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Mano anárquica: el concepto de libre albedrío al descubierto

Kant sostuvo que el libre albedrío es uno de los problemas metafísicos que el intelecto humano no puede resolver1. Lejos de atacar el problema como tal, mi meta es simplemente añadir un pequeño cuadro al complejo mosaico de voluntad y acciones2 a través de la perspectiva de la neurociencia cognitiva3. Trataré de hacerlo discutiendo los casos de personas cuya intención de interactuar con el entorno es obstaculizada por acciones que ellas mismas hacen aparentemente contra su voluntad. Se comportan así debido a lesiones en una región determinada del cerebro, los lóbulos frontales.

Una tarde llevamos a nuestra paciente la señora GP a cenar con su familia. Estábamos discutiendo las implicaciones de su estado médico para ella y sus parientes cuando, repentinamente y para su desconcierto, vimos que su mano izquierda tomaba algunas espinas de pescado sobrantes y las ponía en su boca (Della Sala et al., 1994). La señora GP estaba apenada por lo que había hecho, aunque un poco después, mientras le rogaba que no le avergonzara más, su traviesa mano agarró el helado que estaba saboreando su hermano. Entonces, la mano derecha intervino inmediatamente para poner las cosas en orden y, como resultado de la lucha, el postre cayó al suelo. Ella se disculpó profusamente por este comportamiento, que atribuía a la desobediencia de su mano. La señora GP decía que tenía voluntad propia y a menudo hacía lo que le venía en gana. El síndrome conocido como mano anárquica4, en el que las personas experimentan un conflicto entre su voluntad declarada y la acción de una de sus manos —actúan una en contra de la otra—, afectaba a GP. No es la única persona con este extraño síndrome. Otro paciente similar tenía problemas al escoger canales de televisión, ya que “no bien la mano derecha había seleccionado uno, la mano izquierda oprimía otro botón” (Parkin, 1996).

La mano anárquica es uno de los fenómenos más intrigantes de la neurología. Define la ocurrencia de movimientos complejos de una mano que están dirigidos aparentemente a un objetivo y son ejecutados sin dificultad, aunque, según lo que aseguran las personas afectadas, no son intencionados. Estos movimientos indeseados pueden interferir con la acciones deseadas llevadas a cabo por la otra mano (sana). Los pacientes son conscientes del extraño y potencialmente arriesgado comportamiento de su mano, pero no pueden inhibirlo. A menudo, se refieren al sentimiento de que una de sus manos se comporta como si tuviera voluntad propia, aunque nunca niegan que esta caprichosa mano es parte de su cuerpo. El desconcierto proviene de las acciones sorprendentes e indeseadas, no de una sensación de no pertenencia de la mano (Marchetti y Della Sala, 1998).

De hecho, todos damos por sentado que lo que hacemos es el resultado de una elección. Después de todo, podemos inhibir cualquier gesto, acción o comportamiento que estemos a punto de emprender. Usted podría dejar de leer este artículo en cualquier momento5.

A veces podemos realizar acciones de las cuales no somos técnicamente responsables, por ejemplo, ante una situación de amenaza o si estamos afectados por una patología psiquiátrica grave. Sin embargo, aún si flaqueáramos, todavía podríamos tomar una decisión y, al actuar bajo un impulso esquizofrénico, no experimentar conflicto entre la acción deseada y la ejecutada. Por otra parte, las personas con mano anárquica no tienen más opción que ejecutar acciones que no desean realizar, y que no deberían realizarse. Este hecho parece demostrar que el autocontrol de las acciones puede estar separado de la conciencia de las acciones6. Los pacientes afectados son conscientes de las acciones de su mano anárquica, saben que es su propia mano y no una falsificación robótica, pero no sienten que les pertenezca.

Figura 1. “Struggle” (1917), belicosa y autodestructiva mano, por Stanislav Szukalski (www.szukalski.com).
Figura 1. “Struggle” (1917), belicosa y autodestructiva mano, por Stanislav Szukalski (www.szukalski.com).

La mano anárquica es un síntoma tan grotesco que raya en lo cómico. Otro de nuestros pacientes, la señora GC, a menudo se quejaba de que su mano hacía lo que quería, y trataba de controlar su ingobernable comportamiento golpeándola violentamente o hablándole con ira y frustración (Della Sala et al., 1991). Los lectores pueden apreciar las similaridades con la escena final de Dr. Strangelove, la irreverente película de Stanley Kubrick basada en la novela Alerta Roja, de Peter George, en la que un loco científico nuclear germanoamericano, interpretado por Peter Sellers, tenía que agarrar su mano derecha para evitar que hiciera el saludo nazi. Algunos colegas propusieron el término síndrome del Dr. Strangelove7 para este síntoma peculiar (Boller, comunicación personal, 1993). Los revisores, sin embargo, no apreciaron este humor cinematográfico, y la pegadiza etiqueta nunca se llegó a usar en la literatura científica.

El tema de una mano con voluntad propia también cautivó a personas legas en neurociencia y capturó la imaginación de otros varios cineastas (ver Tabla 1), artistas (Fig. 1) y escritores.

¿Recuerda la acalambrada mano que no respondía a los esfuerzos del Viejo por atrapar peces, aún cuando él gentilmente le rogaba hacerlo? Y el horrible Ling Tien de Ishiguro, el sirviente chino de When We Were Orphans, cuya colección de manos cortadas supuestamente se empezaba a mover sola. Otros ejemplos abundan. Julio Cortázar, en una de las novelas cortas de Octaedro, ‘Cuello de gatito negro’, retrataba a una niña cuya mano “no deseaba escuchar y a veces para su consternación hacía lo que quería”. Maurice Renard escribió sobre un pianista cuyas manos mutiladas habían sido sustituidas por las de un criminal y, aparentemente, actuaban por propia voluntad. Sheridan Le Fanu, en The House in the Churchyard, presentó una mano incorpórea que trataba de asfixiar a una infortunada víctima.

Mad Love (1935, con P.Lorre)
The Beast with Five Fingers (1946, con P.Lorre)
The Hands of Orlac (1960, por E.T. Greville)
The Nutty Professor (1963, con J.Lewis)
Dr. Strangelove (1964, con P.Sellers)
Evil Dead 2: Dead by Dawn (1987, con B. Campbell)
Body Parts (1991, por J.Fahey)
Idle Hands (1999, por R. Flender)
Me, Myself and Irene (1999, con J. Carrey)

Tabla 1. Episodios de ‘mano anárquica’ en el cine

Algunas de estas descripciones literarias concuerdan claramente con los sentimientos y relatos de los pacientes con mano anárquica. Sin embargo, fue William Boyd, en su cuento corto ‘Bizarre Situations’, de la colección On the Yankee Station, quien adoptó una interpretación anatómica del síndrome. El protagonista, que había sufrido una operación conocida como callosotomía, por medio de la cual los cirujanos le cortaron el manojo de fibras blancas que une los dos hemisferios cerebrales, no sabe si su mano izquierda mató a la esposa de su mejor amigo. Es cierto que, como resultado del descubrimiento de la especialización de los hemisferios izquierdo y derecho, durante muchos años el corte del cuerpo calloso —sea quirúrgico o debido a un proceso patológico— ha sido considerado el único responsable de la mano anárquica (ver Tabla 2).

Sperry (1967): “Dos entidades conscientes separadas o mentes que funcionan en paralelo en el mismo cráneo”.

Bogen (1993): “Las mentes complementarias representadas por dos hemisferios cerebrales están también presentes como entidades separadas en el cerebro normal”.

Zaidel (1997): “Dado que tenemos dos hemisferios… es razonable que tengamos dos líneas de conciencia”.

Feinberg (1997): “La clave a la mano [anárquica] es la noción de que se pueden tener dos conciencias en un solo individuo”.

Tabla 2. Ejemplos de abdicación de la idea de una conciencia dicótoma en el cerebro humano.

La idea de que “el hombre no es en realidad uno, sino en realidad dos” (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson), quizás mitad bueno y mitad malo —como en “El vizconde demediado” de Italo Calvino—, está entrelazada con la historia de la Humanidad, y ciertamente es fascinante desde el punto de vista del artista. Sin embargo, científicamente resulta bastante simplista y no es correcta como interpretación de la mano anárquica. La hipótesis callosal es poco consistente en más de un aspecto. Acompáñenme en una breve digresión anatómica.

La mano anárquica, entendida como una desconexión entre los dos hemisferios, sería el resultado de la separación “entre la corteza motora del hemisferio derecho (que gobierna el lado izquierdo) y las áreas del hemisferio izquierdo dedicadas a la planificación y la correcta ejecución de actividades motoras complejas”. Por tanto, en los individuos diestros, la mano que muestra el comportamiento anárquico debe ser siempre la mano izquierda. Esta suposición ha sido descartada por la observación de pacientes diestros con mano anárquica derecha (ver por ejemplo, Goldberg, 1985).

Entonces, si no se debe a una desconexión interhemisférica, ¿qué causa la mano anárquica? Nuestra paciente GC (Della Sala et al., 1991), quien tenía una mano anárquica del lado dominante, sufrió una hemorragia subaracnoide —esto es, la ruptura de una arteria dentro del cerebro— ocho años antes de venir a vernos. Dos días después de la hemorragia, fue operada por un neurocirujano que intentó unir su aneurisma roto. Como resultado, tuvo un ataque. Quedó con un daño en la parte anterior del cerebro, que abarcaba el área medial de su lóbulo frontal izquierdo.

Revisamos 39 casos detallados que pudimos encontrar en la literatura (Della Sala et al., 1994). Parecía que la mayoría de los pacientes que presentaban mano anárquica habían tenido una lesión que abarcaba la pared medial del lóbulo contralateral a la mano ingobernable. En particular, las lesiones parecían estar centradas en un área conocida como el área motora suplementaria (AMS)8 (Fig. 2). Cada AMS se ubica en la superficie medial de uno de los lóbulos frontales. Interviene en la ejecución de movimientos y se piensa que es responsable de convertir la intención en acciones autoiniciadas o de seleccionar el movimiento que va a efectuarse. Varios estudios muestran que la AMS propiamente dicha almacena y organiza subrutinas motoras relacionadas con impulsos internos.

Figura 2. Un bosquejo anatómico de la localización respectiva de la corteza premotora (CPM) y el área motora suplementaria (AMS) en la vista lateral y medial del hemisferio izquierdo del hombre.
Figura 2. Un bosquejo anatómico de la localización respectiva de la corteza premotora (CPM) y el área motora suplementaria (AMS) en la vista lateral y medial del hemisferio izquierdo del hombre.

Diversos experimentos fisiológicos monocelulares apuntan a la distinción entre un sistema premotor lateral y uno medial. Los sistemas premotores mediales centrados en las AMS están conectados con un sistema motor lateral, centrado en una región a veces referida como corteza premotora (CPM). Se considera que este sistema lateral es responsable de los llamados movimientos responsivos, que son generados en respuesta a estímulos externos. Resumiré un experimento que encuentro particularmente ilustrativo.

Mushiake et al. (1991) entrenaron monos para oprimir botones en una secuencia determinada. En una variable, la condición externa, las luces indicaban a los monos qué botón debían apretar (era una secuencia guiada visualmente). En la otra, la condición interna, los animales ejecutaban la secuencia de memoria, sin pistas externas. Los movimientos hechos por los monos eran idénticos. Con todo, las células en la AMS estuvieron más activas durante la condición interna y las células de la CPM mostraron mayor actividad durante la condición externa, visualmente guiada (ver Fig. 3).

Figura 3. Detalles del experimento de Mushiake et al. (1991). Los movimientos realizados por los monos fueron idénticos. Con todo, las células en la AMS se volvieron activas sólo cuando los movimientos fueron autoiniciados, mientras que las áreas CPM se dispararon cuando los movimientos fueron impulsados pos estímulos ambientales.
Figura 3. Detalles del experimento de Mushiake et al. (1991). Los movimientos realizados por los monos fueron idénticos. Con todo, las células en la AMS se volvieron activas sólo cuando los movimientos fueron autoiniciados, mientras que las áreas CPM se dispararon cuando los movimientos fueron impulsados pos estímulos ambientales.

Los estudios de neuroimagen nos proporcionan más ejemplos convincentes. Una serie de experimentos llevada a cabo en Londres mostró que las acciones voluntarias están asociadas con una clara actividad en las paredes mediales de los lóbulos frontales. Éstos y otros experimentos similares indican que el control de los movimientos puede variar en función de si la acción es interna o externamente guiada. La AMS propiamente dicha dominará cuando la tarea es guiada internamente. En contraste, la región lateral llega a ser más relevante cuando es el ambiente el que dispara la tarea. Se podría explicar claramente la mano anárquica como resultado de un desequilibrio de este complejo mecanismo: una lesión de la AMS deja la mano contralateral a merced de estímulos externos que operan a través de la CPM, y por tanto se comporta anárquicamente.

La explicación frontal de la mano anárquica tiene sentido si uno considera el papel básico de los lóbulos frontales en el cerebro humano: permitir a los humanos interactuar con el ambiente. El desarrollo de la corteza prefrontal en humanos es, en términos evolutivos, a la vez reciente y asombroso. Aún en comparación con ardillas y monos rhesus, la proporción relativa de corteza ocupada por la región prefrontal en humanos representa un incremento enorme. La relativa juventud del desarrollo de la corteza prefrontal es uno de varios factores que han llevado a muchos a considerar la región como el asentamiento de lo que, según creemos, serían nuestras cualidades distintivas de autoconciencia. Una lesión en los lóbulos frontales producirá un cambio en el carácter y comportamiento habituales de una persona, que estará a la merced de disparadores ambientales y no será capaz de inhibir el comportamiento inapropiado9. La persona ya no es más ella misma. Lo describe conmovedoramente Ken Kesey en One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Alguien voló sobre el nido del cuco). Cuando Mcmurphy regresa de la cirugía de sus lóbulos frontales, su compañero Martini grita: “¡No se le parece en nada!”10. Lo que la persona hace no es lo que habría hecho antes de la lesión cerebral. No debería hacérseles responsables de sus acciones aun cuando sean perfectamente conscientes de ellas. El problema es tan grave que el papa Pío XII declaró su opinión en contra de la práctica de la lobotomía para tratar (cambiar) el comportamiento socialmente indecoroso, sosteniendo que una lesión de los lóbulos frontales despojaría a un hombre de su libre albedrío11. Este espinoso asunto fue debatido hasta cierto punto por un comité ad hoc de eclesiásticos y científicos organizado por la Cahiers Laennec. Este arrogante grupo llegó a la conclusión de que la libre voluntad de las personas afectadas por tal lesión sería degradada y aconsejaron que no se les permitiera ser sacerdotes o recibir la Primera Comunión. Una lesión en el cerebro cerraba las puertas a la noción de inmortalidad del alma.

La mano anárquica no es más que otro ejemplo de comportamiento incontrolado disparado por el ambiente, causado por una lesión en una subregión de los lóbulos frontales12. ¿Son intencionales las acciones anárquicas? ¿A la voluntad de quién responden? Sería posible sostener que este problema epistemológico surge del conflicto entre voluntad expresada y acción ejecutada. Consideremos qué sucedería si, en vez de estar afectados por una lesión unilateral que da lugar a una mano anárquica contralateral, un paciente estuviera afectado por una lesión bilateral que dañara ambas AMS. El resultado sería otro signo de desinhibición frontal conocido como comportamiento de utilización, en el que los pacientes exhiben un impulso compulsivo de utilizar los objetos que tienen a la vista. Lhermitte, un colega francés, revisó este síntoma hace algunos años (1983). Entre los ejemplos que recogió, mi favorito es el de una dama de 52 años que estaba sentada en la sala de cirugía cuando localizó algunos instrumentos médicos. Inmediatamente, levantó la jeringa —Lhermitte fue muy rápido para quitarse la chaqueta y la camisa— y se acercó a su trasero para ponerle la inyección. Lhermitte consiguió que esta foto se publicara en Neurology y, la verdad, estoy muy celoso de su valentía13.

Recientemente hemos examinado a un paciente con una lesión bilateral centrada en las AMS que muestra episodios manifiestos de comportamiento de utilización (Boccardi et al., 2002; ver más discusión en Eslinger, 2002 e Ishihara et al., 2002). Cuando se le hizo la prueba, vio una manzana y un cuchillo en una esquina del escritorio. Peló la manzana y se la comió. El examinador le preguntó por qué estaba comiendo la manzana. El paciente contestó:

—Bueno… estaba ahí
—¿Usted tiene hambre?
—No, un poco.
—¿No acaba usted de comer?
—Sí.
—¿Es suya esta manzana?
—No
—¿Y de quién es?
—Suya, supongo.
—Entonces, ¿por qué se la está comiendo?
—Porque está aquí.

En otra ocasión, el experimentador puso su cartera en la mesa mientras preparaba la cámara de vídeo. El paciente vio la cartera, empezó a sacar todas las tarjetas de crédito y otras cosas, como la tarjeta del seguro social, y a leerlas en voz alta. El experimentador preguntó: “¿De quién es esta cartera?”. “Suya”, contestó el paciente un poco confundido por la pregunta obvia, pero continuó vaciándola y empezó a leer en voz alta algunas notas personales que el experimentador había dejado en ella. Ciertamente, este comportamiento de utilización era tan manifiesto que era motivo de bochorno para su esposa y también su queja más importante.

Parece que, cuando se lesiona una AMS, el paciente termina con una mano anárquica. Cuando el daño ocurre en ambas, producirá comportamiento de utilización. Los pacientes afectados realizarán en ambos casos acciones inapropiadas. El ambiente es el detonante de las acciones tanto en los casos de mano anárquica como en los de comportamiento de utilización. Sin embargo, éstos últimos no son conscientes de que su comportamiento es inapropiado o de que hay algún conflicto entre acciones deseadas e indeseadas. Es posible que la falta de conciencia observada en pacientes con comportamiento de utilización provenga del completo deterioro del sistema medial, mientras que los pacientes con mano anárquica aún tienen acceso a su control remoto interno a través de la mitad intacta del sistema.

Imagine una situación que puede aplicarse a todos nosotros. Suponga que, un sábado por la mañana, mientras conduce rumbo a un destino vacacional para pasar el fin de semana, se cruza con el camino usual a su oficina. Inconscientemente, puede doblar y encontrarse a sí mismo yendo al trabajo hasta que se da cuenta del error. El ambiente proporcionó un disparador lo suficientemente poderoso como para que usted iniciara un comportamiento automático, que tendría que inhibir para regresar a su plan original. Usted habría realizado una acción que no quería. Esto es lo que les sucede a menudo a las personas afectadas por el comportamiento de utilización, que carecen de la capacidad para inhibir el comportamiento disparado por el ambiente. Cuando las acciones van más allá del simple jugueteo, manipulación y utilización de un objeto, son frecuentemente referidas como síndrome de dependencia ambiental (Lhermitte, 1986).

En pacientes con lesiones importantes en los lóbulos frontales, se observan formas graves de síndrome de dependencia ambiental (Lhermitte et al., 1986). Con todo, nadie es realmente inmune. Jonathan Miller, el físico británico convertido en director de ópera, reveló un episodio autobiográfico muy pertinente. Estaba parado junto a una carretera esperando que pasara la Reina de Inglaterra, riéndose en secreto y burlándose de todas esas pobres almas saltando alrededor y agitando sus manos frenéticamente ante la triunfal súperlimusina negra con cristales ahumados. Sin embargo, tan pronto como el poderoso automóvil se acercó a él, no pudo contenerse y saludó al reinamóvil. ¿Destilando orgullo nacional? Más probablemente, estaba realizando una ejecución automática disparada por el ambiente, que no pudo inhibir conscientemente.

De todo lo que hemos discutido hasta aquí, parece deducirse que la neurociencia nos proporciona ejemplos de impericia para inhibir acciones disparadas por el ambiente. Desde esta perspectiva, da la impresión de que nuestro cerebro tendría más una libertad para no hacer que libertad para hacer14. ¿Puede entonces la voluntad consciente sólo vetar15 las acciones indeseadas?

El reduccionismo implícito en el enfoque neurocientífico de problemas filosóficos no puede proporcionar respuestas definitivas a problemas como la agencia, la autodeterminación, la causación mental y el libre albedrío. Sin embargo, espero haberles convencido de que, cuando discutimos estos elevados conceptos, deberíamos tener en cuenta los problemas adicionales producidos por los patrones de habilidades dañadas e intactas de algunos pacientes. Estos problemas incluyen la diferencia entre las acciones intencionales (como las realiza el agente) y los movimientos involuntarios, es decir, fracasos del agente en inhibir su malcriada mano o un comportamiento complejo disparado por estímulos ambientales. Esto sería como decir que las intenciones existen previamente y permanecen dormidas hasta que el ambiente o los deseos/ motivaciones del agente las activan. El único control que tendríamos sobre nuestras acciones sería un control negativo, la posibilidad de inhibirlas. En el caso de la mano anárquica o del comportamiento de utilización deberíamos hablar de acciones no intencionales16. ¿En verdad es acción involuntaria un oxímoron.17

 


Notas

  1. Pueden encontrarse discusiones concisas de las diferentes revisiones filosóficas sobre el libre albedrío en I. Dilman (1999) Free Will, publicado por Routeledge, London.
  2. La discrepancia entre acciones y voluntad es evidente en algunas condiciones neurológicas como la enfermedad de Parkinson, la degeneración corticobasal, la corea de Huntington, la epilepsia y el síndrome de Tourette. Sin embargo, nótese que la noción de una segregación temporal entre estas dos etapas de volición ha sido debilitada por los experimentos reportados por Libet et al. (1983, Brain, 106: 623-642, ver también Liber, Behavior and Brain Science, 1985, 8: 529-566), que muestran que el cerebro humano puede iniciar actos voluntarios inconscientemente. Sugestivamente, la fuente de estos procesos cerebrales inconscientes es el área motora suplementaria. (ver abajo).
  3. Los lectores que deseen profundizar más en el tema encontrarán interesante el libro The Volitional Brain, editado por B.Libet et al. (1999), publicado por Imprinting Academic, Thorverton.
  4. La mano anárquica es a menudo referida en la literatura como mano ajena. Sin embargo, la mano ajena es un síndrome completamente diferente. La confusión surgió debido a una mala traducción del francés reiterada en posteriores informes científicos (para una revisión completa de este acertijo, ver Marchetti y Della Sala 1998). El término prevaleció y mano ajena empezó a significar cosas muy diferentes para distintos autores. El abuso del término mano ajena como un nombre incorrecto es aún más evidente en la prensa científica popular. Por ejemplo, O. Sacks, en un folleto reciente, llama ajeno a un miembro fantasma (1995, p.149); y en un documental de televisión (The Mind Traveller, BBC 2, 31 de octubre, 1996) se describieron como mano ajena los típicos movimientos involuntarios y tics exhibidos por un paciente afectado por una enfermedad del tipo del Parkinson.
  5. Pero, por favor no lo haga, lastimaría mi ego.
  6. S.A. Spence y C.D. Frith (Journal of Conscious Studies, 1999, 6: 11–29) demostraron con un elegante experimento que acción y agencia implican diferentes redes cerebrales.
  7. El síndrome del Dr. Strangelove es el término con el que se conoce la mano anárquica en la prensa científica popular.
  8. El AMS, como la conocemos ahora, no es funcionalmente homogénea. En monos ha sido subdividida en dos diferentes regiones: la F3 o AMS propiamente dicha, que es posterior y puramente ejecutiva, y la F6 rostral o pre-AMS, que está más relacionada con actividades de cognición. Estas dos regiones son diferentes en muchos aspectos. En los humanos la posición exacta de la F3 y la F6 se conoce con menos certeza. Sin embargo, una parcelación similar a la descrita en monos, parece ser aplicable también al cerebro humano. Y es el AMS propiamente dicha la que es relevante para nuestro argumento. Los lectores con inclinación hacia la neuroanatomía pueden dirigirse a libros de texto que abarcan el tema, como el de Lüders (1996) Supplementary Sensorimotor Area. Lippincott-Raven: Philadelphia.
  9. El primer caso observado de estos característicos déficits posteriores al daño frontal fue el de un trabajador de la construcción llamado Phineas Gage, quien en 1848 sufrió un accidente que le provocó un daño masivo en los lóbulos frontales del cerebro. El médico de Gage, el doctor Harlow, no vio signos de deterioro en los movimientos, memoria o lenguaje. En otros aspectos, sin embargo, Gage era otro hombre. Antes del accidente, había sido —en opinión de muchos— admirado y respetado por su dignidad, competencia, confiabilidad y buen juicio. Después del accidente, parecía haberse transformado en una persona diferente, encarnando las antítesis de esas cualidades. Ahora era impulsivo y vacilante; más aún, su antigua cortesía había cambiado por una rudeza que le era poco característica (Harlow, 1868).
  10. Gracias a su propaganda respecto de la atroz práctica de la lobotomía, Egaz Moniz recibió el premio Nobel en 1949.
  11. Hay al menos un caso reportado en la literatura de un paciente que, después de una lesión frontal debida a una intervención quirúrgica, rechazó sus fuertes creencias religiosas previas (G.Corbellini, Tempo Medico, 26 de octubre, 1994, p. 18).
  12. Los lóbulos frontales constituyen aproximadamente la mitad del área total del cerebro y son heterogéneos tanto en términos de arquitectura anatómica como en organización funcional, por lo que sólo por claridad han sido clasificados juntos bajo el término general frontal. Está más allá de los propósitos de este manuscrito examinar los detalles de las separaciones de la estructura y geografía de los lóbulos frontales; el lector interesado puede revisar la literatura especializada (por ejemplo, capítulos 10 y 11 de Cognitive Neuroscience, por Gazzaniga et al., 1998, Norton & Company: New York).
  13. Shallice y colaboradores (Brain, 1989: 112, 1587–1598) reportaron otro caso similar. Su paciente mostraba varios ejemplos de comportamiento de utilización, entre los cuales consideraban particularmente atractivo al siguiente. Dijeron que, si a su paciente “se le dejaba a su propia voluntad, haría té continuamente cada vez que viera bolsas de té”. Cuando leí el artículo por primera vez todavía trabajaba en Milán, y el que éste fuera un ejemplo de comportamiento compulsivo me pareció bastante razonable. Sin embargo, ahora que vivo en el Reino Unido, lejos de verlo como un signo patológico, este comportamiento me parece de lo más normal.
  14. Le debemos esta ingeniosa definición a Richard Gregory. (El autor se refiere al contraste entre free won’t (libertad para no hacer) y free will (libertad para hacer o libre albedrío). Desafortunadamente, el contraste se pierde en la traducción. (N. del T.)
  15. Terminología de Benjamin Libet.
  16. Definición de Antony Marcel. Los lectores encontrarán particularmente atractivo su último trabajo (“The sense of agency: Awareness and ownership of actions” pp. 48-93, en el libro de J.Roessler y N.Elian’, Agency and Self-Awareness, Oxford University Press: Oxford, 2003).
  17. Como postularon, entre otros, S.A. Spence (Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry, 2000, 69: 692-709) y .J. Macmurray (The self as agent. 1991. Faber and Faber, London).

Referencias

  • Boccardi E., Della Sala S., Motto C, & Spinnler H. (2002) Utilisation Behaviour consequent to bilateral SMA softening. Cortex, 38: 289-308.
  • Della Sala S., Marchetti C. & Spinnler H. (1991) Right-sided anarchic (alien) hand: a longitudinal study. Neuropsychologia , 29, 1113-1127
  • Della Sala S., Marchetti C. & Spinnler H. (1994) The anarchic hand: a fronto-mesial sign. In F. Boller F. & J. Grafman (Eds.), Handbook of Neuropsychology, Vol. 9 (pp. 233-255), Amsterdam: Elsevier Science Publisher.
  • Eslinger P.J. (2002) The anatomic basis of utilisation behaviour: A shift from frontal-parietal to intra-frontal mechanisms. Cortex, 38: 273-776.
  • Goldberg G. (1985) Supplementary motor area structure and function. Review and hypotheses. Behavioural and Brain Sciences, 8, 567-616.
  • Ishihara K., Nishino H., Maki T., Kawamura M., Murayama S. (2002) Utilisation behaviour as a white matter disconnection syndrome. Cortex, 38: 379-388.
  • Lhermitte F. (1983) ‘Utilisation behaviour’ and its relation to lesions of the frontal lobes. Brain, 106, 237-255
  • Lhermitte F. (1986) Patient behaviour in complex and social situations: the ‘Environmental Dependency Syndrome’. Annals of Neurology, 19: 335343.
  • Lhermitte F., Pillon B., & Serdaru M. (1986) Imitation and utilization behavior: a neuropsychological study of 75 patients. Annals of Neurology, 19: 326-334.
  • Marchetti C., & Della Sala S. (1998) Disentangling the alien and anarchic hand. Cognitive Neuropsychiatry, 3: 191-207.
  • Mushiake H., Masahiko I., & Tanji J. (1991) Neuronal activity in the primate premotor, supplementary, and precentral motor cortex during visually guided and internally determined sequential movements. Journal of Neurophysiology, 66: 705-718.
  • Parkin A.J. (1996) The alien hand. In P.W Halligan & J.C. Marshall (Eds.) Method in Madness: Case Studies in Cognitive Neuropsychiatry (pp. 173-183), Hove: Psychology Press Erlbaum (UK) Taylor & Francis.