Reseñas

Primera antología de conspiranoia criolla

screen-shot-2016-11-17-at-12-49-47-pmDelirios argentinos. Las ideas más extrañas de nuestra política. Autor: Sergio Kiernan. Editorial Marea. 196 páginas.


Debió madurar sus ideas varios años Sergio Kiernan, autor de esta magnífica recopilación de biografías, sucesos y pensamientos desorbitados, para reconstruir la historia de las ideologías extremas argentinas más bizarras sin perder el sentido del humor.

Kiernan descubrió un hilo conductor —la fantasía política del fanático, el discurso “que suena lógico” fundado en el disparate, el divague que le busca una vuelta verosímil a lo estrambótico— para hilvanar la increíble peregrinación de fascistas incorregibles, marxistas galácticos y otros iluminados en la historia de las ideas criollas.

El autor de Delirios argentinos no buscó tanto llamar la atención hacia manipuladores conscientes de la realidad (sean macaneadores, tramposos o estafadores) como orientar la mirada a personajes cabalmente convencidos de que los fantasmas que pueblan su mente son de verdad, convirtiendo a su obra en el desopilante catálogo de las alucinaciones intelectuales de quienes creyeron o aún creen en la realidad de las creencias, dogmas y doctrinas más disparatadas.

Su trabajo arranca con un repaso de los fundadores del antisemitismo criollo: José María Miró (“Julián Martel”), Enrique Martínez Zubiría (“Hugo Wast”) y Walter Beveraggi Allende. No se olvida de los nuevos nazis, como los que insisten con El Plan Andinia (mutación local del famoso apócrifo Los Protocolos de los Sabios de Sion), la invención de Beveraggi Allende según la cual “los judíos vienen por la Patagonia”. Indaga en el racismo cultivado por la Junta Militar que sometió a la Argentina entre los años 1976 y 1983, para cuyos ideólogos hasta los Testigos de Jehová merecían trato de “subversivos” porque “le faltaban el respeto a la Patria” al negarse a hacer el servicio militar. También explora la mentalidad de los partidos de izquierda que consideraron un “mal menor” a la más atroz dictadura e —incluso— llegaron a ver aspectos meritorios allí donde cualquiera veía Gorilas en la Niebla.

Si el común denominador de las figuras políticas que Kiernan aborda es el delirio —sucesos sólo reales en la vida psíquica de sus promotores—, también delata la red de vasos comunicantes que conforma a la Teoría de la Conspiración, ese modelo explicativo del Universo donde ningún cabo queda suelto.

Kiernan investiga el pasado de ideas que cada tanto se renuevan: el enemigo viene de afuera, los nativos siempre somos inocentes y no hay solución sin exacerbar creencias nacionalistas y (malentendidos) sentimientos antiimperialistas. También se aventura en sus ramificaciones contemporáneas cuando señala la supervivencia de ciertas mitologías funambulescas: si los viejos nazis locales alguna vez creyeron que en la Patagonia se iba a fundar una Segunda Israel, sus “apátridas” sucesores deben cumplir con, al menos, dos requisitos: ser poderosos y extranjeros. Por eso, los “chupasangre” que merodean el sur argentino ahora “vienen por el agua”, ratificando el concepto de que el mito del invasor foráneo siempre cuaja en el imaginario colectivo. ¿Por qué? Porque la conspiranoia es un mal que desborda las fronteras ideológicas. Tal vez por ese motivo no sorprenda que dos argentinos ubicados en las antípodas —el sociólogo fascista Norberto Ceresole de un lado, y León Cristalli, hijo del trotskista cósmico J. Posadas, del otro— se cruzan en el infinito, apoyando —por ejemplo— al gobierno del caudillo venezolano Hugo Chávez.

La autovictimización, el sentimiento de persecución y la percepción de que toda opinión adversa es un “ataque del enemigo” consolida la cosmovisión de grupos que todavía deambulan en la tragicómica política argentina. Y que, inmunes a toda autocrítica, son tierra fértil para facilitar el surgimiento de los fundamentalismos.

Delirios argentinos es una obra a la que no le faltan reflexiones lúcidas —aunque a veces Kiernan se deja ganar un poco por la emoción— ni investigaciones concienzudas. Pero, sobre todo, el autor de estas líneas celebra que haya logrado sobreponerse al desafío mayor, que es el deseo de tirar fuentes, folletos y libros a la basura.