Pastillas

Telebasura: cuando los escépticos sobran

Hay veces que los escépticos sobran. El público español ha podido comprobarlo con la emisión en Antena 3, una de las tres cadenas privadas de televisión de cobertura nacional, de El castillo de las mentes prodigiosas. Sus creadores anunciaron el programa como un concurso cuyos participantes “deberán probar a los telespectadores, día a día, experimento a experimento, reto a reto, que realmente poseen esos dones prodigiosos que algunos incrédulos les niegan”. Del dicho al hecho, hay un trecho. En realidad, se trataba -sólo duró un mes en Antena- de una variante de Gran hermano protagonizada por brujos: lo importante era quién se acostaba con quién, quién se peleaba con quién, quién odiaba a quién, quién era el más ridículo de un grupo de ‘freaks’ esotéricos.

pastillas-teleEl castillo… fue una gran mentira desde su título. El escenario era un plató ambientado como una “casa del terror” de parque de atracciones de segunda y los “diez seres dotados de capacidades psíquicas, extrasensoriales o sobrenaturales, capaces de intuir, adivinar, predecir o provocar vivencias que al resto de los mortales nos están vetadas”, eran un irrisorio grupo de pícaros, engañabobos, estafadores y perturbados. Destacaban Leevon Kennedy, que se presentó como hija de John F. Kennedy y de Marilyn Monroe, lo que de ser cierto invalidaría las leyes de la genética; la bruja Lola, una adivina famosa porque, en su consultorio televisivo, la audiencia la ridiculizaba cada dos por tres y ella estallaba en gritos e insultos; el “conde” Luconi, un mago plebeyo tan italiano como Rudolf Giuliani; y Paco Porras, quien ve el futuro en frutas, hortalizas y verduras. No faltaban, además, una vidente de Lady Di, un ocultista ataviado cual papa y un ilusionista que disfraza sus trucos de poderes paranormales.

El estreno del programa, el 23 de marzo, resultó un fracaso de público y, en las cinco siguientes galas semanales el concurso no levantó cabeza. El castillo se cayó de la programación el 28 de abril, y eso que hubo mucho morbo y zafiedad, como ya habían adelantado semanas antes las revistas de televisión al definir el concurso como un Hotel Glam esotérico. La vulgaridad de Hotel Glam llevó el año pasado en España el debate sobre la telebasura hasta la arena política y suscitó en algunos responsables televisivos la necesidad de poner límites. Gestmusic, la productora de aquel “reality show” y de El castillo…, quiso en esta ocasión maquillar su producto. Para ello, incluyó en su feria de monstruos un jurado que dictaminaría sobre los poderes de los participantes y que estuvo compuesto por el cura José Apeles, el astrofísico Javier Armentia -el único realmente escéptico del tribunal-, los periodistas Gabriel Carrión y Sebastiá D’Arbó, y la vidente Aramís Fuster.

La presencia de Armentia, destacado miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, chocaba y no porque lo hiciera mal. Al contrario, las pocas veces que abrió la boca puso en evidencia a los concursantes, pero su gota de racionalidad se diluía en un disparatado océano que ni remotamente tenía que ver con lo esotérico. Porque los productores del engendro nunca pretendieron poner a prueba nada, sino escarbar en las miserias de los diez concursantes. Al público del programa no le interesaba lo paranormal; disfrutaba cuando Porras aseguraba que cura las hemorroides a lengüetazos, con Kennedy y Luconi enzarzados en una arrabalera discusión, con la bruja Lola gritando y llorando…

Un escéptico pintaba en El castillo… lo mismo que un pulpo en un garaje. No importa que el escenario esté lleno de supuestos dotados. En ocasiones, el mejor servicio a la racionalidad lo prestan quienes viven de la credulidad.