Controversia

Patear el tablero

03-Alejandro_AgostinelliUNA SECTA ESCÉPTICA INVOCA A LOS ESPÍRITUS DE RUSSELL Y SAGAN PARA QUE DIGAN CÓMO RESCATAR ALMAS PERDIDAS. TEMARIO: MANUAL DE ASISTENCIA AL SUICIDA * EL HOMBRE CON FE CIEGA QUE RESULTÓ TUERTA * EL DOGMA: ANTÍTESIS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO * LA VICTIMIZACIÓN DEL CREYENTE * EL AMOR Y OTROS CULTOS DESTRUCTIVOS. POR QUÉ ES PREFERIBLE INFORMAR A PERSUADIR.


Cinco atribulados escépticos, sentados en posición de loto alrededor de una tabla ouija, quieren saber cuál es el sentido de su existencia. Cuál es su misión en el Universo. Se encerraron en un cuarto donde el aire es espeso. Algunos fuman, otros tosen whisky y uno ahoga sus penas de amor en ginebra. La llama recta de una vela preside la escena. Reina un clima solemne. No es para menos, están allí para interrogar a sus espíritus de cabecera sobre el alcance de sus estrategias para tratar de instalar el pensamiento crítico en una sociedad dominada por la magia. También les preocupa determinar la percepción pública del destructor de mitos. No porque les desagrade ser acusados de robar ilusiones —cargan esa mochila a mucha honra—; sólo quieren saber cómo captar la atención en vez de causar rechazo. Cómo taladrar el andamiaje cultural que sostiene a ciertas supercherías. Cómo hacer reflexionar a quienes nunca lo hicieron. O lo hicieron equivocadamente. Quieren saber, en fin, cómo hacer pensar… correctamente a las masas adoctrinadas en las cochambrosas creencias propagadas por revistas baratas, supersticiones pop e iglesias de todos los colores.

Se preparan para dialogar con el espíritu de Bertrand Russell. Uno de los presentes, enrolado en la línea dura, se arrepiente ante el Maestro por sus pecados —sus lapidarias certezas daban la medida de su ignorancia— y planteó su duda:

“¿Cómo doblegar la tenacidad de un público aferrado a creencias deleznables?”. Pero nada, la persiana baja ni siquiera permite el consuelo de una brisa. Entonces, pasaron a invocar al espíritu de Carl Sagan: “¿Cómo lograr que los creyentes evalúen los argumentos
disidentes? ¿Cómo hacerlos tambalear?” Más quietud en la noche. “Uh, a la tabla parlante le falta el puntero” —recuerda un frater, y desliza su Ipod sobre la mesa. Cada uno presta un dedo para mover el cursor. “¿Qué conviene ser? ¿Duros, blandos o semiblandos?”, plantea el de la línea de en medio. Más silencio. “¿Es posible rescatar a un creyente en pseudociencias, cultos extravagantes o devociones extremas?”, dispara el duro. Otra vez nada. “¿Cómo llegar mejor, con sentido del humor o… santa paciencia?”, arriesga un escéptico de la línea tierna. Y así toda la madrugada.

Los espíritus, acaso porque el éter los vuelve sordos como una estatua o de puro caprichosos, están empacados. Se niegan a manifestarse, o saben la respuesta y se la guardan: argumentar contra su propia existencia es una paradoja turbulenta, capaz de hacer estallar los cimientos mismos del mundo espiritual. Fin del cuento.

Ante tamaña decepción, la herética cofradía se trenzó en un debate sobre por qué cada cual consideraba mejor una u otra estrategia. Pero no llegaron a ninguna conclusión.

Las razones deberían ser claras: si esas preguntas persisten es porque no puede haber unanimidad. Construir consenso alrededor de estas cuestiones es casi imposible: las personas y sus creencias no resisten abstracciones. La falta de homogeneidad incluye a escépticos y creyentes; a religiosos y ateos. ¿Será porque toda generalización lleva al equívoco? ¿Será así, que la complejidad del ser humano y sus matices es un asunto que no resiste simplificaciones?

Mientras jugaban con la ouija, el escéptico duro introdujo un concepto digno de refutación. Propuso… rescatar al creyente. Ahora bien, antes de rescatar a un “creyente”, ¿no conviene preguntarse si quiere ser rescatado? A menudo, el que cree (mucho y en lo que sea) vive en un mundo confortable. No pide ser iluminado por un bienpensante. Amplío la idea con un ejemplo extremo. Si un señor está por tirarse desde un décimo piso ¿qué hacer? ¿Forzarlo a desistir o tratar de hacerlo reflexionar? ¿Le darías un empujón al otro lado, a ese mundo del que quiere escapar porque sólo encuentra infelicidad? A lo mejor, si le das tiempo para que explique sus penas, te despedirías de él con respeto: tal vez concluyó que el juego había terminado y decidió hacerse cargo de su propio fin. No faltará quien postule la necesidad de recordarle las razones por las cuales vale la pena vivir. Quién sabe: quizás, antes de subir a la terraza, el suicida ya había pensado en ellas. Pero nosotros le recordamos el placer de contemplar una noche estrellada, el aroma del café o la belleza de una sonrisa amada. Pero el tipo nada. ¡Claro! —piensa uno. Soporta una presión emocional tan intensa que es incapaz de tomar una… ¿decisión racional? Rara vez pensamos que las razones que le podemos dar para vivir a un suicida son las nuestras, no las suyas. Y que, tal vez, nuestros argumentos pueden resonar como una estupidez mayúscula, que acaban acelerando su voluntad de quitarse la vida.

Estas preocupaciones no sólo agitan la mente de quienes soñamos un mundo donde la inteligencia le gane a la insensatez; donde la lógica se imponga sobre las falacias y así resulten derrotados —por fin— los fabricantes de enigmas de cotillón. Quiero decir: no son inquietudes exclusivas de un puñado de guerrilleros semánticos desvelados sobre cómo combatir el auge de las ciencias tramposas o el de las mentiras maquilladas de creencias respetables. Son compartidas por todo aquel que tiene una tía que empeña su jubilación en lecturas de la borra del café, un primo que ahorra para visitar algún día el ashram de Sai Baba o un amigo que no va ni hasta la esquina porque el horóscopo le anticipó un mal día (sin notar que en su casa lo está por matar una pérdida de gas). Mal de muchos: a todos nos ha tocado poner el deseo por delante de la realidad. Ese estado de ánimo nos vuelve caprichosos. Vulnerables. Poco permeables a la crítica. Ante la evidencia en contra somos tuertos, chicatos o bizcos. Hay casos de ceguera, pero ésta nunca es completa. También, suele ser un estado transitorio: el desencanto causado por una experiencia personal negativa de 20 minutos disipa todo brillo de ilusión con más rapidez que 24 horas de exposición a la luz racionalista.

Aún así, ¿a quién no le gustaría disponer de un manojo de argumentos elásticos que se adapten a cada circunstancia, a cada personalidad? Bastaría memorizar una serie de fórmulas ad hoc y aplicarlas, según el caso o la necesidad. Pero no, nadie tiene fórmulas infalibles porque no las hay, del mismo modo que no hay verdades reveladas en las góndolas de los supermercados. Lo que hay son informaciones e ideas —esta revista ofrece muchas de ellas— que se pueden administrar en arreglo a la predisposición de los interesados. Eso dije: interesados. El tiempo ideal para introducir el pensamiento crítico es la educación inicial. Pasada cierta edad, sólo cuenta la voluntad y el deseo por calmar dudas. A una fe templada en el temor a una autoridad divina ¿le cabe una prédica paternalista? Un sermón dogmático no puede ser conjurado por otro de signo opuesto. El dogma —si el plan es difundir el pensamiento crítico— está en la vereda de enfrente. Otro dilema es el tono. El aire de superioridad del refutador estándar espanta al creyente, especialmente al vacilante; si alguno de ellos pregunta y el crítico quiere hacer un aporte eficaz… ¡peligro de disonancia cognitiva! El que cree tiene mucho para perder; sabe que —si sus creencias son heridas de muerte— luego deberá enfrentar al vacío en puntas de pie. Richard Dawkins dice que la blasfemia atea no causa bajas. Falso: sólo enardece a la barra. Pero no toca la estructura. No altera el statu quo.

El paradigma del “razonamiento defectuoso” o del “pensamiento incorrecto” invade blogs, sitios de Internet y listas de correo donde se baja línea sobre cómo funciona el verdadero escepticismo. Considerar al creyente “víctima” (de un sistema de creencias, del mercantilismo de los medios, de los magufos, etc.) es una letanía que no ayuda a comprender los motivos por los cuales adhiere a tal o cual creencia ni a presentarle enfoques alternativos que resulten atractivos por su perfume, sabor o color.

Aquella mezquina máquina de percibir desviaciones en la racionalidad ajena es, a mi modo de ver, víctima de su propio enunciado: raramente sabemos cuáles son los beneficios o pérdidas que corresponde cargar a la cuenta de creencias relacionadas con la fe religiosa, la magia o lo paranormal. La victimización del creyente es un diagnóstico que adolece de una quisquillosa relatividad: todo balance es demasiado personal. Quién sabe si el que eligió creer en el destino según las runas zafó de apostar por creencias que le ocasionaban daños más severos, sean las drogas duras, la adicción por el juego o por la televisión. Quién sabe si el que ahora abraza a la ovnilogía acaba de librarse de la influencia de un gurú que solía vaciar sus bolsillos. O si el aficionado a la terapia angélica recaló ahí desplazando una creencia menos paranormal y peor, como haber creído en el falso amor de una pareja que le estaba arruinando la vida. El amor es una creencia tenebrosa; sus mártires caen como moscas y no figura en los manuales de los luchadores contra los cultos destructivos.

Tras su fracasada sesión espiritista, los escépticos patearon el tablero. Pero siguieron con su debate interminable. En eso, se enciende la pantalla del Ipod. Es Carlos Gardel cantando la última estrofa de Uno, el himno al despecho de Enrique Santos Discépolo*. ¿Acaso el espíritu del tango tiene algo para decir?

… pura como sos, habrías salvado
mi esperanza con tu amor.
Uno está tan solo en su dolor…
Uno está tan ciego en su penar…
Pero un frío cruel, que es peor que el odio,
punto muerto de las almas,
tumba horrenda de mi amor,
maldijo para siempre y se robó
toda ilusión…

Por suerte, Russell y Sagan siguen en silencio. Total, nos hablan desde sus libros. Pero ciertos misterios —ayer creímos, hoy dudamos, mañana dejaremos de creer— nos acompañarán hasta la tumba. Porque credere humanum est. Además ¿quién puede asegurar que creer siempre es la peor opción? Lo contrario es negarse a aceptar un aspecto esencial de la condición humana.


Notas

  1. El Editor: – Gardel murió antes de que se compusiera Uno. ¿Acaso canta desde el Más Allá?
  2. El Autor: – Yo no lo dije.