Cartas de Lectores

Transgénicos y corporaciones

Sr. Director:

Después de leer vuestro artículo: “Todos somos transgénicos”, me ha dado la impresión de que habéis obviado el aspecto más importante del debate. Presupongo vuestra buena intención, es comprensible que quisieseis ofrecer un enfoque razonado a quienes se oponen a la transgénesis por mero desconocimiento. No obstante, creo que es importante señalar que el principal argumento de los detractores de los OGM, son las condiciones de propiedad intelectual con las que se distribuyen las semillas.

Las características mejoradas de los híbridos desaparecen con la segunda generación, lo que obliga al agricultor a comprar semillas para cada cosecha. También es importante anotar que una de las modificaciones en que más se están esforzando las empresas es la de crear semillas estériles, ¿acaso pretendemos así erradicar el hambre del mundo?. Es cierto que todos somos transgénicos, de hecho, todo lo que comemos, lo es. Pero, ¿acaso he tenido que pagar a alguien por cultivar una papa que ha mutado sin ayuda humana?. Jamás. ¿Acaso no ha podido siempre el agricultor utilizar semillas obtenidas de sus propias cosechas?.

A mi parecer, obviar el argumento de la propiedad intelectual en el debate sobre los transgénicos, es hacer un flaco favor a los agricultores, e implica un serio desconocimiento del mercado internacional.

Atentamente,

Carlos Capote Pérez-Andreu Informático
Madrid, España


Respuesta de Mariano Moldes:

La cuestión de los transgénicos tiene muchas facetas. Una es la que menciona Capote, acerca de las condiciones leoninas impuestas por los creadores de variedades transgénicas. Pero también hay otras que no pueden pasarse por alto —entre ellas, la referida al prejuicio naturista en contra de los organismos transgénicos. Hay otras, como la excesiva uniformización del acervo génico de las nuevas variedades y el consiguiente aumento en la vulnerabilidad a enfermedades o estrés ambiental; o el fomentar prácticas agrícolas ecológicamente nocivas (la disponibilidad de transgénicos resistentes al glifosato resulta en la aplicación de cantidades monstruosas de este herbicida.)

Dada la orientación temática de la publicación, le asiste el derecho de elegir para su tratamiento esta última faceta, del mismo modo que la que el lector menciona puede resultar adecuada en una publicación de Derecho —por otra parte tratarlas todas con el debido nivel de detalle puede resultar prohibitivo, salvo en una publicación especializada en transgénicos.

Por otra parte, no es la revista la única a la que, según los criterios de Capote, le puede caber la acusación de “liviandad”: él se bandea para el otro extremo. Si bien es razonable no pagar royalties por cultivar una papa que mutó “sola”, también es cierto que la creación de transgénicos representa inversiones ingentes en investigación y desarrollo, y en la medida en que una empresa no sea una sociedad de beneficencia, debe pensar siquiera en una forma de recuperar tales costos, y esto comporta el uso de instrumentos de resguardo de propiedad intelectual. (Como informático, creo que el lector deberá tener presente la validez de estas consideraciones: es razonable no pagar un canon por usar los números arábigos o el alfabeto latino, pero el creador de programas tiene derecho a una remuneración por parte de los usuarios eventuales a menos que renuncie a ella explícitamente.) Y es necesario aclarar que esta crítica no comporta ponerse del lado de las corporaciones que él condena.

A los innovadores en tecnología de transgénicos les cabe la misma acusación que a otros beneficiarios de derechos de propiedad intelectual. Una estrictez absoluta en la vigilancia de cumplimiento de las cláusulas de propiedad intelectual se vuelve difícil en las condiciones de desarrollo normales de una sociedad democrática. Si nos propusiéramos multar o demandar a cada estudiante u ONG que fotocopia un libro, a cada ciudadano individual que graba música de la radio o instala software pirata, a cada animador de fiestas infantiles que dibuja a trancas y barrancas personajes de Walt Disney sobre cartulina, o a cada agricultor que resiembra una parte de las semillas transgénicas cosechadas, los medios necesarios para lograrlo tenderían a convertir a nuestra sociedad en algo muy parecido a las pesadillas futuristas de ciencia-ficción. Además, sería razonable que establecieran previsiones realistas sobre sus posibilidades de acción y la relación costo/beneficio de éstas… y que no se perdiera de vista que son ellos los que deciden libremente llevar adelante desarrollos que requerirán vigilancia de cumplimiento de propiedad intelectual, y al hacerlo saben a qué se exponen.

Sería mucho más razonable establecer criterios o límites de acción: por ejemplo, perseguir a quienes intentaren, a título gratuito, derivar un beneficio comercial de la aplicación de las innovaciones (vale decir, a quienes la realicen masivamente y vendan el producto.) Y como si fuera poco, por el lado de habilitar el uso a quienes estuvieren en condiciones de demostrar su carácter de organización sin fines de lucro, dejaría la puerta abierta a una interesante acción de extensión social… del tipo sobre el que a esas mismas corporaciones les encanta cacarear. Pero hay ciertas anteojeras que son muy difíciles de sacar.

Y si uno está básicamente de acuerdo con que las corporaciones se exceden en aplicar las previsiones de propiedad intelectual, ¿para qué escribir un artículo refrendando lo que los activistas del caso ya expresaron en otros foros? Mejor uno escribe un artículo con cosas que nadie haya dicho claramente, como intentamos hacer Prodoscimi y yo.

—Mariano Moldes