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Relativismo epistemológico y multiculturalismo Un cáncer en el seno de las democracias

Poniendo en duda la realidad

El relativismo cultural postula que todo sistema cultural es rico y valioso por sí mismo, afirmación que desde cierta óptica, no pasa de ser una verdad de Perogrullo: en todo sistema cultural tiene que haber aspectos valiosos, pues de lo contrario habría sido imposible que todo un colectivo humano se hubiera sostenido por una prolongada etapa histórica. El problema es cuando el relativismo viene con su relativización absoluta de la ética y de la moral humanas, viendo cualquier acto como “adecuado y valioso” dentro de su contexto cultural. Esto origina el multiculturalismo, que propende a inmunizar a la crítica de las subculturas inmersas en una democracia, sea por motivos de corrección política, por supuesta “tolerancia”, por condescendencia ante poblaciones ancestrales abandonadas estatalmente, o por tolerancia a costumbres de inmigrantes.

Es precisamente este multiculturalismo acrítico el que plantea los mayores peligros a cualquier sociedad democrática que defienda los derechos humanos individuales.

El relativismo cultural está íntimamente vinculado con otro concepto: el relativismo epistemológico. Al considerar a la “Ciencia Oficial” como un simple producto de su cultura respectiva, dicho relativismo no le reconoce valor de verdad absoluta a ninguno de sus datos, modelos y teorías; éstos sólo tendrían un valor de verdad relativo a su contexto social. Para tales ideas filosóficas, la ciencia, sus interacciones y por ende, sus resultados teóricos y prácticos, no son más que un “juego lingüístico” que se da dentro de la comunidad científica occidental, y como todo juego, sus reglas serían tan arbitrarias como las del tenis o el baloncesto. Incluso algunos autores llegan a proponer que se abandone el pensamiento “racionalista-­cientificista” como única forma de discurso.

Poniendo en duda la realidad

El mismo concepto de “realidad externa” —que está imbuido en nuestros organismos por cientos de millones de años de evolución biológica— es puesto en duda por algunos de estos intelectuales, con bases tan endebles como el hecho simple de que nuestros sentidos no pueden aprehender la totalidad de la realidad. Al parecer, una afirmación tan obvia como que un sistema de sensores jamás puede representar con total fidelidad las variables y el entorno físico que sensan, termina siendo una excusa filosófica ridícula para cuestionar la existencia misma del entorno sensado, o la correspondencia de las medidas del sensor con algunos aspectos reales del entorno.

Así, partiendo de obviedades que los científicos manejan cotidianamente, los intelectuales posmodernos terminan emitiendo afirmaciones exageradas como: “es imposible lograr un enfoque objetivo”, “no hay verdades absolutas”, ante lo cual, los escépticos respondemos con sarna, respectivamente: “¿es esa afirmación objetiva?” o “¿esa inexistencia de verdades absolutas es una verdad absoluta?”… En todo caso, el cuestionamiento de la realidad termina permitiendo posturas tan descabelladas como el solipsismo, idea en la que sólo se acepta la existencia de uno mismo y que considera todo lo demás como una “creación de la propia mente”.

Hipocresía posmoderna

No obstante las diatribas de estos “intelectuales” posmodernos contra la interpretación tradicional de la ciencia moderna, y el concepto de objetividad, verdad, y realidad, ellos mismos son delatados por sus propios actos. Ningún posmoderno radical se comporta como predica. Todo lo contrario: para efectos prácticos son realistas, objetivistas, e incluso positivistas epistemológicos.

Richard Dawkins lo planteó muy bien en su obra River Out of Eden: “Enséñame un relativista cultural a nueve mil metros de altura y te mostraré a un hipócrita. Los aviones construidos de acuerdo con los principios científicos funcionan. Se mantienen en las alturas y te llevan al destino elegido. Los aviones construidos siguiendo directrices tribales o mitológicas, tales como las maquetas de aviones de los cultos de carga en los claros de la selva, o las alas de cera de abeja de Ícaro, no”2. Sokal lo puso de forma más directa: “cualquiera que crea que las leyes de la física son sólo meras convenciones sociales, lo invito a transgredirlas desde la ventana de mi apartamento (vivo en un piso 21)”3.

Es claro que quien niegue la realidad externa o quien afirme que los resultados de la ciencia tienen la misma validez que cualquier mitología, no tendría ningún problema en caminar a lo largo de una vía férrea activa con los ojos vendados. A fin de cuentas, el tren que lo trituraría sería sólo un “constructo de su mente”, o tal vez, en otro “mythos” de otro contexto social, los trenes a 90km/h no pueden moler a una persona. La realidad es que ante un tumor maligno en su cuerpo, el relativista epistemológico sale corriendo al consultorio de un oncólogo occidental, en vez de ir al pastor evangélico más cercano a su residencia, lo que indica que su percepción de la ciencia como “sólo un juego lingüístico” construido socialmente, no se lo cree ni él mismo cuando su vida está en juego.

Verdades absolutas y hechos objetivos

A pesar de los desvaríos extremos del posmodernismo, existe al menos una verdad absoluta: “existen verdades absolutas”. No sólo existen las verdades absolutas, sino también los hechos objetivos: son aquellos que serían interpretados por el cerebro humano de forma invariable, independiente del individuo. Así, por ejemplo cualquier ser humano que hubiera estado en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 tendría que aceptar como hecho objetivo y verdad absoluta que las dos torres del World Trade Center fueron impactadas por sendos aviones. No todas las afirmaciones son verdaderas u objetivas, obviamente, pero muchas lo son, y su veracidad es irrefutable ante la tozudez de los hechos y la realidad.

Los mismos hechos objetivos nos permiten reconocer algo obvio: los aviones vuelan, los rascacielos se sostienen, los tomógrafos permiten ver dentro del cuerpo, las sondas espaciales pueden viajar a planetas lejanos del Sistema Solar, los teléfonos permiten hablar con nuestros familiares en otro lugar, la Internet permite mantener videoconferencias con amigos al otro lado del mundo… Los productos de la ciencia, con su pasmosa eficacia, nos permiten concluir algo evidente: la ciencia es, con mucho, el mejor método para obtener conocimiento fiable, objetivo, y práctico de la realidad. Ningún otro cuerpo conceptual ha podido ni podrá igualar el método autocorrectivo de este campo del intelecto humano.

Malinterpretando la autocorrección

A pesar del pensamiento “blanco o negro” del posmodernismo, que ante la incertidumbre en algunos resultados científicos, y ante el cambio de teorías científicas vigentes, termina deduciendo que todo es dudoso, la realidad es que los métodos científicos permiten obtener muchas verdades absolutas, otras tantas relativas y, cómo no, una buena carga de errores que terminan corregidos posteriormente gracias a la misma ciencia.

Así, por ejemplo, son despropósitos evidentes negar que arrojarse desde una ventana de un edificio hasta el pavimento, 21 pisos abajo, sin ninguna protección, es muy peligroso, o negar que las especies evolucionan. Estas son afirmaciones físicas y biológicas totalmente veraces. Negar la veracidad absoluta en sentido práctico de esas afirmaciones sería tan ridículo como negar que la Luna no es de queso.

En un plano más serio, la ciencia juega con niveles explicativos, cada uno con niveles de certeza variables para cada afirmación, desde totalmente cierto, hasta totalmente falso. Así, hay datos (hechos), modelos (explicaciones racionales, sean cualitativas o cuantitativas, del funcionamiento de un aspecto de la rea-lidad) y teorías (explicaciones unificadoras y predictivas de multitud de fenómenos variados).

En cada uno de esos niveles descriptivos y explicativos hay variabilidad de certeza. Algunas teorías parecen perfectas durante siglos y luego deben ser modificadas. Ello sucedió con la Mecánica Newtoniana, que fue cambiada por la Relatividad General, pero ello no implica que las teorías superadas sean inverosímiles, o que el conocimiento cambie al vaivén del capricho de los científicos, o peor aún, que los datos que explican dejen de ser ciertos. De hecho, la dinámica Newtoniana es tan acertada aún hoy, que se usa para diseñar todas nuestras máquinas e ingenios arquitectónicos: aviones, trenes, barcos, automóviles, edificios, puentes, puertos, naves espaciales, etc. Este es un aspecto clave de toda teoría científica nueva: tiene que incluir como caso particular a la teoría previa. En el caso de la Relatividad de Einstein, ésta incluye la dinámica de Newton cuando la relación (v/c) tiende a cero.

Encontrando invariantes humanas

La cruda realidad práctica, avalada incluso por la actitud cotidiana de los relativistas, es que la ciencia permite obtener verdades objetivas. Al aplicarla sobre nosotros mismos y nuestros orígenes permite obtener información fundamental y universal sobre el ser humano. Permite encontrar nuestros aspectos comunes como Humanidad: nuestras necesidades básicas en el nivel físico, mental y social, e incluso, lo que es conveniente para el individuo de manera universal, independiente de la cultura. Ello nos permite catalogar, sin ambages, sin falsas prudencias y condescendencias, un sinnúmero de actitudes como afrentas bárbaras contra el bienestar humano.

Así, por ejemplo, es un hecho objetivo que los seres humanos necesitamos aire, alimento, agua, e interrelación social. Nuestro organismo es óptimo en general cuando está completo (no es bueno cercenarle los miembros a nuestros hijos). También es claro que generar dolor no es deseable pues éste no es más que el sistema de alarma del organismo para evitar daños graves en su funcionamiento. Así, y a pesar del lobby médico judío a favor de la circuncisión, es bárbara la costumbre de cercenar sin anestesia el prepucio de nuestros hijos por supuesta “higiene”… habiendo agua, jabón y preservativos; es tan ridículo como amputarse las manos para evitar ensuciárselas4.

Son precisamente la ciencia y el pensamiento racional los que nos permiten detectar invariantes deseables para todos los seres humanos en general (alimentación, salud, compañía, educación, integridad física, etc.), que pueden ayudar a erradicar costumbres bárbaras, inmorales, sádicas, discriminatorias, y de otras connotaciones negativas. Ello constituye justamente una base científica en contra del multiculturalismo extremo.

Del otro lado, la costumbre del “todo vale”, de que “cada cultura debe respetarse y preservarse”, lleva implícita cierta hipocresía. Considera que toda forma de vida humana es igualmente valiosa; que no hay mejoras objetivas en la calidad de vida al pasar de una tribu que gasta buena parte del día caminando en zonas inhóspitas en busca de comida o de agua, a una familia que tiene el suministro hídrico, alimenticio y energético asegurado en una comunidad tecnológicamente avanzada.

En sus modalidades más extremas, este respeto a las culturas autóctonas llega al punto de preferir dejar a un grupo de personas viviendo en un clima malsano, con parásitos, siendo víctimas de enfermedades y plagas, para no ser contaminados por la “cultura occidental”… ¡como si los hijos de estos individuos no tuvieran el derecho a descubrir los avances de la sociedad moderna y sus alternativas para prolongar la vida y brindar mayores satisfacciones y realizaciones personales!

Quitar el placer a la mitad de la humanidad

Considérese un caso cercano más dramático. En Colombia, la etnia Embera-Chamí tiene la costumbre de cercenarle el clítoris a sus hijas. A unas 8.000 niñas les han arrancado el clítoris con una cuchilla o una puntilla ardiente para evitar su placer y que se muevan mientras copulan; al parecer, el vaivén haría que el mundo se cayera de las manos del dios Karagabí… o al menos, esa es la disculpa mítica oficial de los hombres de esa etnia. La razón es mucho más prosaica, como en el caso del Islam: quitarle el placer sexual a las mujeres para que no sean más que reses mansas y fieles a su macho alfa.

A pesar de semejante descubrimiento, las autoridades colombianas no hacen nada. No se puede acusar de mutilación a los culpables, y de hecho, se les respeta su “cultura” pues son “tradiciones ancestrales respetables”. Es así como ese cáncer del “multiculturalismo” permite que haya etnias con reglas autónomas dentro del territorio de una democracia, que privan del máximo placer a todas sus mujeres, cercenando uno de los aspectos más importantes de la persona, sólo porque “hay que respetar las culturas originales nativas”. Algo similar puede ocurrir en cualquier país islámico donde se realice la misma práctica. En vez de condenar a los que las llevan a cabo, y evitar la mutilación de víctimas inocentes, se permite que los colectivos religiosos violen tranquilamente los derechos humanos, basados en la tolerancia a las costumbres culturales de los grupos de creyentes, como si fuera más importante la permanencia de un conjunto de ideas bárbaras y obsoletas, que la satisfacción y el bienestar de cada uno de los individuos de esa cultura.

Otros aspectos similares de cómo la democracia retrocede ante el multiculturalismo, se está viendo en Europa, en particular en Holanda, y Dinamarca, con la tolerancia al maltrato femenino por esposos musulmanes, la negligencia ante las amenazas fundamentalistas contra los críticos del Islam5 y la autocensura europea y norteamericana en el caso de las caricaturas de Mahoma, cuando prefirió renunciarse a la libertad de expresión, animando a los fundamentalistas a seguir reaccionando con incendios, asesinatos y vandalismo ante las críticas racionales.

Al final, Europa, con su “tolerancia” está permitiendo su pérdida de la libertad de expresión, gracias al respeto e inmunización absoluta para las ideas de los inmigrantes6.

Cuando la cultura ataca a sus individuos

Al menos en teoría, la democracia permite que el mayor número posible de personas obtenga la mayor cantidad de libertades y derechos individuales. Pero ello implica un alto grado de vigilancia: la libertad de las personas a agruparse de acuerdo con sus gustos e intereses subculturales no puede autorizar la violación de los derechos fundamentales de otros ciudadanos. Ninguna democracia razonable puede permitir este tipo de oprobios, aunque termine tildada de “fascista” por los relativistas cultu-rales. La realidad es obstinada: biológicamente, el placer sexual es necesario y acabarlo es insano para los seres humanos, a pesar de que unos cuantos de ellos (esposos machistas con harenes) encuentren útil abusar de los demás (sus esposas).

Otro ejemplo aterrador de esta tolerancia cultural, está en la displicencia occidental hacia religiones que permiten el adoctrinamiento de niños para el odio étnico y los atentados terroristas7. Los padres de cada facción en conflicto terminan instilando un odio centenario sobre sus hijos, los cuales siguen propagando el conflicto… todo por el respeto a cada subcultura del conflicto. Así, la educación aislada de católicos y protestantes en Irlanda del Norte, o la educación segregada de judíos y palestinos en la “Tierra Santa”, no hace más que perpetuar los conflictos, que tenderían naturalmente a atenuarse, si se educara a todos los infantes en común, concientizándolos de su naturaleza ciudadana y humana, en vez de exacerbar sus arcaicos tintes cultu-rales y religiosos.

El respeto a las subculturas internas a las democracias lleva a absurdos tan lamentables como el aislamiento tecnológico e informativo de los niños Amish, que por la voluntad dictatorial de sus padres, son criados a espaldas de los avances y descubrimientos modernos de la ciencia, escudándose en su libertad y sus “valores” religiosos. ¿Acaso los niños Amish no son ciudadanos que tienen derecho a recibir los avances de la ciencia y la tecnología moderna? ¿Por qué el derecho a la libertad religiosa de los padres les permite castrar el pensamiento racional de sus hijos, sólo porque ellos deciden creer ideas absurdas?

Un abuso infantil muy tolerado

El punto anterior toca una de las ideas más polémicas de Richard Dawkins8 acerca de la educación religiosa infantil. Él considera que tal “educación” es un abuso infantil; que tildar de “católico”, “protestante”, o “islámico” a un infante sin la capacidad mental suficiente para comprender las sutilezas “teológicas” que hay detrás de las creencias irracionales de sus padres es un adoctrinamiento abusivo: los padres simplemente se aprovechan del momento en el cual los niños son más permeables a las ideas de sus progenitores y los programan con sus creencias irracionales, que muchas veces incluyen el rehusarse al pensamiento crítico y racional.

En ese aspecto, el adoctrinamiento religioso de los padres sobre sus hijos, por más “bienintencionado” que pueda parecer, no es más que un deterioro del pensamiento racional y crítico de los infantes que puede generarles problemas de adaptación al entorno en momentos futuros. Basta imaginarse la actitud cívica de un individuo que cree que la Tierra tiene 6.000 años, que Jesús vendrá a destruirla en poco tiempo, que todo sistema político actual es corrupto, que participar en la democracia con el voto es pecado, y que debe vender todas sus pertenencias y dejar sus estudios para dedicarse a la propagación de su fe9.

Una religión que promoviera esas ideas en los ciudadanos debería ser ampliamente criticada públicamente, refutada en los medios televisivos y confrontada argumentalmente en foros radiales, televisivos y escritos, pues es un cáncer para la misma democracia que le permite existir.

Es que la preservación de las culturas autóctonas y de otras subculturas, como las religiosas, dentro de las democracias occidentales es un chauvinismo impresentable. Es obvio que la ciencia permite niveles de bienestar y de calidad de vida que ningún otro método humano puede obtener. Ninguna explicación mítica o religiosa de la realidad puede compararse con ella. Ninguna creencia basada presuntamente en la “revelación” ha aumentado más la expectativa de vida que la ciencia médica moderna. Ningún mito de “conexiones universales” entre todos los seres vivos ha generado los niveles de conectividad y los medios de comunicación actuales. Ninguna danza de la lluvia ha permitido traer agua potable a un mayor número de personas en la historia de la humanidad que la que ha traído el sistema de acueducto y las plantas de tratamiento modernas. Ningún exorcismo permite una curación mejor que la que brindan los antibióticos y demás tratamientos de la farmacopea occidental.

Dejar que las culturas autóctonas y los subgrupos religiosos mantengan a sus niños en la ignorancia y la desprotección de las eras precientíficas, aislados de los beneficios tecnológicos, y sometidos a rituales de mutilación bárbaros impuestos no por su propia voluntad, sino por las de sus mayores, es una negligencia atroz ante nuestros semejantes indefensos. Si el precio de brindarle igualdad de derecho a esos niños es acabar con las irrespetables costumbres ancestrales de sus padres, bienvenido sea.

Es que a lo largo de la historia, las sociedades humanas se han beneficiado del intercambio cultural. Muchas veces una civilización podía aplastar a otra militarmente, para luego descubrir que la otra la acabó culturalmente. La apertura ante nuevas ideas es similar a la exploración científica de la realidad: del libre debate de culturas, de la confrontación argumental, incluso de la prohibición de prácticas bárbaras como las mutilaciones y el esclavismo, toda la sociedad humana sale ganando… el que se pierdan unas creencias pintorescas de algunas tribus es un precio que vale la pena pagar para promover la conciencia de nuestra ciudadanía global. Lo que importa no son las culturas, son las personas y su bienestar como unidad básica de la sociedad. Ya si alguien, adulto y libremente, decide renunciar a sus derechos para abrazar mitos precientíficos, para cercenarse partes corporales por algún ritual religioso o estético, o se niega a los avances de la tecnología en salud, comunicación y alimentación, que se le respete su decisión, pero no se le puede permitir imponer estas elecciones sobre sus niños indefensos.

Con esto en mente, las sociedades democráticas deben velar por los derechos básicos del ciudadano; no por la protección de culturas, que como todo conjunto de ideas en una democracia, deberían estar tan abiertas al ataque ácido, al debate y a la refutación, como lo están las ideas científicas, políticas y sociales… Incluso si ello implica la extinción de esas culturas, como conjunto de ideas10.


Notas

  1. Sokal, imitando el estilo postmoderno en boga, publicó en la revista “Social Text” un artículo de parodia postmoderna repleto absurdos y totalmente ilógico. Posteriormente confesaron su guasa en la revista “Lingua Franca”. Para un relato detallado del la broma, ver: Sokal, Alan y Bricmont, Jean. Imposturas Intelectuales. Paidós, 1999.
  2. Dawkins, Richard. El Río del Edén. Debate, 2000, p. 45.
  3. Sokal, Alan. “A Physicist Experiments With Cultural Studies”. En Lingua Franca, May/June 1996, p. 62.
  4. Nada mejor para demostrar sin pelos en la lengua la barbarie de tal práctica, que el primer episodio (Circumcision) de la tercera temporada de “Bullshit!” de Showtime, por Penn Gillette and Teller.
  5. Véase: http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/10/07/AR2007100701031.html
  6. Para hacerse una idea, basta ver el documental Fitna por Geert Wilders, disponible en: http://video.google.com/videoplay?docid=2537012121261686249 (inglés) http://video.google.com/videoplay?docid=2550266828857106111 (castellano –con algunos errores de traducción) También se puede consultar el canal de Pat Condell en YouTube (http://www.youtube.com/user/patcondell ), amenazado de muerte por musulmanes por sus ácidas críticas contra esa fe.
  7. Es totalmente aterrador e inhumano el lavado cerebral realizado sobre bebés de 3 o 4 años, como el que se ve en Fitna, del minuto 3:50 a 4:14.
  8. Ver: Dawkins, Richard. The God Delusion. Houghton Mifflin Books, 2006, pp. 337-340. Para un ejemplo aterrador de este abuso mental infantil cristiano que trata Dawkins, basta ver el documental Jesus Camp disponible por partes en YouTube.
  9. Algo parecido a lo que han promovido los Testigos de Jehová cada cierto tiempo desde que comenzaron sus profecías apocalípticas inminentes (invariablemente fallidas).
  10. No debe confundirse la extinción de una cultura con el genocidio o las limpiezas étnicas. En el primer caso las personas cambian de ideas y la cultura original desaparece; en el segundo, un crimen execrable, se eliminan las personas violando sus derechos más básicos, para extirpar su cultura. En este artículo, con extinción de la cultura me refiero al desapego gradual de un conjunto de ideas hasta su desaparición.