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Pseudociencias, pseudocientíficos, loquitos

Las pseudociencias parecen gozar de una larga vida y muchos seguidores. En 1849, Samuel Birley Rowbothan publicó un panfleto llamado Astronomía Zetética donde describía experimentos que probaban que la Tierra era plana. Durante los siguientes treinta años —y uno no puede menos que admirarle la constancia—, se dedicó a escribir artículos y hablar incansablemente del tema. Cuando los espectadores dudaban, Rowbothan intentaba convencerlos citando la Biblia.

Según su teoría, nuestro planeta es una gran planicie en el piso de una burbuja, en un universo de piedra iluminado por dos globos: el Sol y la Luna; cuando la Luna desaparece es porque un cuerpo desconocido se le interpone.

Para Rowbothan, la Tierra no es redonda, por lo que no tiene arriba ni abajo: el Polo Norte esta en el centro del disco, con los continentes en los extremos — igual al logo de las Naciones Unidas— y la Antártida no existe porque después del mar viene una pared de hielo de unos cincuenta metros de alto.

En 1956, Samuel Shenton renombró al grupo de creyentes como “Sociedad Internacional de la Tierra Plana” y cuando le mostraron las fotos del primer alunizaje, respondió: “es simple ver cómo una foto como ésta engañaría a un ignorante”.

Para la organización, el gobierno construía enormes maquetas y engañaba a los incautos usando actores y guiones de Arthur C. Clarke.

Cuando murió Shenton, en 1971, Charles K. Johnson fue nombrado su heredero. Johnson vivía en California con su mujer, Marjory, quien se ofendía si criticaban sus ideas: ella nunca había visto gente caminado cabeza abajo.

Los Johnson multiplicaron los asociados, que hoy suman unos tres mil. En 1995, su casa se quemó y perdieron los archivos con sus investigaciones y trabajos. Al año siguiente murió Marjory y en el 2001 su marido. (www.theflatearthsociety.org es el punto de encuentro de los creyentes que quedan.)

También tenemos la teoría de la Tierra hueca que la muestra como una esfera con accesos secretos por los polos. Isaac Asimov comentó los orígenes de esta creencia: en 1665, Atanasio Kircher, un sacerdote católico alemán, publicó Mundo Subterráneo, donde describía una Tierra llena de cuevas y túneles donde dormían furiosos dragones.

Cien años después, el científico inglés Henry Cavendish determinó la masa de nuestro planeta, de tal modo que era imposible que hubiera un mundo secreto bajo nuestros pies. Sin embargo, en 1818, un descreído ex oficial del ejercito norteamericano llamado John Cleaves Symmes intentó organizar una expedición para buscar esos accesos secretos desde el Polo Norte.

Los planetas eran huecos, explicaba Symmes, porque seguían la ley natural: los huesos de los animales, los tallos de trigo, las hierbas: todo es hueco. Así, las tribus perdidas de Israel no habían desaparecido: simplemente habían encontrado el acceso secreto y ahora vivían ocultas cómodamente en el interior.

Para Cyrus “Koresh” Teed somos nosotros los que vivimos adentro: la Tierra es sólo una burbuja de roca que contiene a los humanos, con el Sol y la Luna flotando en el vacío.

Teed fundó la Unidad Koreshana de Chica y sus discípulos se pusieron a trabajar midiendo la curvatura de la Tierra. Cuando los criticaban —cosa que ocurría muy a menudo— Koresh se comparaba con Galileo: era un visionario perseguido, un genio incomprendido.

Los “koreshanos” inspiraron en la Alemania nazi la Teoría del “Mundo Hueco” según la cual la luz viaja formando una curva cerrada. Si es cierto, pensaron los altos mandos alemanes, usando una luz infrarroja podrían ver la flota británica en sus puertos. Una decena de hombres fue enviada a la isla de Rügen en el Báltico para que hicieran el trabajo. Obviamente no paso nada.

Si se cae una teoría siempre hay otra para reemplazarla y ahí estaba el “Mundo de Hielo” de Hans Hörbiger, que postulaba que la Luna no estaba girando alrededor de la Tierra sino cayendo en una espiral descendente.

Su idea era que el espacio no está vacío, sino lleno de un fluido viscoso, y cualquier cuerpo que lo atraviesa pierde fuerza debido a la fricción. Por lo tanto los cuerpos en órbita estarían bajando gradualmente en espiral: la Tierra cae hacia el Sol y la Luna hacia la Tierra.

Los nazis usaron esta teoría para reemplazar a la “ciencia judía” que importantes físicos alemanes —como los premios Nobel Phillip Lenard y Johannes Stark— condenaban.

No fue lo único que reclamaron y retocaron a su gusto: la Atlántida había sido una leyenda popular pero el libro de Ignatis Donnelly, Atlántida, el continente perdido, de 1882 la difundió por todo el mundo.

Según Donnelly, los antiguos dioses —griegos, fenicios, hindúes, escandinavos— eran reyes, reinas y héroes del viejo continente con una vida social muy agitada: colonizaron Egipto y Perú, fundaron la mayoría de las civilizaciones antiguas de Europa, África y América, introdujeron las edades del bronce y el hierro e inventaron alfabetos para los fenicios. Cuando la Atlántida se hundió sólo unos pocos pudieron escapar para contar la historia disfrazada como mito.

La noción de Donnelly de que la Atlántida era la patria original de los arios, o “familia indoeuropea de naciones”, despertó, por supuesto, el interés de los pseudocientíficos nazis. En 1922, Karl George Zschartzsch publicó Atlantis, die Urheimat der Arien (Atlántida, la patria original de los arios), demostrando lo buenos que eran todos los atlantes hasta que una mujer —no aria, por supuesto— trajo bebidas alcohólicas y la isla se hundió en medio de bacanales y borrachos.

Las diferencias entre científicos y charlatanes pueden ser graciosas en un debate público, pero cuando aparece la política, las cosas se complican.

En Las raíces ocultas del nazismo, Goodrick-Clarke nombra dos casos extremos: Guido von List y Jörg Lanz von Liebenfels. Von List construyó una historia germánica paralela, basada en una tradición esotérica que —decía— habría sido reprimida por esa trilogía terrible: la Iglesia, los judíos y la modernidad. Basándose en los chamanes germanos llamados por Tácito “hermiones”, Von List creó el “armanismo”, la gnosis de los primitivos arios que dominaban el poder mágico de las runas y usaban como símbolo la esvástica. Los templarios, los rosacruces y Giordano Bruno habían sido “armanistas secretos”. La Cábala también era una creación germánica, usurpada por los judíos.

Jörg Lanz, por su parte, había sido monje, discípulo del biblista Schlögl, cuyas obras antisemitas habían sido prohibidas por la Iglesia. Lanz empezó a rastrear pistas y a usarlas o desecharlas de acuerdo a sus necesidades: en una lápida medieval “descubrió” la imagen de un caballero acompañado por un simio y creyó encontrar figuras semejantes en el arte babilónico. De estas “pruebas” dedujo que junto al verdadero hombre ario había existido una