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Invasión índigo

La generación de la nueva era anuncia una mutación genética que afecta a los más pequeños. ingredientes paranormales, ufológicos y místicos de la nueva creencia y el papel que juega el diagnóstico de Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad. Raíces culturales de una idea menos moderna de lo que parece.

¿Se ha fijado cómo vienen los chicos ahora? Si usted responde: “Bueno, depende de qué niños estemos hablando” este artículo acabaría donde debería empezar. Porque no estamos ante una categoría con fronteras delimitadas: si así fuera, bastaría comparar poblaciones de niños con edades acotadas (que hubiesen nacido en diversas épocas, en distintas sociedades y procedieran de diferentes estratos socio-económicos) para luego tratar de responder a la observación inicial. También se podría contestar: “Sí, los niños de hoy vienen cada vez más despiertos, sensibles, rebeldes…” Pero la idea no es corroborar o descartar esa afirmación, sin duda más cierta entre niños expuestos a estímulos audiovisuales, con mayor acceso a canales de información e integrados en el sistema educativo. Tampoco rechazar el concepto según el cual algunos niños ofrecen abundante “material filosófico”, por llamar así a ciertos destellos de sabiduría infantil, esa mezcla de franqueza, inocencia e inteligencia con que a menudo nos sorprenden.

Estas líneas abordarán, en cambio, la leyenda alrededor de una supuesta sensibilidad paranormal en ciertos preadolescentes, potenciada por escuelas esotéricas como la Teosofía y la Antroposofía, por escritores de enigmas que tienden a exagerar la presunta fiabilidad de relatos infantiles extraordinarios (que casi siempre sobreestiman su inocencia), y por cineastas que narran historias igualmente increíbles. En paralelo a la mitología corren los padres, a menudo avalando las presuntas experiencias de sus hijos. Cuando son aquéllos quienes revelan sus proezas ya existe al menos una razón, la del lazo sanguíneo, para ser cautos al evaluar los relatos infantiles. Su papel (sea negando, minimizando o retrasando la aceptación de eventuales trastornos psicológicos o como promotores de los presuntos dones de sus hijos) es central en el curso del boom índigo. Especialmente porque a los encargados de la crianza se les dirige la propaganda sobre lo que se debe hacer, o no hacer, para tratar a un “niño especial”.

1-4-InvasionAntes de estornudar, quítate la escafandra

En los últimos años se ha presentado una novedad: ya no hay niños brujos, prodigio, psíquicos ni genios. Ya no son seres aislados cuyos poderes están al servicio de su entorno cercano: ahora son parte de una comunidad. De un gran movimiento. Según Carroll y Tober, el fenómeno índigo abarca ya al 90% de los niños de diez años1, lo cual —de ser cierto— permitiría afirmar que la Tierra ya ha sido invadida. Para saber cuáles entre ellos cumplirán la misión (el fuerte sentido de promesa de redención social atraviesa el discurso de sus promotores), no hace falta ponerlos a incubar milagros, sino… esperar a que se manifiesten. Poseen presuntas capacidades inusuales (“escuchar su propio fluido sanguíneo”, “poseer sensibilidad táctil”) y llegan a tener un peculiar aspecto físico (“tienen ojos grandes, son delgados y pueden presentar ligeramente abultado el lóbulo frontal”… cualquier parecido con el ET de Steven Spielberg no es pura coincidencia)2.

Todo lo cual desata un debate menos simple de lo que parece: esta creencia se difunde en un contexto social apto para su crecimiento, sus postulados tienen resonancia en familias donde las ideas de la Nueva Era son respetadas o aceptadas y el sentido de misión se refuerza porque sus promotores se enfrentan a tratamientos médicos que, si bien proveen de terapéuticas eficaces, aún suscitan resquemor o polémica. La expansión de estas ideas comienza a permear espacios institucionales. Hace poco, en Puerto Rico, una comisión parlamentaria de Educación y Cultura, so pretexto de investigar “el cambio específico de ADN que se está llevando a cabo en esta nueva raza” (¡!), aseguraba que “estos niños tienen un hígado diferente, lo que significa que tiene que haber un cambio de ADN”. El informe atribuía estos cambios a “los nuevos alimentos que estamos ingiriendo”3.

A la voz del aura

Lee Carroll y Jan Tober, en Los Niños Índigo: Los Nuevos Chicos han Llegado (1999), primer libro completamente dedicado al tema, resumen el perfil de esta pretendida generación de niños sobrenaturales, encarnados o descendidos de otro plano, planeta o dimensión espiritual. Allí se señala que “vienen al mundo con un sentimiento de realeza”. Y que ellos saben “quiénes son”. Tienen dificultades para obedecer y aceptar a la autoridad. No se quedan quietos. Se frustran con las actividades rituales, sin creatividad. Son rebeldes, inconformes con cualquier sistema. Parecen antisociales, y dejan de serlo entre niños de su clase. Si nadie los escucha, se vuelven retraídos y se sienten incomprendidos. La escuela les incomoda. Indisciplinados, tampoco sienten “culpa” y son tímidos4.

  • Primera salvedad: quienes concibieron este identikit sobre los “infantes anómalos” no hacen ciencia, aunque luego hayan reclutado universitarios que apoyaran sus teorías. Sus descripciones son asistemáticas y contradictorias. Para Carroll, quien asegura canalizar a un ángel llamado Kyron desde 1989, los niños índigo representan “una forma evolucionada de humanidad” y serían “monitoreados telepáticamente por extraterrestres”5.
  • Segunda salvedad: los escépticos no fueron los primeros en invocar al Trastorno Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en este contexto. Una psicóloga que colaboró en un libro de Carroll, Kathy McCloskey, enfatizaba que si un niño recibe este diagnóstico “existe una alta probabilidad de que se trate de un niño índigo”6. Esta identificación entre un trastorno definido en el DSM-IV (con tratamientos probados)7 y un concepto esotérico (que podría inducir abandonarlos) conduce a graves confusiones.
  • Tercera salvedad: tanto la denominación como la primera descripción de la etiqueta “índigo” no surgió de la aplicación de una pseudotecnología (vgr. cámara Kirlian, magnetoterapia, etc.) sino a partir de “revelaciones visionarias”. También hay trampa: la venezolana María Dolores Paoli, una “experta” que divulgó que “investigaciones de la UCLA habrían demostrado que los índigo son inmunes al cáncer y al sida”, nunca probó esa afirmación. Paoli sigue siendo considerada una “autoridad” en la materia.

Nancy Ann Tappe, autora de Understanding Your Life Through Color (Entender Su Vida a Través Del Color, 1982), fue la descubridora de lo índigo. Tappe “identificó el color” —cuenta— a comienzos de los años 70. ¿Por qué índigo? “Porque es el color que ‘veo’”, respondió. “Yo miro el color de vida de las per sonas para conocer cuál es su misión aquí, en el plano de la Tierra…” Tappe se presenta como “parapsicóloga”. Y dice que por esos años “investigaba en la Universidad Estatal de San Diego, tratando de construir un perfil psicológico coherente que pudiera resistir la crítica académica”. Pero al desarrollar el tema, no cita estudio científico alguno: sólo se refiere a sus intuiciones sobre… ¡el aura! En breve, los pilares de la “oleada índigo” descansan en el testimonio de buena fe de una vidente. Las consecuencias de la visión de Tappe son demoledoras: el nivel de discusión no es científico sino de creencias. El intento menos disimulado por despegarse de bases tan dudosas le cabe a Graciela Croatto, autora del primer libro sobre los niños índigo que ¡no menciona ni una sola vez la palabra índigo!8

La movida índigo aterrizó en 2003: se publicaron libros descriptivos, testimoniales, canalizados, guías prácticas…Al tiempo, la literatura que celebra el fenómeno (que se refrita a sí misma ad náusea y redefine continuamente las características de su objeto) compite, en obvio plano de desigualdad, con los libros de divulgación médica sobre TDAH en una relación, tras visitar tres grandes librerías de Buenos Aires, de 2 a 19. Y si tipiamos en el buscador Google la sigla completa del trastorno, arroja 3.190 entradas en español. “Niños índigo”, en cambio, tiene 6.720 entradas. Números que, a falta de encuestas, dan una idea de la oferta informativa y la popularidad de las dos caras clave del asunto.

Kier, la librería-editorial esotérica más grande de esta capital, ofrece todo sobre lo índigo. “Los títulos de los libros van de boca en boca y aparecen madres preocupadas por la conducta de sus hijos”, explica el vendedor Pablo Nuñez. “Si vienen con el chico, en otro local hacemos el estudio del aura, y ahí detectan si es o no es….” En Ki, la autotitulada terapeuta Azucena Díaz “lee el aura” con un programa informático y hace su diagnóstico. “Se les ve enseguida, ellos son color azul cobalto. Pero yo me doy cuenta si es o no índigo apenas lo veo”, afirma Díaz.

Energías sí, ¿pastillas no?

“¿Niños índigo? ¿Desde cuándo un trastorno los hace ‘niños del futuro’? ¡Por favor!” La reacción de Norma Taddei —psicóloga conductual— no auguraba una conversación sencilla. Pero enseguida confió que había comprado un libro sobre el tema para orientar a sus pacientes. “¿Cómo refutar la magia?”, se pregunta Taddei. “Cristobal Colón no evaluaba las consecuencias de sus actos y esa impulsividad lo llevó a descubrir América. Pero… ¿de ahí a generalizar? Es un tema de fe, no de ciencia”.

El TDAH no pasa inadvertido. A veces, los padres se niegan a aceptarlo, pero tarde o temprano la alarma suena. El TDAH es un patrón persistente de desatención y/o hiperactividad. Más frecuente en niños que en niñas, se caracteriza por períodos de atención cortos y evolutivamente inapropiados, por manifestaciones de hiperactividad e impulsividad que no son adecuadas para la edad, o por ambos fenómenos. Para cumplir los criterios diagnósticos, los síntomas deben persistir no menos de seis meses, deteriorar el funcionamiento académico y social, darse en dos o más ámbitos (el colegio y la casa, por ejemplo) y manifestarse antes de los siete años. Los subtipos de TDAH reconocidos por el DSM-IV son: con predominio de déficit de atención; con predominio impulsivo, y combinado. Así, un paciente sólo puede sufrir síntomas de este trastorno mientras trata de controlar la desatención, presentar sólo síntomas de hiperactividad e impulsividad sin desatención o bien sufrir síntomas múltiples a lo largo de las dos dimensiones citadas10.

“Nunca falta alguien a quien la explicación mágica le viene bien”, desliza el licenciado Rubén Scandar, coordinador del área de Docencia e Investigación de la Fundación TDAH11. Ocupado en atender a padres angustiados, ironiza sobre el flamante folklore generado: “¿Cómo probar que la mitad de la población no viene de Venus?” Scandar —psicólogo cognitivo conductual con orientación sistémica— sabe que en estos casos la realidad es menos divertida. ¿Qué beneficio obtienen los padres de niños con TDAH que fueron convencidos de que sus hijos vinieron de otro mundo? “Por un tiempo, ese ‘diagnóstico’ puede tranquilizar e incluso agradar la vanidad de algunos padres, pero a la larga los chicos serán encauzados a los tratamientos adecuados.” Taddei opina igual: “Creo mucho en la intuición de los padres. Buscan respuestas hasta que las encuentran y no se quedan prendidos eternamente en cualquier promesa sino que esperan resultados”.

Una vendedora de Kier se preguntaba por la confusión que domina a los padres que se niegan a ver los problemas de sus hijos. “Una vez vino una mujer con su nena de 12 años que mostraba un comportamiento autista. Ella estaba orgullosa de su hija ‘cristal’. ¡Pero esa nena nunca había ido a un médico!”

Scandar asegura que el mayor peligro social de lo índigo es que demora un tratamiento eficaz. “Más cuando debe ser atendido en forma inmediata”. No le inquieta que chicos clasificados índigo puedan sentirse superiores. “Si el cuadro empeora, el chico se va a frustrar. Y ellos muestran un umbral bajo de frustración.”

La oposición a la medicación —dice Scandar— favorece la difusión de terapéuticas engañosas. “Cuesta entender que el tratamiento más aconsejable, el metilfenidato, es un estimulante. Eso complica la cuestión. Sin embargo, es un tratamiento muy seguro. Hace más de 47 años que está en el mercado. Y enfrenta una absurda oposición basada en el desconocimiento: este medicamento nunca ha causado patología alguna”. Tras leer las definiciones de Tappe, Carroll y Tober sobre los índigo, Scandar comentó: “Parece un listado de varios trastornos, un rejunte de síntomas sin la misma entidad nosológica. Por su dificultad para respetar reglas y su extrema vitalidad parecen relacionarse con el TDAH. Pero en otras definiciones, no”. Para Taddei, muchos “síntomas índigo” se corresponden poco y nada con los de un niño con TDAH. “La inteligencia de estos chicos —sigue— es igual a la de cualquier persona, pero siempre funcionan por debajo de su potencial. La impulsividad los lleva a decir o hacer cosas en momentos inoportunos. Además, reaccionan ante la disciplina de reglas y consecuencias claras, se desestructuran mucho.”

¡Quietos todos! Esto es un análisis Kirlian

Para Diego Sakr, neurólogo infantil del Hospital Garrahan, los aspectos índigo que se pueden asociar al TDAH son los siguientes: “Desafían la autoridad, no esperan su turno, pueden ser antisociales, se frustran con facilidad, son incansables… Estos síntomas no se presentan en todos los TDAH. Confundir al índigo con un TDAH sólo puede generar problemas para el niño y soluciones para quienes… ‘venden al índigo’, así como para quienes necesiten sacarse de encima la culpa de tener un chico con problemas que ‘por suerte’ les salió especial”.

“Siempre aparece alguien que asegura ‘no creer’ en el trastorno o en el tratamiento psicofarmacológico —apunta Taddei. Pero cuando hay evidencia científica que lo avala, deja de ser un problema de fe”. Hay docentes que desconfían de la medicación que reciben algunos niños hasta que los padres se olvidan de dársela. “Ese día, no les quedan dudas”, apunta Sakr. En la rutina del consultorio, los neuropediatras luchan con creencias muy arraigadas. Por ejemplo, el viejo prejuicio según el cual “todo lo que da el neurólogo dopa”. “Todo —continúa Sakr— se maneja según la ansiedad de los papás, que piden soluciones y plantean dudas en relación con la medicación”. Pero los que se oponen —según Sakr— no saben nada de fármacos. “¿Quién cuernos sabe cuál es el trastorno bioquímico en el TDAH y conoce los estudios que se hicieron sobre las utilidades del metilfenidato? Es más: nunca vieron la felicidad de los padres, y la resistencia de ellos a suspender la medicación cuando ésta dio los efectos deseados.” Para el médico, el TDAH no se soluciona con una pastilla. “La psicopedagoga aborda los problemas de aprendizaje, la fonoaudióloga los de lenguaje, la psicóloga todo el conflicto que conlleva un chico que se siente rechazado por las maestras, los compañeros, las mamás de los compañeros que no quieren que su hijo se junte con ese, el maltrato en la casa porque ‘ya no lo aguantan más’, viéndose fracasados en su rendimiento, y lo único que capitalizan es lo contrario del ‘chico índigo’: frustración y baja autoestima”.

De 4.000 casos revisados en los últimos treinta años, ni un solo estudio determinó que el grupo con TDAH obtuviese un mejor rendimiento o algún comportamiento valioso respecto de quienes no tenían TDAH. “Esto no es moralizar, demonizar, ni patologizar a los niños con TDAH”, escribió el doctor Sam Goldstein. “Esto es sugerir que un retraso en el desarrollo del autocontrol en nuestra sociedad compleja no es gratis y que no es ninguna bendición para los niños que luchan con este problema”12.

Para Taddei, creer que los índigo —si son TDAH enmascarados— son “prodigios evolutivos” impide obtener el tratamiento efectivo. “Es como decirle a un diabético que por tener hiperglucemia es una persona ‘muy dulce’ y que, entonces, no necesita tratamiento. Creerse superior no es positivo para nadie; de hecho es un síntoma de enfermedad mental grave. Es bueno reconocer nuestras habilidades pero también nuestras dificultades, es la única manera de superarse”, concluye la psicóloga.

¿Hijos de las estrellas, mutantes genéticos o sólo niños?

La idea índigo preexistió a los años 90, la década de oro del movimiento de la Nueva Era. Era un tema al que sólo le faltaba el rótulo, un concepto que le ayudara a convertirse en fenómeno.

Quienes impusieron la idea de los “niños cósmicos” en la agenda post-Nueva Era aseguran que éstos “fueron enviados por una raza ajena a la Tierra”, “tienen un nuevo código genético” y “llegan para cumplir una misión”. Sobre el objetivo de esa “misión”, cada autor hace su propia película. Para Kyron, las “viejas almas” serán reemplazadas por “estos nuevos líderes que muy pronto nos guiarán y traerán la paz a La Tierra”13. “Estos hombres son esos monstruitos chiquitos que hay ahora en todo el mundo”, comentaba Pedro Romaniuk en 1989. “En la Argentina hay miles, tienen una energía impresionante, manejan las caseteras a los cuatro años y los padres no saben cómo educarlos porque captan sus pensamientos”14. Por esos días, Romaniuk celebraba la caída del comunismo soviético publicando un librito, donde pretendía combinar realidad con ficción15. Aldys, supuesto hijo no reconocido del ex presidente Mijail Gorbachov, era el promotor en las sombras de los cambios en la ex URSS que acababan derrumbando el Muro de Berlín. “Miles de Aldys trabajan incansablemente en los problemas mundiales que afectan a nuestra civilización”, escribía Romaniuk. Aldys es, claro, “un ser de las Pléyades”. La saga clonaba el best-seller de Enrique Barrios, Ami, El Niño de las Estrellas (Errepar, 1986) una suerte de El Principito en una versión de la Nueva Era donde el autor —quien sugirió canalizar sus novelas— chocaría en 1991 con la Iglesia argentina. A la vez, dos hermanos porteños, Flavio y Marcos Cabobianco, eran citados en el libro Los Jardineros del Espacio del brasileño Trigueirinho, quien ya hablaba de “niños especiales”. Poco después, Flavio presentaría en televisión su libro Vengo del Sol (1992), donde hablaba de su condición de extraterrestre. Por esos años aparecerían otros cuatro niños argentinos con características similares. Y revistas especializadas instalaron de a poco tornando verosímiles temas y personajes que —sin esa siem bra— hubieran sido considerados demasiado extravagantes16.

Flavio y Marcos eran niños “buenos” —hoy se diría “cristal”— con creencias más parecidas a las de sus padres que al estereotipado perfil índigo que ahora domina la escena.

Niños con dones o poderes especiales —sólo por ser niños— no son una novedad sino una presencia continua en el debate paranormal. Fueron niños los únicos capaces de ver y de escuchar los mensajes de la Virgen en Fátima, Lourdes y Garabandal, o las que vieron y fotografiaron hadas en Cottingley. Tenían 8 y 6 años las hermanas Maggie y Kate Fox, cuando a mediados del siglo XIX afirmaron comunicarse con los muertos en los orígenes del espiritismo. Eran niños los pícaros émulos de Uri Geller. Son niños los poseídos por el diablo y los que están “en el epicentro” de un presunto caso de poltergeist.

El mito del niño inocente es un ejemplo de bondad muy buscado en este “mundo infernal”17. También se han presentado otros argumentos para justificar la predisposición a poseer aptitudes psíquicas entre la población infantil. Un presunto “estado de pureza” — cuanto más pequeños, más libres estarán de la enseñanza o de otras influencias del entorno— los ayudaría a canalizar un potencial preexistente que se iría atrofiando con el tiempo. La virginidad psíquica de la primera infancia los volvería receptivos a condiciones naturales o sensibles al influjo de fuerzas espirituales.

Pero para entender el anclaje de las creencias esotéricas es vital describir el aire cultural que se respira en la superficie exotérica.

El índigo salvaje: iniciados en la cul tura alien

El siglo XX proporcionó algunas emblemáticas piezas de ficción donde el espíritu de los niños aparece asociado en un entorno extraterrestre: El Principito (1943), El Exorcista (1973), Poltergeist (1982) y Carrie (1983), o personajes como el amigo de ET (1982), el niño que “ve gente muerta” en El Sexto Sentido (1999), Harry Potter (2002) o Allie Keys, la niña protagonista de Taken (2002).

En El Pueblo de los Malditos (1960) aparece el antecedente más indigo de la cinematografía: una avanzada extraterrestre adormece a un pueblo, borrándole la memoria. A los nueve meses, las nativas más jóvenes traen al mundo niños rubios albinos. Poseen inquietantes ojos azules, son superinteligentes y télepatas. El filme muestra algo nuevo: los monstruos no son feos, lejanos y ajenos sino niños. Son los hijos del pueblo y ¡hay que matarlos!18. De igual modo, Elizabeth Krier, otra conocida teórica índiga, “supo” que los escolares que tiraron del gatillo en Columbine y Tim McVeigh, el ajusticiado ex marine que voló el edificio de Oklahoma, eran niños o adultos índigo19. ¿O acaso usted creía que la nueva raza sólo estaba formada por criaturas angelicales? No, por esa razón existe toda una literatura sobre cómo educar a los índigo… esos niños que ¡vienen a enseñarnos! Pero ésa ya es otra historia.

 


Notas

  1. Carroll, Lee y Jan Tober. Los Niños Índigo. Barcelona, España. Ed. Obelisco, 2001.
  2. Guzmán, Luz B. Los Niños Ïndigo, en busca de la verdad (2003). Citando a Nancy Ann Tappe, Understanding Your Life Through Color (1982), en http://www.geocities.com/orlando_ pla_riera/indigolaverdad.pdf.
  3. Altschuler, Daniel R. “La pseudociencia de los niños índigo” (Diario “El Nuevo Día”, julio 2004).
  4. Carroll, Lee y Jan Tober. Los Niños Indigo. Los nuevos chicos han llegado. Trad. libre al español: Tina Posso y Enita Zirnis Z. (2001). En http://www.elmistico.com.ar.
  5. Sitio oficial de Carroll & Tober (en inglés): http:// www.kyron.com.
  6. McCloskey, Kathy. “Los poderosos niños nuevos.” En Carroll, Lee y Jan Tober. Los Niños Indigo. Los nuevos chicos han llegado (2001).
  7. El DSM-IV: Manual Diagnóstico y Estadístico que clasifica los trastornos mentales.
  8. Croatto Graciela. “Aprender con los Nuevos Niños.” Ed. Kier, Buenos Aires, 2004.
  9. Visita de Auri Gorosurreta a las tres librerías más completas de Capital Federal (23/06/2004).
  10. Kaplan, Harold I. y Benjamin J. Sadock, “Sinopsis de psiquiatría” (8o edición, Panamericana).
  11. Web site de la Fundación TDAH: http://www.tdah.org.ar/.
  12. Goldstein, Sam; “El TDAH como una ventaja adaptativa”. En http://www.tdah.org.ar/articulos.html.
  13. Ver por ejemplo “Entrevista a Lee Carroll”, Therex, 8/11/2003, en http://www.portaldimensional.com/article33.html.
  14. “OVNI. Un fenómeno misterioso y polémico que se reaviva día tras día.” En Diario Popular, Buenos Aires, 29/10/89.
  15. Romaniuk, Pedro. Aldys, el niño de la estrella Alción y la Perestroika que salva a la Humanidad”. Ed. Larin, agosto de 1991.
  16. Las portadas de la revista española “Año Cero” da una cronología del proceso: Nuestros hijos los brujos (N° 12, julio 1991); Extraterrestres entre nosotros (N° 76, octubre 1997); Niños índigo ¿Es su hijo uno de ellos? (N° 130, abril 2001).
  17. Sebald, Hans; “Witch-Children: The Myth of the Innocent Child”, basado en Witch-children: From Salem Witch-Hunts to Modern Courtrooms, Prometheus Books, 1995, 59 John Glenn Drive, Amherst, NY 14228. Institute for Psychological Therapies, Vol. 8, N° 3/4] http://www.ipt-forensics.com/journal/volume8/ j8_3_7.htm.
  18. Lópes, José Antonio. “Infantes en el cine fantástico”, 15/8/2003, en la revista virtual Quinta Dimensión. http://quintadimension.com/ article253.html.
  19. Mencken, Ivonne. Cómo convivir con un índigo. Ed. Deva’s, Longseller, Buenos Aires 2003 (pp. 74).

Agradecimientos

Mariana Comolli, Carlos Domínguez, Auri Gorosurreta, Renato Z. Flores, Marcela Neves, L. Enrique Márquez, Luis R. Ramos, Diego Sakr, Rubén Scandar, Marta Sipes y Norma Taddei. Las fotos que ilustran este artículo pertenecen a los personajes del filme El Pueblo de los Condenados (1995), nueva versión del original realizado en 1960.