Pastillas

Mariano Moldes (1966–2008) El filósofo en musculosa

“Las dificultades económicas de Silvano Di Venanzo, electricista nómade, ya que en La Concha, población al sur de Tucumán, no hay electricidad, parecían haber llegado a su fin. En el paraje La Invernada comenzaron a correr versiones sobre el aterrizaje de un plato volador. Por esos días, Di Venanzo, en su juventud ilusionista de circo, había capturado un manyunato, raro ejemplar de la familia de los hurones, una especie de mono con cara de zorro que emite un sonido similar al llanto de una mujer. El espécimen tenía una particularidad: poseía tres manos en vez de dos. Era tan extraño que un vecino dijo en broma que parecía venido de Marte. Di Venanzo pescó la idea al vuelo. Pronto logró que el Instituto Miguel Lillo certificara que el animal pasaba a integrar una ‘especie no identificada’. El viejo buscavidas sumergió a la criatura en anilina verde y recorrió la provincia para exhibir al manyunato marciano a razón de 100 pesos por persona…”

Esta deliciosa crónica se publicó en la revista Siete días el 11 de agosto de 1968.

Mariano Moldes, durante su presentación en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, Buenos Aires, septiembre de 2005.
Mariano Moldes, durante su presentación en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, Buenos Aires, septiembre de 2005.

Cuando la descubrí entre carpetas viejas supe que Mariano Moldes la iba a disfrutar como un enano. La escaneé y se la envié enseguida. Era el 2 de enero del 2008. ¡Le iba a encantar conocer la historia del manyunato! Mariano sabía todo lo que hay que saber sobre zoología, todo lo que cabía sospechar sobre criptozoología y recordaba todo lo que él mismo había imaginado en sus cuentos sobre criaturas fantásticas, algunos parecidos a esta noticia. Además, sólo él hubiera sabido responder si existía un hurón llamado manyunato, si a fines de los sesenta el Instituto Miguel Lillo era una entidad respetable como ahora y, por fin, qué le parecía la historia, que para mí era demasiado buena para ser cierta. Porque cuando yo no encontraba una respuesta rápida sobre cualquier cosa en Internet, Mariano no sólo era mi amigo, también era mi “Google” personal.

Mariano Moldes ya no iba a leer la historia del manyunato. Estaba en coma. El 27 de diciembre de 2007 había sufrido una aguda complicación respiratoria y su familia lo internó de inmediato en el Sanatorio Mitre, de Buenos Aires. Moldes, el biólogo que obtuvo su licenciatura en la Universidad de Buenos Aires casi “para cumplir”, porque para él la ciencia estaba en otra parte, moría pocos días después, el 5 de enero.

Era biólogo, pero decir eso es apenas una rodaja de la verdad. Sus conocimientos abarcaban decenas de campos: filosofía, literatura, zoología, medicina, botánica, pseudociencias, cine, televisión… Tenía un humor filoso donde combinaba la erudición de tipo de barrio y mentalidad científica.

Moldes había nacido en Buenos Aires el 19 de abril de 1966. Alumno del Nacional Buenos Aires, se había recibido de Profesor de Inglés en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y, en 1996, de licenciado en Ciencias Biológicas. Tan poca estima tenía por la Academia que le costaba imaginarse dando clases en Exactas. Porque confiaba más en la periferia, en los alumnos que, como él, habían hecho buena letra para ser eficaces investigadores y, por razones que él siempre iba a comprender, terminaron fundidos por la burocracia, las arbitrariedades o ciertos personajes funestos enquistados en la Universidad. Para Mariano esos estudiantes se habían esforzado más que los graduados, y había que rescatarlos de los márgenes para crear una red científica alternativa. En eso estaba cuando su cuerpo decidió que no iba a vivir el resto de su vida conectado a un respirador.

Para Mario Bunge, Moldes era un colega. Lo consideraba un filósofo porque sus escritos inéditos, algunos de los cuales el epistemólogo llegó a leer, le revelaron que lo era. Mariano, en cambio, se definía como un cuentapropista de la ciencia. Su cerebro era una esponja de conocimientos que no se resignaba a almacenar, sino que procesaba incesantemente en ensayos, artículos, libros y conversaciones informales.

Hablaba rápido y había que estar atento para capturar sus razonamientos. Y al revés, pese a que parecía distraído, ponía mucha atención a sus interlocutores. Su chispa, su capacidad para sacar conclusiones y sus excentricidades completaban el cuadro de una personalidad extravagante. Que no siempre mostraba una cara bonita: si alguien le caía mal, se lo enrostraba sin filtros. Hasta en esos desplantes ponía su dosis de altruismo: Mariano creía que decir “verdades dolorosas” podía ayudar a quienes no le simpatizaban a ser mejores personas. Famélico consumidor cultural, siempre tenía a mano una metáfora popular para asestar a la mandíbula: si tropezaba con algún contrera y le ganaba el tranco, comparaba su sensación de victoria con la de “el gordo fascista de South Park”; si sentía perdedor estaba “como el personaje de Michael Caine en Sangre y Vino”; y si un colega metía la pata, le recordaba que si un alumno suyo hubiera cometido un error parecido “le hubieras encajado un 0 y le hacías poner la cabeza de molde para trazarlo”.

Nos juntamos a tomar un café días antes de la Navidad del 2007. Llegó al bar sudoroso: con frío, con sol o con lluvia, Mariano siempre salía a correr en musculosa. Esa tarde lo vi, por primera vez, preocupado por su salud. Me dijo que había decidido ir al médico por un problema respiratorio. Como tantos escépticos, que después de todo también son seres humanos, suspendía su escepticismo a la hora de enfrentar dilemas personales. Que estuviera por visitar al médico me provocó emociones opuestas: me alegró porque nunca prestaba atención a su salud o se automedicaba, y me alarmó porque sabía que sólo iría al médico si algo lo asustaba. Dos semanas después, un amigo me comunica la triste noticia de su fallecimiento.

Como pasa con las personas que aman la escritura, tenemos la oportunidad de recordarlo a través de sus textos. Varios artículos suyos se pueden leer en Internet, especialmente algunas notas que publicó en El Ojo Escéptico (1994-1997), Descubrir (1997) y Pensar (2005-2007).

Sus mails nunca estaban redactados a las apuradas: eran cartas escritas con cariño, como las que solíamos echar al correo postal antes de Internet. Nunca los borré. Todos eran piezas admirables, que valía la pena releer. Cada tanto le respondía con la frase de Carlitos Balá cuando terminaba sus bromas telefónicas: “¡Lástima que no lo pueda compartir!”. Casi siempre me permitía reenviar esas breves joyas. Mariano tenía proyectos literarios. De divulgación científica. Libros, muchos: algunos empezados, otros cancelados y no menos de dos novelas terminadas, que cajoneó en pos de nuevas ideas, que le surgían a borbotones. ¿Sus temas preferidos? Criptozoología, neorracismo, biotecnología, genética y modelos de procesamiento del conocimiento científico…

Siendo muy joven se acercó a la Asociación Ornitológica del Plata (AOP), para quienes tradujo Birds of La Plata, de William Henry Hudson, considerado el primer ornitólogo argentino. Los conocimientos de Mariano sobre el prodigioso mundo de los pájaros eran formidables. Una noche, mi hermano Javier encontró a su pájaro desmayado. Me llamó en plena madrugada para preguntarme si no podíamos preguntarle qué hacer a Mariano. Su esposa estaba desolada. Mi amigo se vistió, se tomó el primer taxi y curó al pájaro, un ejemplar del que se enamoró porque tenía un “humor extraño”. Javier le contó que volaba como un loco por la casa y picoteaba en la cabeza a todo aquel que se le acercara. Mariano le aconsejó que apagara la luz por las noches: había que respetar sus ciclos de sueño. Aquel hermoso pájaro sin pedigrí pero de carácter excepcional se calmó y sobrevivió.

Nunca sabré si Mariano conocía la increíble historia de Silvano Di Venanzo, el electricista nómade de La Concha, y la de su mascota marciana, el manyunato bañado en anilina que lo hizo millonario. Tampoco sé, y me resigno a no saber, si me hubiera podido ayudar a identificar al raro animal. Sólo sé que ahora, cuando a Mariano se le apagó la luz, seguiremos despiertos rescatando y leyendo sus textos.

Todavía tiene mucho por decir. Por eso confío en que pronto estará nuevamente entre nosotros.