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La amenaza religiosa

Deseo proponer a la favorable consideración del lector una doctrina que, me temo, podrá parecer desatinadamente paradójica y subversiva. La doctrina en cuestión es la siguiente: no es deseable creer una proposición cuando no existe fundamento para suponer que sea cierta.

—Bertrand Russell

Una visión negligente de un peligro

En los últimos años, ha ganado aceptación entre los escépticos una idea del finado paleontólogo Stephen J. Gould1. Según ella, la religión y la ciencia tendrían una intersección vacía, ambas abarcarían “magisterios no superpuestos”: la religión se ocuparía de aspectos no cuantificables de la experiencia humana —como el sentido de la vida, la ética y la moral—, mientras que la ciencia estaría restringida al mundo de lo cuantificable, lo contrastable, lo fáctico.

Dejando de lado el absurdo de un científico agnóstico tratando de enseñar a los religiosos lo que debería ser la verdadera religión, Richard Dawkins2 ha señalado los desaciertos graves de esta idea, que raya en la ingenuidad: prácticamente todas las afirmaciones religiosas se reducen a afirmaciones fácticas: los humanos fueron formados del maíz (mayas) o del barro de la tierra (judaísmo), las hormigas y las abubillas podían hablar con Salomón (islam), un cadáver resucitó hace unos dos milenios en Jerusalén (cristianismo), María fue ascendida en cuerpo y alma a los cielos (catolicismo), una nave espacial viajaba tras el cometa Hale-Bopp para llevar a los fieles al Paraíso (secta de la Puerta del Cielo). Todas estas son afirmaciones religiosas de naturaleza fáctica que le incumben a la ciencia.

Dawkins se quedó corto al señalar la importancia capital de la ciencia en los dilemas éticos y sociales, en la cosmovisión y antropovisión de la sociedad en la que vivimos, y en última instancia, en el aporte de elementos para resolver problemas humanos sobre los valores y el sentido de la vida. Como señala acertadamente Paul Kurtz3, la ciencia tiene consecuencias en la ética, la política y el derecho: nada ha aportado más perspectiva y mejor comprensión de la Humanidad y sus interrelaciones que la metodología científica.

Obviando los problemas epistemológicos y éticos que aparecen en la muy real intersección entre la ciencia y la religión, hay un aspecto de la experiencia religiosa que suele ignorar buena parte de los escépticos: su influencia negativa en la capacidad racional y discursiva de la sociedad. Es un hecho que la civilización occidental moderna depende de la ciencia y la tecnología. Como exponía Carl Sagan4, el desempeño de nuestra civilización depende en buena medida de la apropiación del conocimiento científico por parte de sus individuos. El diálogo racional y abierto en la base del ideal democrático moderno tiene sus fundamentos en la aplicación científica del pensamiento lógico y el debate racional. Una sociedad verdaderamente democrática debe aspirar a discutir abiertamente sus problemas y soluciones con una argumentación lógica impecable. Por esta razón, cualquier credo o institución que deteriore la capacidad argumentativa ciudadana tendría que percibirse como un peligro social y observarse con preocupación en un Estado moderno interesado en el bienestar de sus ciudadanos.

Los Estados modernos han mirado, no obstante, con negligencia y alcahuetería a las religiones mientras deterioran las capacidades argumentativas de los ciudadanos. Hoy más que nunca, se puede detectar una creciente incapacidad ciudadana para analizar racionalmente las afirmaciones de los medios de comunicación de masas con importantes repercusiones políticas, económicas y democráticas. Se asimila crédulamente todo lo ofrecido y se adoptan comportamientos y afirmaciones irracionales. Buena parte de estas actitudes y juicios se puede rastrear directamente hasta las religiones dominantes, ya sea porque las promueven o porque las respaldan. Algunos ejemplos lo ilustrarán.

El engaño del testimonio de vida

Al encender el televisor por la mañana, el espectador se encuentra con una cadena interminable de espacios publicitarios llamados “infomerciales”. Pretenden vender todo tipo de productos, desde objetos novedosos de utilidad cuestionable hasta servicios y productos fraudulentos como las líneas psíquicas y las cremas rejuvenecedoras. Son cíclicos: repiten una y otra vez las “bondades” del producto, “explican” su funcionamiento y muestran una sarta interminable de presuntos consumidores satisfechos cuya presencia y testimonio se consideran prueba de la infalibilidad del producto.

Estos avisos se aprovechan del comprador utilizando uno de los peores errores argumentativos del pensamiento, que puede tener bases biológicas, pero que aparece amplificado hasta límites absurdos por el cristianismo: la falacia del “testimonio de vida”. Supuestamente, todo creyente debe dar testimonio de su fe para mostrar la acción de Cristo en su vida… Ello demostraría que lo que cree es cierto. Tras esta práctica se esconde la falacia de la falsa inducción: “Si algo funciona para cierto número de personas, entonces es cierto”. Esto es mentira porque un conjunto de creencias (o un producto comercial) puede funcionar para un grupo de individuos y ser totalmente inaplicable para todos los demás.

Control de la falsa inducción basada en testimonios

Para validar una afirmación, la ciencia hace pruebas estadísticas con grupos de control. Si, por ejemplo, se quiere probar la eficacia de un medicamento, se necesitan dos grupos numerosos de pacientes: a uno de ellos, el de prueba, se le suministra el fármaco real; al otro, el de control, se le da un placebo, una sustancia inocua —como azúcar— encapsulada como el medicamento real, para que los pacientes no sepan qué toman. El control debe ser tan estricto que ni los médicos que aplican la droga ni los que evalúan los resultados pueden saber qué grupo recibió el placebo y cuál la medicina real; esto se llama estudio doblemente ciego. Si el grupo de prueba muestra un porcentaje de curación superior que el de control, entonces la droga se considera efectiva. En el estudio de ciertas dolencias, puede haber grupos de control en los que se presente un porcentaje de mejoría cercano al 30 por ciento. Estas curaciones motivadas por sustancias inertes se conocen como “efecto placebo” y se deben a la sugestión.5

El “efecto placebo” es la razón por la que cualquier método terapéutico por absurdo que sea (homeopatía, cromoterapia, toque terapéutico, incluso la inaudita urinoterapia6) produce siempre un buen número de testimonios de mejorías y curaciones. Promover con testimonios un producto que en el mejor de los casos no sirve para nada, y en el peor puede ser nocivo, sin hacer seguimiento a los pacientes y sin mostrar los casos negativos, es un acto que raya en lo criminal: se comercializa algo inútil o nocivo basándose en testimonios por sugestión. El riesgo que corre quien renuncia a una terapia efectiva por creer en la validez de la argumentación por “testimonios de vida” es muy grande.

Algo similar ocurre con las “sanaciones” de las iglesias evangélicas. Sus programas televisivos7 muestran “testimonios” muy editados de supuestas curaciones milagrosas sin verificación y seguimiento médicos serios. Todos los fines de semana se habla de tumores que se desvanecen, sorderas que se curan (parcialmente), inválidos que caminan, y decenas de “curaciones” producidas por la omnipotencia sanadora de algún dios, canalizadas por el pastor de turno.

¿Acaso estos hipotéticos testimonios validan al cristianismo? No. Aquí ocurre lo mismo que en los “infomerciales”: por cada supuesta curación psicosomática hay centenares de asistentes a la iglesia que no logran curación alguna, excepto tal vez “sanación” espiritual para su alma agobiada. Nunca se muestran en el programa las decenas de personas que van al rito y no “sanan”, o los que creen que se curan por la descarga de adrenalina que les provoca cierto grado de analgesia, y a la semana están hospitalizados otra vez, con su estado agravado por no haberse cuidado o por dejar el tratamiento médico.

Jugar así con la salud de las personas es criminal. Es peligroso e inmoral promover la urinoterapia mostrando “testimonios positivos” y ocultando miles de casos fallidos. Y lo mismo puede decirse de los milagros promovidos por las iglesias carismáticas sin hacerles el debido seguimiento, y sin informar de los miles de casos en los que no se logra ninguna sanación8. Esto debería ser un acto criminal y punible. El 25 de abril de 2004 se beatificó a una monja colombiana conocida como “la Madre Laura”, porque una paciente de cáncer desahuciada se curó tras acostarse en la cama de la religiosa. Obviando el hecho de que muchos cánceres remiten espontáneamente, yo mismo puedo dar testimonio de una persona de fe inquebrantable, aquejada de la misma dolencia, que también se acostó en la misma cama, pero cuyo desenlace fue fatal… ¿Acaso el testimonio negativo no cuenta?

Predicar sin practicar

Jesús de Nazaret solía atacar cáusticamente a los fariseos acusándolos de “ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio”9. Esta enseñanza derivó en la supuesta falta de validez de una crítica si quien la realiza comete el mismo acto que critica. Aunque no se puede negar que la hipocresía —el aparentar con malas intenciones lo que no se es— es una grave falta ética, tampoco se puede decir que sea lo mismo que atacaba Jesús. Que alguien predique y no dé el ejemplo no tiene influencia en la veracidad o en la falsedad de lo predicado. Los fariseos podrían tener toda la razón en sus discursos, aunque Jesús los criticara por sus acciones.

Así, un drogadicto que haya gastado todo su dinero, empeñado todos sus bienes y quedado en la indigencia, podría darle un consejo a su interlocutor mientras aspira su última dosis de cocaína: “Hombre, nunca haga lo que estoy haciendo… La droga es lo peor del mundo y puede acabar la vida de quienes la consumimos”… Sería ridículo declarar falso el consejo del drogadicto por no estar practicando lo que predica. La validez del consejo no queda anulada sólo porque quien lo emite esté haciendo lo contrario.

Esta falacia ha tenido amplias repercusiones, incluso en política. Por ejemplo, se caricaturiza y se critica el socialismo por las atrocidades cometidas por criminales como Stalin; no se apunta a incoherencias argumentativas del sistema de ideas, sino a los actos de los dirigentes. Esta es una falacia argumental. Si una idea política es errónea, se debe demostrar su falsedad con argumentos, no con apelaciones a los actos de sus seguidores.

Ello no impide, por supuesto, que incontables clérigos descalifiquen desde sus púlpitos las ideas opuestas a sus dogmas basándose en el estribillo de “predicar sin practicar”. En sus rebaños, las ovejas10 creen el cuento y lo enseñan a sus hijos, que eventualmente pueden descartar invaluables ideas políticas o sociales sólo por el comportamiento de quien las proclama.

2-2-amenazaEl doble estándar o evasión de la refutación

La religión tiene otro grave defecto de pensamiento: el doble estándar en los juicios, que es una forma de evadir la refutación11; en palabras simples, es tener anteojeras frente a la realidad. Este error se basa en justificar de forma engañosa los fallos de nuestras creencias al confrontarlas con la realidad. Se acepta cualquier evidencia a favor, mientras que las evidencias en contra se ignoran o se tergiversan para acomodarlas a la fuerza en el esquema de creencias. Un par de ejemplos ilustran bien la situación.

Entre los asistentes a ministerios de “sanación”, un gran número espera la cura de alguna dolencia. Al final del servicio, sólo una minoría afirma haberse curado; la mayoría sigue enferma. Ante tal desequilibrio, la misericordia de la divinidad queda en entredicho, pero el creyente nunca la cuestiona. Si se cura menos del 1% de los que le piden misericordia, la respuesta del crédulo asombra: si se curan, fue un milagro de Dios; si no se curan, fue por falta de fe. En el primer caso, el dios es bueno; en el segundo, el enfermo es malo. Cara, gano yo; cruz, pierde usted. Para un pensador racional, la gran cantidad de resultados negativos se explica de forma más simple: el porcentaje que cree sentir mejoría nunca es mayor al esperado por el “efecto placebo”.

Hay un ejemplo reciente mucho más drástico: al momento de redactar estas líneas, el recuento de muertos por el terrorífico tsunami asiático va en 283.000. Centenares de poblaciones y villas fueron borradas del mapa con todos sus habitantes, dejando un paisaje sembrado de miles de cadáveres. Las secuelas para los supervivientes son hambre, plagas, y dolor por los seres amados fallecidos. Todo ello causa un sufrimiento indecible a las víctimas. A pesar de la masacre, hubo sobrevivientes que recorrieron kilómetros entre las ruinas y los cuerpos en descomposición. En estos casos, el creyente en un dios bueno activa su doble estándar de pensamiento y adjudicará a la bondad de su divinidad el asombroso milagro de que unos pocos hayan sobrevivido. Según algunos, el haber salvado a estas personas de la muerte segura es un acto maravilloso de bondad divina. Y los 283.000 hombres, mujeres y niños, ¿no importan? Al parecer, no: mientras menos sobrevivientes quedan, más milagrosa se considera la salvación, y más bondadosa la divinidad… “¡Aleluya! En esta villa, nuestro buen Dios salvó a tres personas”.

Es absurdo. ¿Cómo se puede hacer la vista gorda ante tamaño número de víctimas, y adjudicar el puñado de sobrevivientes a la bondad su divinidad? Si ese dios podía salvar a uno, ¿no podría haber salvado igualmente a los otros 283.000? ¿No sería mezquina una deidad omnipotente que pudiera salvar milagrosamente a todo un pueblo, pero que al final sólo salva a un puñado de habitantes? El creyente, ante estas cuestiones, sólo descalificará al escéptico por su impiedad; no captará el doble estándar que aplica: si un ser todopoderoso es bueno por salvar algunas per sonas, se le debería considerar maligno por permitir la muerte de centenares de miles.

Bloqueo de la libre indagación y evasión del debate

El efecto religioso más peligroso para las democracias modernas es el de la obstinación o reticencia al libre debate. Para hacer un juicio recto sobre cualquier afirmación o aspecto de la realidad se necesita conocer las argumentaciones a favor y en contra. Es imposible hacer un juicio correcto cuando sólo se conoce una cara de la moneda. No obstante, hoy día, grupúsculos de católicos fundamentalistas, de testigos de Jehová, de adventistas y de otras sectas evaden la confrontación de ideas con los apóstatas y los impíos; cualquier idea de ellos llevaría al fiel a caer en la mentira y la perdición. El libre debate de ideas sería la estrategia que adopta Satanás para “engañar” al creyente y acabar con su fe. El racionalista no se explica cuán frágil es la concepción de “verdad” de estos fanáticos que necesitan tapar sus oídos por miedo a que venza “la mentira atea”. En realidad, esta tendencia a silenciar a la oposición es característica de quien sabe que se equivoca pero teme reconocerlo. El index de libros prohibidos por la Iglesia Católica es un paradigma de esta actitud de anteojeras religiosas.

Las consecuencias sociales aparecen cuando se comparan las versiones sesgadas de los medios de comunicación respecto a los conflictos internacionales. El ciudadano se casa con una opinión y aprende a ignorar los argumentos opuestos. En temas polémicos como la política, se termina satanizando a la oposición. Dejando de lado las posibles manipulaciones del filme, es muy ilustrativa la ingente cantidad de republicanos estadounidenses que criticaban Fahrenheit 9/11 —del documentalista Michael Moore— diciendo que “estaba llena de mentiras liberales”, sin haberlo visto nunca (ni siquiera para identificar las mentiras). Cualquier argumento contra la creencia propia se considera una mentira maligna que no debe ser escuchada.

La ciencia acepta una nueva idea sólo cuando logra eliminar las objeciones planteadas y muestra resultados experimentales coherentes con la realidad. Este método permite resolver problemas no sólo en la ciencia, sino en la política, la sociología, la ética, y otros campos sociales de la democracia ya que también funciona basándose en la libre indagación y en la tolerancia de la sana oposición. La religión, con su llamamiento a ignorar al opositor y no escuchar sus argumentos, deteriora la democracia. En el mejor de los casos, acepta la coexistencia de ideas opuestas, pero sin confrontar las propias para examinar cuáles son válidas y cuáles no. Ello genera obstinación, terquedad e intolerancia. De esta manera son imposibles el diálogo y la construcción de la democracia.

Censura a la libertad de expresión

Casi todas las religiones mayoritarias modernas han pasado por alguna fase de prohibición y destrucción de ideas. Siglos atrás, turbas de fanáticos cristianos instigados por San Cirilo incendiaron la Biblioteca de Alejandría y asesinaron a Hypatia, su ilustre bibliotecaria. La quema de herejes y brujas por parte de clérigos católicos, calvinistas y luteranos fue el pan de cada día.

Recientemente, en Buenos Aires, la asociación católica Cristo Sacerdote hizo que la jueza Elena Liberatori suspendiera una exposición del artista plástico León Ferrari (ver “Noticias locales” en este mismo número). Combinaciones de iconos cristianos con elementos castrenses, eróticos y escatológicos; un frasco lleno de condones con una foto del Papa titulado “Homenaje al preservativo”; una sala llamada “Infierno” con imágenes de santos dentro de licuadoras o enjaulados por demonios, y cristos metidos en tostadoras eran algunas de las obras que se exponían en el Centro Cultural Recoleta que los cristianos censuraron bajo la absurda disculpa de que “herían la sensibilidad del creyente”.

El fallo de la Jueza se basó en que “resultaron insuficientes las advertencias de que las obras expuestas pueden herir los sentimientos religiosos de las personas”, pero la verdad es otra: quien viera la naturaleza de la exposición en la entrada del centro sabría si lo ofendería y podría decidir quedarse o abandonar la muestra. En realidad, tras la decisión de la jueza se advierte una actitud totalitaria que quiere obligar a los no creyentes a comportarse católicamente. Aunque dicho fallo fue derogado por la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo y Tributario de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se mantuvo la exigencia de que se “alerte a los visitantes del contenido de la muestra y de la posible afectación que algunas obras pueden generar en sus sentimientos religiosos”12.

2-2-amenaza2Pensamiento defectuoso y democracia

Una ciudadanía acostumbrada a fijarse en un aspecto bueno y hacer la vista gorda ante centenares malos, o a juzgar favorablemente un colectivo por un par de aciertos sin mirar decenas de desaciertos, no es el tipo de ciudadanía sobre el cual se debería dejar la responsabilidad de tomar decisiones que afecten a toda la población. Un ciudadano que se case con una idea y sea incapaz de escuchar críticas y de evaluar sus posturas desde una perspectiva opuesta tiene una traba mental religiosa; un peligro para decidir políticamente. La intolerancia frente a posturas artísticas y el intento de censurar las posiciones que se consideren blasfemas son una amenaza para la libertad colectiva. Ante esta afirmación drástica, algunos argumentarán que la credulidad religiosa no influye en las decisiones sociales importantes de las civilizaciones modernas, pero basta considerar un par de ejemplos.

Durante décadas, la Iglesia católica ha considerado que el condón no debe ser usado en la prevención del sida porque va contra su estrecha concepción del acto sexual como algo con fines exclusivamente reproductivos. Para los prelados, las campañas del preservativo podrían fomentar las relaciones sexuales prematrimoniales. Dicho “pecado” sería peor que dejar diseminar el mal impidiendo campañas a favor del preservativo. Un individuo con dobles estándares puede considerar su castidad como un bien mayor que los centenares de miles de personas que se pueden salvar con una campaña de difusión masiva del uso del preservativo. Por credulidad religiosa se puede estar potenciando una pandemia letal, al hacer caso a las medidas medievales del Vaticano. Recientemente, la Iglesia católica española, en un momento de lucidez mental, emitió un comunicado aceptando que el condón, junto con otras medidas, realmente era un método efectivo de prevenir el SIDA. Al día siguiente, se retractaron al recibir un tirón de orejas del mismísimo Vaticano. La jerarquía prefirió volver a la mentira religiosa13 en lugar de sostener su postura y salvar miles de vidas.

La prohibición del aborto es otro caso: miles de mujeres con embarazos indeseados en todo el mundo sufren las consecuencias de la creencia irracional en el “alma” y la personalidad de los embriones, seres incapaces de desempeñar cualquier función cognitiva asociada a las personas. Se obliga a la mujer a sacrificar su bienestar y sus planes futuros como persona, en nombre de los “derechos” de algo que no es persona14. Esta creencia religiosa ignora los resultados de la neurociencia moderna y ha tenido repercusiones tan graves como varios intentos jurídicos de prohibición de la píldora del día siguiente (Levonorgestrel) en más de un país latinoamericano de mayoría católica.

Qué hacer

La secularización es uno de los mayores logros occidentales y se debe aprovechar para cultivar la ciudadanía. Los gobiernos democráticos deben capacitar a sus ciudadanos, formarlos en la libre indagación y defender la libertad de expresión artística de los ataques irracionales de los fanáticos. Por otra parte, en un país civilizado, debe sancionarse el daño y no la ofensa. El estado debe controlar estrictamente toda terapia que pueda ser fraudulenta o peligrosa, exigiendo pruebas de doble ciego y enseñar este método a la ciudadanía: la salud pública y su comprensión son primordiales. Se deben erradicar las doctrinas religiosas de la educación pública por ser demostrablemente falsas, absurdas, por deteriorar la capacidad racional ciudadana y por fomentar la intolerancia.

En apoyo de la supuesta “tolerancia religiosa”, los espacios televisivos se ceden a todo tipo de quimeras mientras se bloquea el racionalismo “poco comercial”. Un Gobierno preocupado por la formación de sus ciudadanos debería hacer lo contrario: otorgar más tiempo a racionalistas en los medios de comunicación de masas; producir programas críticos hacia todas las religiones establecidas; dar cátedra racionalista invitando a los creyentes a debatir sus ideas ante escépticos y librepensadores; respetar la libertad de expresión, aunque genere ampollas en algunos grupos fanáticos religiosos que desean imponer la censura. Quien se moleste por el contenido de una exposición puede abstenerse de ir.

La verdadera democracia implica una apertura al debate racional, a la crítica reflexiva, y respeto por la libertad de expresión artística. Cualquier colectivo que pretenda obstaculizarlos es un peligro para la civilización y debe ser denunciado y refutado como tal.

Ilustraciones: Roberto Amitrano


Bibliografía

  • Dawkins, Richard. When religion steps on science’s turf. en: Free Inquiry. Vol. 18, No. 2.
  • Gould, Stephen J. Rocks of Ages. Ballantine Books; 1st edition. 1999
  • Kurtz, Paul. Can the sciences help us to make wise ethical judgments? en: Skeptical Inquirer. Vol. 28, No. 5. 2004.
  • Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. Planeta. 1997.
  • Vélez, Antonio. Medicinas Alternativas. Una visión crítica desde la ciencia y una explicación de su eficiencia. Planeta Colombiana. 1997.

Notas

  • Gould, Stephen J. Rocks of Ages. Ballantine Books; 1st edition. 1999.
  • Dawkins, Richard. When Religion Steps on Science’s Turf. Free Inquiry, Vol. 18, No. 2. Disponible en www.secularhumanism.org/library/fi/dawkins_ 18_2.html. Una traducción al español se encuentra en http://the-geek.org/docs/cesped.html.
  • Véase: Kurtz, Paul. Can the sciences help us to make wise ethical judgments? Skeptical Inquirer Vol. 28, No. 5, 2004. p.18ss.
  • Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. Planeta. 1997.
  • Para una discusión más detallada sobre el efecto placebo véase: Vélez, Antonio. Medicinas Alternativas. Una visión crítica desde la ciencia y una explicación de su eficiencia. Planeta Colombiana, 1997, p. 184ss.
  • No sería extraño que en un futuro cercano se popularizara la coproterapia o escatomedicina.
  • Un ejemplo peligroso es el programa “Avivamiento. Ministerio para las naciones”, dirigido por el pastor colombiano Ricardo Rodríguez.
  • Un pastor verdaderamente honesto debería validar las curaciones que proclama, permitiendo un seguimiento de todos los enfermos que asistieran a su ministerio en busca de “sanación”, para determinar si las “sanaciones” de su dios están por encima del nivel de efectividad del efecto placebo.
  • Aunque la gran mayoría de los estudiosos descartan la validez histórica de muchos relatos evangélicos, no discutiremos aquí si la representación bíblica de los fariseos es inexacta históricamente.
  • No hay trato más denigrante para un pensador que compararlo con cuadrúpedos herbívoros; no obstante la religión hace que los creyentes se enorgullezcan de recibir el apelativo de ovejas, de renunciar a la razón y de someterse a un “pastor”. Es aborregamiento: la completa renuncia a la inteligencia, la razón, la personalidad, la autonomía y la libre indagación.
  • La refutación se refiere a lo que lo que se conoce como “falsación” Popperiana. Una afirmación de carácter científico en principio debe ser refutable. Debe poder idearse un experimento cuyo fracaso refute la afirmación. Esto debería ser criterio de cualquier afirmación fáctica objetiva, no sólo de las afirmaciones científicas, sino de las políticas, económicas y sociales.
  • Véase www.laprensa.com.ar/secciones/nota.asp?ed=1576&tp=11 &no=50867, descargado el 31 de enero de 2005.
  • La iglesia católica ha mantenido la mentira de que el condón no es un medio eficiente de control de enfermedades ni de natalidad porque no es 100% eficiente y por eso promulga que se deben evitar las campañas para fomentarlo. En realidad, la castidad católica tampoco es 100% eficiente: es inútil ante una violación múltiple por delincuentes VIH positivos. Claro, si ellos llevaran condón, de seguro disminuiría el riesgo de embarazo y de contagio para la víctima, pero como el condón es inmoral…
  • Como los embriones son “personas en potencia”, la iglesia les da irracionalmente el estatus de personas. Como los humanos somos asesinos en potencia ¿debemos ser tratados como asesinos?