidos, con el motor encendido. La teoría del monóxido de carbono es ilusoria. Se dijo que Fraser declaró que la gripe podría haber empeorado la reacción de los estudiantes al monóxido de carbono. Pero… ¿en qué escuela no hay alguna enfermedad, especialmente en época invernal?

Fraser concedió que algunos de los estudiantes afectados “podrían haber empeorado su situación cuando vieron que otros chicos se enfermaban” (Westmoore, 2005). Dados los resultados negativos, puede haberse tratado únicamente de ansiedad, alimentada por los rumores.

El poder de la mente

El hecho de recurrir a la histeria para explicar los episodios ocurridos en Starpoint y en Lockport no significa que los estudiantes estuvieran locos o fueran propensos a una imaginación hiperactiva. Tampoco significa que todo “estaba en sus mentes” —las reacciones fueron reales, pero también fueron generadas por la ansiedad.

Los incidentes ocurridos en estas escuelas son comparables con un ataque de pánico colectivo. Ciertamente, muchos de los que sufren dichos ataques dudan de su diagnóstico y creen que tuvieron problemas cardíacos u otras enfermedades que por una razón u otra los médicos pasaron por alto. A menudo buscan segundas opiniones —incluso terceras y cuartas. Pueden rehusarse a tener entrevistas con psicólogos o psiquiatras. Al mismo tiempo, cuando los tests ambientales dan resultados negativos, no es inusual que se pidan nuevas pruebas o que se contrate a diferentes consultores. Los resultados negativos no se toman como evidencia de que no hubo amenaza alguna; se piensa en cambio que los tests son defectuosos o que la muestra no es lo suficientemente grande. La posibilidad de que haya ocurrido una histeria colectiva debería ser considerada a pesar de que los investigadores prosiguieran con su trabajo aun cuando los tests no revelaran causa alguna (los falsos negativos de hecho ocurren).

En circunstancias propicias, cualquier escuela puede ser epicentro de un brote. Starpoint se ha ganado la reputación de escuela “enferma”. Los brotes anteriores de misteriosas enfermedades en Starpoint sirvieron como prueba de que había algo en el edificio que hacía que los chicos se enfermaran y ello mantuvo el asunto candente. El incidente de Lockport ocurrió sólo una semana después de la “misteriosa enfermedad” de Starpoint, y tuvo una prominente cobertura por parte de los diarios y la televisión.

Es importante confiar en la evidencia científica y no complicar el problema con teorías exóticas e inverosímiles que no son avaladas por las investigaciones científicas. Quizá el hecho de etiquetar a estos brotes como ansiedad grupal o ataques de pánico colectivos podría reducir el estigma y la controversia que suelen acompañar a estos episodios. Frecuentemente, la enfermedad y los síntomas son reales, pero el diagnóstico es muy desacertado.


Referencias

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  • Alligood, Leon. 2000. Anxiety caused illness at school, study finds. The Tennessean (January 13).
  • Bartholomew, Robert E. 2005. “Mystery illness” at Melbourne Airport: Toxic poisoning or mass hysteria? Medical Journal of Australia 183(11/12): 564-566.
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  • Lindsay, Mark. 2005. A familiar situation at Starpoint. Lockport Journal (January 29).
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  • Nemeth, Sarah. 2004a. Starpoint reopens, but with 308 absentees. Lockport Journal (December 18).
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Este artículo apareció originalmente en the Skeptical Inquirer, Vol. 31, No 1, January/February 2007. Traducido por Alejandro J. Borgo. Agradecemos la colaboración de Mariano Moldes.