Controversia

Periodismo y Escepticismo: Sembrar la Semilla de la Duda es una Inversión a Largo Plazo

CONTRA EL MITO DE LA OBJETIVIDAD PERIODÍSTICA Y EL ESCEPTICISMO COMO RÓTULO. “PREFIERO SER ESCUCHADO ANTES QUE SER ETIQUETADO”, DICE EL AUTOR DE ESTE POLÉMICO ARTÍCULO.


03-Alejandro_AgostinelliHay periodistas que estamos tan envueltos en la maraña de los medios que nos cuesta escribir sobre el ambiente donde creemos nadar como peces en el agua. A mi -perdón, pero las confesiones se escriben en primera persona- me pasa seguido. Es más: no sé de qué extraña región de mi neurocórtex saco fuerzas cada vez que debo pontificar sobre cualquier cuestión relacionada con el llamado pensamiento crítico y el modo en que éste se inserta en los medios. Iré con cuidado, no quiero dar palazos de ciego sino tratar de encender una velita en el oscuro fragor de los talk-shows, los reality-shows y los pseudosesudosdebates de medianoche en cables de mala muerte. Por eso, primero, paso a enumerar los motivos por los cuales a este periodista le cuesta “deconstruir” su oficio.

Primera razón. No es fácil observar el propio papel cuando uno descubre horrorizado que a menudo es otro ladrillo en la pared. No soy perfecto y acepto mis contradicciones: a veces me comporto como un engranaje del sistema que repudio: atrapado por la inmediatez y las presiones de la mano que me da de comer, me veo actuando contra los principios que defiendo. Y me detengo aquí: estas líneas pretenden ser algo más que la catarsis de un periodista a punto de soltar parte del lastre de veinte años de oficio encima (y sólo parte, digo, porque no quisiera concluir con un hagan de mis despojos lo que quieran.)

Segunda razón. Cualquier análisis de los medios desde adentro impone una dosis razonable de autocrítica y -aun siendo impiadosos- uno siempre será sospechoso de esconder ases en la manga. ¿Qué valor de análisis tiene la “confesión” de cualquier autoproclamado ómbudsman de su actividad? Tal vez, el mismo que le otorgamos al testimonio (parcial) de un arrepentido: podemos estar ante la tuerta visión de un resentido que, para colmo, maneja un puñado de palabras que le permiten fingir cierta (engañosa) equidistancia. Con todo, en defensa de la necesidad de ventilar los trapitos sucios del oficio, digo: si no fuimos capaces de convertirnos en paladines de la ética periodística, al menos seamos heroicos al confesar nuestras miserias.

Tercera razón. Siempre me costó demostrar por qué llegué a la conclusión de que me parece preferible promover la divulgación científica de lo paranormal -para mí una forma no militante de ejercer el escepticismo-, antes que la (igualmente necesaria) actividad desmitificadora de organizaciones como el CSICOP. Elegí el camino de la divulgación, pero sé que no es el único ni el mejor: existen diversas maneras -no excluyentes y por tanto simultáneamente válidas- de ejercer el pensamiento crítico. Somos muchos los que compartimos la misma intención de fondo: contagiar el espíritu transgresivo del método científico se nos antoja una gesta maravillosa. Sin embargo, no todos coincidimos en que se pueden tomar diferentes vías para alcanzar el mismo objetivo. En este caso no creo en “estrategias superiores a otras” por la sencilla razón de que existe una diversidad de audiencias: cada cual puede tener sus propios interlocutores.1

Ya expliqué por qué me cuesta hablar de periodismo y escepticismo. Ahora, paso a detallar algunos de los motivos por los cuales decidí exponer aquí el asunto:

La noción popular sobre la “objetividad periodística”. La objetividad suele ser proclamada como un modo elegante de encubrir la… falta de objetividad. Lejos de suscribir el latiguillo según el cual “mi peor defecto es la sinceridad”, entiendo, con Umberto Eco, que el primer paso en camino a ciertaobjetividad (que no es más que una “tensión hacia la verdad”, es decir, un ideal deseable en pos de un relato periodístico veraz), es “asumir la responsabilidad de no ser objetivos, de manifestar la propia posición”.2 La compleja trama de los acontecimientos, el papel que jugaron sus diferentes protagonistas y las relaciones entre éstos y los presuntos hechos, son factores que -según cómo son presentados- dan lugar a interpretaciones equívocas. Por eso tranquiliza conocer la opinión del periodista, cuyos informes no son -ni en el mejor de los casos- espejos pulidos de la realidad sino eslabones (siempre sesgados) de la cadena informativa. Como escribió Miguel Rodrigo Alsina, el periodista es un “productor de la realidad social”:3 creer en su objetividad sería suponer que él no está jugando ningún papel en la suma de pequeños relatos con que a diario construimos “el gran relato del mundo”. En nombre del mito del periodismo objetivo se oculta el sistema de producción de las noticias: intereses, ideologías y causas a cuya defensa se arrojan propietarios, administradores y anunciantes de los medios de difusión (para no hablar de las promiscuas relaciones que se establecen entre ellos).

La existencia de un “periodismo independiente”. Bueno, las excepciones existen. Nunca falta el periodista que se enorgullece de ejercer su oficio con independencia, recursos suficientes y libertad para expresar lo que desee incluso cuando contradice los intereses de los dueños de los medios o de los anunciantes. (Si alguien conoce a esta excepción, que me la presente: siempre es bueno conocer gente nueva…)

El folklore según el cual “el dinero todo lo puede”. Sobre este asunto circulan abundantes lugares comunes que entronizan ideas falsas. Ejemplo: no es necesariamente cierto que la mayoría de los periodistas canallas venden sus espacios al mejor postor: a menudo son vagos, imbéciles o ambas cosas. En la TV argentina había un programa de entrevistas cuyo conductor, a modo de despedida, solía invocar a un espíritu. No, no era el espíritu de ningún difunto: “espíritu crítico”, le llamaba. Pero sus reportajes eran tan complacientes que apestaban. ¿Era un vendido? Quizá no, es más probable que su indulgencia buscase asegurar la presencia del entrevistado en una próxima ocasión que juzgarlo con excesiva suspicacia.

¿Importa más “decir la verdad” que exponer cómo alcanzarla? “Ser escéptico”, en la actual cultura de masas, equivale a tener posición tomada, y no me parece en absoluto deseable ser etiquetado antes que ser escuchado. Por eso, si me invitan a un programa de TV, declino con amabilidad que el rotulador electrónico tipee bajo mi nombre un estigma –periodista escéptico, por ejemplo- que desvía el foco de atención de las pocas cosas interesantes que uno pudiera tener para decir. El público tiene una idea estereotipada sobre los comunicadores que contradicen mitos, leyendas y falacias. Más aún, por no ser despectivo, he aprendido de los antropólogos a llamar cultura popular a asuntos cuya credibilidad se podría “destruir” en ocho palabras, invocando el principio de autoridad. Por ejemplo: “Esa luz extraña no prueba que nos visiten extraterrestres” (porque se lo digo yo). Uno, en cambio, puede ser respetuoso, gentil y brindar toda la información posible para orientar al público en la dirección del sentido común. Nos llevará más tiempo, nos pueden quitar el micrófono y -si el programa no sale en vivo- correremos el riesgo de ser editados (léase: manipulados). Pero sembrar la semilla de la duda es una inversión a largo plazo: presentar un ejemplo vivo de cómo razonar ante una afirmación extraordinaria permite que ese razonamiento luego sea aplicado a otras cuestiones, y las opiniones personales tienen un alcance mucho más restringido. Pedir que te crean, aunque te asista toda la razón del mundo, no es tan servicial, didáctico e instructivo como informar. Y antes que predicar o tratar de convencer, lo que cuenta es mostrar que existe otra manera de reflexionar.


Notas

  1. Deseamos influir sobre los demás, y a veces parecemos tener codificado una suerte de “destino genético” que pretende alcanzar, o al menos rozar, La Utopía de La Integración Perfecta. Algunos somos así, perpetuos e ilusos buscadores de la homogeneidad, más interesados en que “los otros se nos parezcan” en vez de la más modesta -y realizable- misión de ser idóneos comunicadores de conocimientos y valores, para que los aprovechen quienes deseen servirse de ellos.
  2. Eco, Umberto; en “Obbietivitá dell’informazione: il dibattito teorico e le trasformazioni della societá italiana”, en Informazione. Consenso e disenso, VV.AA., Il Saggiatore, Milan, 1979. Citado por Alsina (1993).
  3. Alsina, Miguel Rodrigo. La construcción de la noticia (Paidós Comunicación, Barcelona, 1993).