Cartas de Lectores

¿Patear el tablero?

Señor Director:

He leído con sumo interés el artículo de Alejandro Agostinelli, “Patear el tablero” y —mérito del autor— me ha dejado pensando en más de un punto.

Debo reconocer que la imagen de la sesión mediúmnica con escépticos invocando a los espíritus de Bertrand Russell y Carl Sagan no sólo no me erizó la piel de indignación sino que me pareció una feliz caricatura del modo de actuar de cantidad de escépticos en listas de correo y blogs.

Desde mi punto de vista Agostinelli acierta en varios temas cruciales, como cuando denuncia el intento “evangelizador” de algunos racionalistas que quieren imponer el pensamiento crítico a martillazos. También señala con razón que “credere humanum est” … los escépticos mismos no están libres de creencias (aquí no debemos olvidar que “creencia” no es sólo “tener fe en entidades sobrenaturales” sino “dar por bueno algo en ausencia de pruebas”). ¿Qué escéptico de pro se anima a cuestionar algún dicho de Randi sin antes temblar con la casi seguridad de que está por decir alguna burrada?

Es muy perspicaz también su observación de que el aire de superioridad del pensador crítico (sincerémonos con éste “defecto” que padecemos) espanta al creyente, “en especial al vacilante” pues éste tiene mucho para perder: le ofrecemos nada menos que incertidumbre donde quizás tenía certezas, aún peor, quizás provoquemos angustia o mayor desconfianza.

Pese a que coincido con el autor en que construir consensos en grandes colectivos es utópico, no creo que sea un debate interminable (y tan estéril que haga patear el tablero a los frustrados escépticos que anhelan que se les señale el camino).

En mi opinión no se debe confundir el “escepticismo metodológico” (deseable desde mi punto de vista) con un “escepticismo dogmático” que busque imponer la propia ideología al otro. Sin ser lingüista ni semiólogo, creo que —salvo una noticia de cable— no existen textos que carezcan de elementos informativos y persuasivos. Claro que estos últimos pueden ser más sutiles o groseros, por eso me parece que si Agostinelli afirma que es preferible informar a persuadir: debiera considerar la posibilidad de que en todo texto informativo se deslice un intento de convencer al otro lo quiera o no. Se me ocurre que quizás fuera preferible un mensaje persuasivo explícito en vez de uno “informativo” que quiera pasar por “químicamente puro”.

Es probable que si los escépticos esperamos que los “espíritus” nos revelen cómo debemos actuar, terminemos pateando el tablero por frustración. No se debe evangelizar a nadie, pero no está nada mal tomar conciencia del poder que poseen “el dogma y sus engaños”. Pienso que el escepticismo metodológico es una buena inmunización.

Lo saludo cordialmente

Pablo Becerra, Argentina


Estimado Pablo:

En mi nota no planteo la necesidad de construir “consensos en grandes colectivos”. No porque lo considere utópico, que lo es, sino porque me parece innecesario. Tampoco quiero demostrar que la prédica escéptica es per se frustrante ni que hay que evitar los debates interminables (a veces valen la pena, basta con escapar a tiempo.)

Sólo quise llamar la atención sobre cuestiones formales del discurso e invitar –no persuadir, je– a no caer en la trampa del pensamiento único.

Esto implica ser cautelosos con los brights o con cualquiera que postule sus ideas, o el modo de presentarlas, como “superiores” a otras menos lapidarias.

El escepticismo metodológico es sin duda el deseable: prefiere preguntar antes que afirmar, dudar antes que evangelizar, comprender pequeños escenarios antes que responder “la totalidad” de grandes fenómenos. No sólo me parece deseable para desmontar patrañas o esclarecer mitos: también es –sospecho– el único antídoto posible para contrarrestar el influjo del racionalismo troglodita.

En cuanto al mentado “periodismo persuasivo”, es verdad que los textos neutrales no existen. El autor que expone francamente sus puntos de vista de mí obtendrá un mucho gusto, encantado de conocerlo. Pero el lema el que avisa no es traidor tampoco es garantía de calidad. A veces, un cóctel difuso de opinión e información da lugar a la sospecha de que el redactor podría estar tergiversando o alterando la información en pos de un interés diferente al de informar (son conocidos los casos de “escépticos” que han acomodado datos al servicio de una crítica falaz).

Tampoco es cierto lo contrario, evidentemente.

Hay artículos admirables donde el autor parece ausente. No es que mienta: está. Pero hizo desaparecer a su ego porque advirtió que una historia se contaba sola, que era mejor no estar ahí, que él –o el peso de su propia opinión– no era necesario. Puede que sus ideas haya que leerlas entre líneas, claro. Pero descubrirlas será una de las satisfacciones del lector inteligente; ese lector que preferirá digerir por sí mismo.

A mí me parece mejor ese periodismo al otro, colmado de adjetivos y otras desmesuras.

Atención: a menudo, los lectores sólo quieren informarse. Saben que, para bajar línea, están los editoriales, las columnas de opinión o el autodenominado “periodismo independiente”.

Gracias por tu carta.