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Las bases neurales de las creencias morales, religiosas y paranormales

La moralidad, la religión y la superstición son tres importantes fenómenos que en cierto modo se hallan superpuestos. Todos ellos implican firmes creencias y emociones, y juegan un rol importante respecto de nuestro comportamiento. Suponen una compleja interacción entre cognición y emoción, que puede llevar a acciones adaptadas o inadaptadas. A pesar de estar fuertemente influidos por la cultura, no todos los individuos de una cultura determinada sostienen las mismas creencias. Examinar estos fenómenos desde un modelo biopsicosocial —observando sus bases biológicas, psicológicas y socioculturales—, puede ayudarnos a comprenderlos mejor. Mientras que los fundamentos lógicos y sociales de estos fenómenos han sido estudiados durante décadas, sus componentes biológicos han comenzado a investigarse seriamente hace poco.

La religión incluye una gran variedad de creencias y comportamientos, como la cosmología, la moralidad, y aquellos relacionados con las prácticas y deberes. Las creencias y las prácticas religiosas suelen asociarse a emociones profundas como el miedo, el confort, la culpa, la alegría y la veneración. A pesar de que las creencias y prácticas religiosas son algo común en la historia humana, sólo ahora empiezan a comprenderse sus bases neurobiológicas. Los avances que ha experimentado la neurociencia en las últimas décadas nos permiten, por primera vez, ver qué ocurre en el cerebro humano mientras tienen lugar fenómenos complejos, incluyendo los relacionados con la religión.

Saver y Rabin (1997) han hecho una extensa revisión sobre cómo los estados neurológicos y psiquiátricos afectan a la experiencia religiosa. La epilepsia consiste en una serie de ataques repetidos que ocurren en el cerebro, produciendo descargas de actividad eléctrica excesivas y caóticas. En algunos individuos, los ataques pueden evocar experiencias religiosas intensas, tales como la sensación de una presencia divina, un estado de ensoñación o experiencias fuera del cuerpo. Las personas que experimentan ataques originados en el lóbulo temporal pueden incrementar su interés en cuestiones religiosas y filosóficas. Muchas figuras religiosas históricas presentaban síntomas similares a los mencionados ataques. San Pablo, por ejemplo, vio luces brillantes que aparecieron repentinamente, cayó al suelo y escuchó voces. En la epilepsia, los fenómenos relacionados con la religión pueden tener relación con la activación y sensibilización de los circuitos límbico-sensoriales del cerebro. El sistema límbico representa las emociones en el cerebro, de manera que una excesiva actividad podría causar que experiencias comunes adquirieran un significado más intenso y profundo. Como William James (1902) señaló en The Varieties of Religious Experience, no hay un sentido especial para la religión, sino más bien una significación especial de percepciones sensoriales comunes.

Otros han citado fenómenos neurológicos como base de las experiencias religiosas, incluyendo las cercanas a la muerte, las drogas alucinógenas y trastornos delirantes como la esquizofrenia, las manías y la depresión psicótica (Beyerstein 1988; Blackmore 1991). Los seguidores de la iglesia Pentecostal que hablan en lenguas han mostrado una excesiva actividad en los lóbulos temporales del cerebro, parte del sistema límbico. La mayoría de los fenómenos neurológicos asociados con la experiencia religiosa implica algún tipo de sobre-activación del sistema límbico, junto con la correspodiente intensificación de dichas experiencias. Por el contrario, la enfermedad de Alzheimer está asociada al deterioro del sistema límbico y quienes la padecen parecen perder interés en la religión, incluso aquellos que lo han tenido durante su vida anterior. Por todo esto, Saver y Rabin concluyeron, en su hipótesis del marcador límbico (Limbic Marker Hypothesis), que el componente emocional de la religión está representado en el sistema límbico del cerebro, ya que el exceso de actividad incrementa el interés por la religión, mientras que la falta de actividad lo disminuye.

Religiosidad

También se ha notado un incremento de la religiosidad en individuos con trastornos obsesivo-compulsivos (TOC) (Tek y Ulug 2001). Se sabe que los TOC implican una disfunción de los sistemas prefrontales del cerebro (Whitesaid, Port, y Abramowitz, 2004). La función del sistema nervioso está relacionada con los fenómenos religiosos no sólo en la gente que padece enfermedades neuropsiquiátricas, sino también en individuos sanos. Por ejemplo, se solicitó a individuos religiosos sanos que leyeran escritos religiosos (Azari et al. 2001). Los protestantes sumamente devotos mostraron mayores niveles de síntomas obsesivo-compulsivos que los agnósticos y ateos (Abramowitz et al. 2004). Con estos antecedentes, los neurocientíficos cognitivos están comenzando a crear modelos sobre cómo los diversos sistemas del cerebro contribuyen a producir la variedad de fenómenos religiosos (Boyer 2003).

Figura 1. Vista lateral del cerebro humano.
Figura 1. Vista lateral del cerebro humano.

Aunque las religiones contienen códigos morales, la moralidad es un concepto aparte que implica sistemas de ideas sobre las conductas correctas e incorrectas. El comportamiento y el razonamiento morales también tienen correlatos neurobiológicos. Así, los individuos ocupados en tareas que conllevan razonamientos morales muestran una activación de los sistemas prefrontales del cerebro (Greene et al., 2004). La activación de estas regiones sugiere que razonar acerca de un dilema moral tiene componentes emocionales y cognitivos (por ejemplo, sacrificar una vida para salvar otras). Igualmente, otros estudios han encontrado que el razonamiento moral depende de la función del córtex prefrontal humano (Moll et al. 2003). Con respecto a los sistemas prefrontales y el comportamiento moral, hay más evidencia procedente de sujetos con disfunciones en dichas regiones. Varios estudios neuropsicológicos y de imágenes cerebrales sugieren que quienes carecen de moral, sujetos con trastornos de personalidad antisocial y características psicopáticas, tienen disfunciones prefrontales (por ejemplo, Vollm et al. 2004; Dolan y Park 2002). De hecho, dañar los sistemas prefrontales puede causar cambios similares a una personalidad psicopática en individuos anteriormente sanos, condición denominada sociopatía adquirida (Anderson et al., 1999).

Superstición

Las creencias supersticiosas se refieren a fenómenos paranormales o anómalos que resultan incompatibles con una explicación científica. La base neurobiológica de las creencias paranormales no ha sido investigada con profundidad. Las experiencias paranormales individuales pueden ser de naturaleza disociativa, y en muchos casos están asociadas con el abuso u otras formas de experiencias traumáticas de la infancia (Irwin 1994; Ross and Joshi 1992). Las creencias supersticiosas son frecuentemente irracionales por naturaleza y contradictorias con la comprensión lógica de la causalidad (por ejemplo, la creencia de que los gatos negros traen mala suerte). De hecho, persisten a pesar de la evidencia en contra (Zebb y Moore 2003). Las creencias supersticiosas probablemente se mantienen por su enorme atractivo emocional, representando intentos de reconceptualizar circunstancias difíciles que están fuera del control de la persona en cuestión (Jahoda, 1990).

Se asocia el pensamiento supersticioso con trastornos cognitivos tales como los TOC (Einstein y Menzies 2004a). Sin embargo, esta asociación no se limita a los individuos que padecen el trastorno, sino que existe en una variedad de grados en la población general (Einstein y Menzies 2004b). La neurobiología de los TOC nuevamente sugiere, con respecto al pensamiento supersticioso, la posibilidad de una disfunción del sistema prefrontal. Numerosos estudios de imágenes cerebrales han mostrado que el razonamiento lógico depende de los sistemas prefrontales del cerebro. Se sabe que el razonamiento por analogía verbal activa los sistemas frontales (Luo et al., 2003). Si comparamos el razonamiento emocionalmente neutral con el dotado de carga emotiva, vemos que están involucradas diferentes regiones del córtex prefrontal (Goel y Dolan 2003).

Así, el córtex prefrontal parece ser clave con respecto a la moralidad, la religión y el pensamiento supersticioso (Figura 1). Hay razones lógicas para explicar por qué dicha estructura juega un papel tan importante en éstas y otras actividades. El córtex prefrontal es la parte más frontal del cerebro, está localizado detrás de la frente y sobre los ojos. Es proporcionalmente más grande en el ser humano que en cualquier otro animal y es esencial para las formas más elevadas de pensamiento y razonamiento. Dicha área y otras estructuras del cerebro profundamente asociadas (tales como el ganglio basal y el tálamo) median en lo que colectivamente se conoce como funciones ejecutivas. Éstas incluyen las habilidades mentales que son esenciales para la autonomía y el logro de objetivos a largo plazo. Incluyen el planeamiento, la organización, el control del impulso, la auto-motivación, el razonamiento abstracto y la flexibilidad mental (Tekin y Cummings 2002).

Investigación de las funciones ejecutivas

Puesto que el córtex prefrontal tiene que ver con los pensamientos religiosos, morales y supersticiosos, mi laboratorio condujo investigaciones para determinar si las funciones ejecutivas se relacionaban con estos fenómenos (Wain y Spinella 2005). Decidimos examinar estas relaciones en una muestra comunitaria, ya que los estudios clínicos son ilustrativos, pero dejan dudas cuando hay que aplicar los resultados a la población general. A pesar de que los estudios de imágenes funcionales del cerebro proporcionan imágenes vívidas de la actividad cerebral para relacionarlas con fenómenos psicológicos, generalizar sus resultados al público resulta dificultoso porque utilizan pocos sujetos en las investigaciones e involucran comportamientos que se dan fuera del ámbito natural (por ejemplo, aquellos en los que el sujeto se sienta dentro de una máquina de imágenes cerebrales). Para complementar este tipo de estudios, se pueden usar mediciones psicológicas confiables y válidas para ver si producen resultados que concuerden con los métodos descritos más arriba. Una ventaja de los tests psicológicos es que pueden ser suministrados eficientemente a grandes muestras, llenando así el hueco dejado por los estudios clínicos y de imágenes.

En una muestra de individuos del campus de la universidad y de la comunidad local, medimos funciones ejecutivas (usando el Índice de Funciones Ejecutivas), creencias paranormales (Escala de Creencias Paranormales), creencias religiosas (Escala de Creencias Religiosas Tradicionales, Escala de Creencia en la Intervención Divina), y actitudes morales (Medición de Reflexión Socio-moral). En coincidencia con estudios anteriores, encontramos que la gente con mayores creencias religiosas manifestaba mayores creencias paranormales y actitudes morales. Sin embargo, las actitudes morales de una persona no tenían relación alguna con sus creencias paranormales. Así, las actitudes morales y creencias supersticiosas aparecieron como dos entidades totalmente separadas, mientras que las creencias religiosas se superponían parcialmente con ambas (Figura 2).

Figura 2. Superposición de las creencias religiosas, morales y supersticiosas.
Figura 2. Superposición de las creencias religiosas, morales y supersticiosas.

Como se había anticipado, la gente con mayores creencias paranormales mostró menores niveles de funciones ejecutivas. Particularmente, tenían menor control del impulso y mayor desorganización, independientemente de la edad, el sexo y el nivel educativo. Por el contrario, la gente con mayores actitudes morales mostró mayor funcionamiento ejecutivo en todas las áreas medidas (motivación, control del impulso, empatía, planeamiento y organización). Estos hallazgos apoyan los estudios que sugieren que el pensamiento supersticioso implica cierto grado de disfunción en el córtex prefrontal, incluso en la población general, mientras que las actitudes morales implican un mejor funcionamiento prefrontal. Las creencias religiosas tradicionales tuvieron poca relación con el funcionamiento ejecutivo. La gente con creencias religiosas mostró un pequeño aumento tanto en la empatía como en el control del impulso, características fomentadas por las religiones más ortodoxas.

Estos descubrimientos tienen consecuencias no sólo para el tratamiento de individuos con enfermedades neurológicas y psiquiátricas, sino —lo que es más importante— también para la mayoría de las personas sanas. A pesar de su irracionalidad, las creencias supersticiosas y paranormales son llamativamente persistentes. Los fallos en el razonamiento y comportamiento morales llevan a una mayor disfunción social, se trate de niveles individuales o sociales. A pesar de que la religión puede tener una influencia positiva en ciertos sujetos, también se la menciona como causa de actos peligrosos y antisociales tales como el racismo, la discriminación, el terrorismo y el asesinato. Aunque el discurso filosófico y ético es esencial para desentrañar los conceptos de moralidad, religión y superstición, resulta instructivo comprenderlos también a escala biológica. Con un panorama más completo de estos fenómenos en múltiples niveles, finalmente puede ser posible aumentar la racionalidad y la cohesión social mediante el trabajo en la salud pública y en la educación.


Referencias

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