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¡TENGO RAZÓN!

Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.
—Johann Christoph Friedrich Schiller

Detrás de la economía del conocimiento, tan de moda hoy, con la autopista informática y los medios de comunicación omnipresentes se esconde una tremenda mentira. Un fraude que penetra por los poros sin que nos demos cuenta, la gran confusión entre conocimiento e información, parte integral del capitalismo de ficción. Por otro lado, economía del conocimiento podría entenderse como poco conocimiento, a pesar, o mejor dicho justo a causa de la avalancha de información a la cual nos expone la sociedad, desde la escuela hasta la televisión. El problema se agudiza por el hecho de que una alta proporción de la información que recibimos es manipulada, condicionada y escogida por un pequeño grupo de personas que controla su contenido y flujo, decide qué es —y qué no es— importante, para mantener una realidad ficticia, para crear un mundo en el cual es posible justificar lo injustificable, un mundo de esclavos ignorantes de su condición, que no harán nada por liberarse.

Esa confusión me ocurre también a mí. Cuántas veces he quedado impresionado por gente que es una verdadera enciclopedia andante, un banco de datos vivo, con una memoria especialmente admirable. Pero luego, cuando se profundiza la conversación, surge la decepción. Hay mucha información pero poco procesamiento de la información, algo cardinal para el conocimiento y la formación de nuevas ideas. Esa es la gran diferencia. Conozco otra gente que no sabe ni el año en el cual Darwin publicó su Origen de las Especies —ese libro fundamental que cambió nuestra a forma de ver la vida— pero me ha enseñado lo que significa toda la información que él, y otros después, obtuvieron acerca de la vida.

La información y los datos son necesarios para elaborar nuevas ideas como la de Darwin, que se pasó unos cuantos años viajando por el mundo en el HMS Beagle para obtenerlos. Necesarios, pero no suficientes: allí está el meollo de la cuestión. Las nuevas ideas deben surgir de la razón bien utilizada, ya que es muy común razonar mal, y muchas veces no razonar, actuar por instinto o por emoción, como cualquier otro animal. Para Descartes la razón era tan importante que la igualó a la existencia en su famoso “Cogito ergo sum” (pienso luego existo), aunque conozco mucha gente que desafortunadamente existe sin pensar. Quizá les hayan asustado de pequeños diciéndoles: “No pienses mucho que te vas a volver loco”.

Sesgos cognitivos

Para generar conocimiento necesitamos evaluar la información, decidir acerca de su validez y de su importancia relativa, analizar cómo apoya o no alguna idea, defendiéndonos de la tendencia cognitiva a buscar información confirmatoria y descartar la contraria, es decir descartar aquella información que va en contra de nuestras ideas ya formadas. Lo habrá visto muchas veces: una amiga(o) cree que el novio(a) anda con otra(o). Cualquier cosa que lo confirme, por más inocuo que sea, será notada, mientras que la prueba exculpatoria será posiblemente ignorada o puesta en duda.

Existen varios otros sesgos cognitivos: la tendencia a evitar la pérdida, la tendencia a ver orden en arreglos aleatorios, nuestras equivocadas intuiciones estadísticas y el hecho de que nuestra memoria es selectiva y reconstructiva, es decir que no recordamos todo lo que ocurre en cada instante de nuestra vida. Se nos llenaría el “disco duro”, por decirlo así, y además nuestros recuerdos no son cosas almacenadas como si fueran imágenes en un álbum de fotos, sino que cada vez que se evocan se vuelven a generar, con errores naturales o inducidos, como ha ocurrido en los sonados casos de personas que “recuerdan” haber sido de niños violentados sexualmente por un pariente, llevando a prisión a más de un inocente.

Para colmo, nuestras percepciones de las cosas son en muchos casos cuestionables, especialmente en circunstancias en las cuales hay factores adicionales que afectan nuestros sentidos, situaciones en las cuales lo que percibimos es en muchos casos distorsionado, y sujeto a nuestros prejuicios. En otros casos nuestra atención es selectiva, como ocurre en una fiesta donde escuchamos claramente una conversación mientras no escuchamos otra de similar intensidad sonora —el efecto de cocktail party. Podríamos decir que oímos lo que queremos oír.

La tendencia a ver orden en arreglos aleatorios lleva a tales cosas como los famosos canales, o la más reciente cara, en Marte, o la visión de vírgenes en tostadas o manchas de grasa. Lo que ocurre, como nos enseñó Darwin, es que somos descendientes de aquellos que veían caras donde no las había, por la sencilla razón de que aquellos que no veían caras donde sí las había, no sobrevivían para dejar descendientes. Por todo lo mencionado anteriormente, se considera que los testimonios son poco confiables.

En muchos casos el error es consecuencia del razonamiento inválido. Es clásico el ejemplo de la oficina a la cual vuelven los empleados luego del almuerzo y la computadora tiene el mensaje: %/¡¡ 002 $$$··· fatal error – Windows, y nadie sabe qué hacer. La cosa se trancó y siempre aparece algún genio que dice: “la última que la usó fue fulana”. Se asume sin razón alguna que cuando una cosa sigue a otra, la primera es causa de la segunda, por lo tanto fulana dañó la computadora, un razonamiento inválido, por más que sea cierto que el efecto siempre sigue a la causa.

No menores son nuestros problemas al pensar en probabilidades y coincidencias, especulando que “hay algo más” cuando no lo hay. Preferimos historias a estadísticas. Es común asombrarse cuando llama un amigo después de mucho tiempo: “¡Justo estaba pensando en ti y llamaste!” El evento sirve para todo tipo de elucubraciones relacionadas a la telepatía y vibraciones universales, cuando no tiene nada de especial si pensamos en todas las ocasiones en que pensamos en nuestro amigo y éste no llamó. Pero de esas ocasiones nos olvidamos ya que no son memorables. También es cierto que si un evento es improbable, digamos que puede ocurrir por azar una vez en un millón, esto no lo hace imposible y ocurrirá si hay una considerable cantidad de ensayos. Al fin y al cabo alguien gana la lotería y no es un milagro. Y tampoco es cierto que si al tirar una moneda sale “cara” seis veces seguidas, la próxima tirada tenga alta probabilidad de ser “cruz”. La probabilidad de que salga cruz en la próxima tirada seguirá siendo 0,5 (la moneda no tiene forma de “saber” lo que pasó en las tiradas anteriores).

Muchas veces las conclusiones erróneas son consecuencia de premisas falsas, difíciles de detectar, especialmente cuando son de un uso común tan amplio que nadie las cuestiona. Considere una idea que más que ninguna otra ha causado enorme sufrimiento humano: la idea de algo “sobrenatural”. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como “que excede los términos de la naturaleza”, pero… ¿Qué quiere decir eso? Hay fenómenos que en un cierto momento histórico excedieron los términos o leyes de la naturaleza conocidos. Antes de Newton y su ley de la gravitación, el movimiento de los planetas no se comprendía, y algunos postulaban ángeles que empujaban, y aun antes se pensaba que el esperma era un hombrecito, un “homunculus” que luego crecía dentro de la madre. Pero aunque ángeles y homúnculos no existen, las verdaderas razones no eran sobrenaturales. De igual forma, aún no entendemos cómo se forma la vida a partir de la novida, pero esto no quiere decir que sea algo sobrenatural. Como sea que ocurrió, cuando lo averigüemos será tan natural como la fecundación humana y el movimiento de los planetas.

Fantasmas y círculos cuadrados

Considere los fantasmas. ¿Son sobrenaturales? Si existen son naturales, ya que si no lo fueran no sería posible verlos y oírlos como pretenden algunos, o detectarlos en un borroso vídeo. Podría ser necesario modificar nuestro conocimiento de la naturaleza a la luz de lo que nos dijeran los fantasmas (en sentido figurado, claro) pero no serán sobrenaturales. La cuestión es que todo lo que es, es natural o simplemente no es. Lo sobrenatural no existe puesto que es un sinsentido, como los círculos cuadrados. Hablamos de lo sobrenatural, nos referimos a Dios y otras entidades como sobrenaturales sin pensar que no pueden ser. Dios, de haberlo, sería natural, sujeto a todos los medios de investigación disponibles, y a todas las reglas de la razón que utilizamos al considerar cualquier otro fenómeno natural. En este caso la idea de que este ente sobrenatural es además todopoderoso, omnisciente y omnisapiente es la causa de todos los sinsentidos adicionales que genera, como cuando un niño pregunta si entonces puede crear una roca que no pueda levantar, por lo cual seguramente le lavarán la boca con jabón.

Consecuencias

Aceptar argumentos inválidos o premisas falsas tiene consecuencias que van de lo inocuo hasta lo desastroso. Así, si usted cree que un collar de cuarzo lo defiende de la “mala vibra” de otros, ello es bastante inocuo, y si le hace sentir mejor, si le sube su tan afligida autoestima entonces, aunque sea por razones equivocadas, no hay problema grave. Por otro lado, si al aceptar los testimonios de otros, usted cree que yendo a Medjugorje (o donde sea) se va a curar de una enfermedad y por lo tanto no va al médico a tiempo, las consecuencias podrían ser desastrosas. Por razones obvias, aquellos que rogaron por una cura y no se curaron, acabaron rogando por un cura y no dan testimonio.

También asoma en muchos casos la resbalosa media verdad, que omite la mitad de algún hecho. Así, en el impactante dolor mediático desplegado cuando nosotros sufrimos las consecuencias de un vil acto de terror, con imágenes de la devastación y entrevistas a los sobrevivientes, incluyendo la indignada condena de los políticos y los desacertados comentarios de algunos religiosos (el influyente pastor Jerry Falwell tuvo el descaro de culpar a la comunidad gay y lesbiana junto a la ACLU por los atentados de 9-11), la otra mitad se calla. No se menciona que el atentado fue un acto religioso, no se menciona el terrorismo de estado perpetrado por muchos tristes años en Latinoamérica con apoyo norteamericano.

La tendencia es aceptar lo que se divulga y suspender la crítica, creer por tradición, creer por autoridad o creer por fe, tres malas razones para creer. La fe, lejos de ser una virtud, es todo lo contrario: apoya la actitud irracional, el fanatismo que convierte al humano en un fatal y trágico hombrebomba. En nuestra endeble democracia, sujetos a un creciente flujo de desinformación y propaganda, sin una formación de pensamiento crítico, muchos creen que es aceptable bombardear a otros países para imponer la democracia y la libertad, (sin darse cuenta de lo absurdo de la idea similar a curar una jaqueca pegándose un tiro en la cabeza). Parece que nadie se pone a razonar que por cada víctima inocente del terrorismo computarizado que cae del cielo, se generan cinco nuevos terroristas. La ley del Talión no sirve. La guerra es terrorismo, en ocasiones necesaria en este triste mundo para evitar o terminar con otro terrorismo previo, pero debe ser el último recurso, y debe emprenderse con gran pena, no con orgullo y fanfarria.

La ignorancia y falta de razón, junto con el inexistente sobrenatural, nutren los batallones en los que arriesgan el pellejo los jóvenes más perjudicados de la sociedad, que marchan con el cerebro lavado a morir o matar. Para justificar la violencia es necesario generar horror y odio, perpetuar los mitos y mentiras y evitar el razonamiento, ya que la violencia es contraria a la razón. Por eso mismo debemos intentar una educación distinta, para romper la maraña de cadenas que inmovilizan la mente y el espíritu humano y no le dejan cobrar altura. Una educación que ponga cómo pensar por sobre qué pensar. Si no lo logramos continuaremos con la absurda guerra contra la guerra y volveremos a quemar brujas y herejes como ocurría no hace mucho, cuando perdimos la razón.

Ya en 1970 decía Ivan Illich: “El estudiante confunde enseñanza con aprendizaje, pasar de grado con educación, un diploma con competencia y elocuencia con la habilidad de decir algo nuevo”.

La situación no parece haber cambiado y la queja podría muy bien referirse al presente, agregando la confusión entre información y conocimiento. Las instituciones educacionales, aliadas de la idea de progreso material, implementado como aumento ilimitado de producción y consumo, serán incapaces de contribuir a la calidad de vida del individuo, decía Illich, proponiendo cambios radicales en la educación, ya que una educación institucionalizada no puede cambiar las instituciones.

Inspirándonos en la célebre pregunta de Shakespeare, reformulémosla: Ser o tener, ésa es la nueva cuestión. En primera instancia, debemos darnos cuenta de que no somos lo que tenemos, ni somos nuestras creencias. Ambas cosas son adquiridas en el correr de la vida y las dejaremos para siempre cuando dejemos de existir. Basar nuestra existencia, la razón de ser, en aquello que poseemos materialmente es lamentable, pero eso es lo que nos enseña la sociedad. Ser, significa rechazar nuestra herencia cavernícola de violencia y dejar de responsabilizar a un ente sobrenatural por nuestros actos.

No queda duda de que si actuáramos de forma más razonable no caeríamos tan fácilmente en las garras de los estafadores que nos quieren vender gato por liebre. Pero la razón compite dentro de nosotros con los deseos, emociones y creencias, que muchas veces salen airosas de esta confrontación.

Ya ve usted qué interesante se hace el complicado mundo de nuestra mente cuando pensamos un poco, y estará de acuerdo en que debemos cultivar la razón como si fuera una delicada planta exótica, alimentándola con cuidado y protegiéndola de las plagas que la atacan, para que pueda florecer. ¿Tengo razón, no?